“Mi hija no se suicidó”

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Femicidio: caso Silvana Barrios

Newenken, territorio mapuche. Silvana quería armar un jardín con crisantemos de todos los colores. Tenía ganas de agrandar su casa antes que su hijo recién nacido comenzara a gatear. La última charla que mantuvo con su padre fue dentro de un hospital; habían ido a sacar turno para la nena mayor. “El turno quedó abierto”,confiesa Silvano, su papá. “¡Ella murió un día antes!” Mientras pronuncia esta frase Silvano, dolido, mira al bebé en la cuna, que ya ha crecido y camina. Tenía tan sólo 12 días cuando su mamá apareció muerta.

“En el último tiempo mi hija había cambiado mucho, casi no veía a su madre, viviendo al frente”. Como muchas víctimas de femicidio, Silvana padeció un historial de violencias previo a su muerte. “Silvana era coqueta, le gustaba arreglarse, pero a veces aparecía con marcas en los brazos y el cuello, que trataba de ocultar”. “‘Me golpee’, decía siempre”. “¡Silvana siempre se golpeaba o se chocaba!”, repite indignada e irónica su madre Amalia.

La noche de su muerte no había luz en el patio. “Nadie pudo ver nada”, confirma Silvano. David Lencina, la pareja de su hija, llegó gritando: “Silvana está convulsionando”. Silvano corrió hasta su casa, y la buscó en la habitación, pero Lencina le advirtió: “ahí no está, se mató acá”. En menos de diez minutos la pareja de la víctima cambió la versión de los hechos. No estaba convulsionando, se había ahorcado. Silvano trabajó toda su vida en la construcción. Nunca creyó que su hija se hubiese podido colgar de un fierro que sobresale del techo y que está casi al ras de la pared. “Mi hija no llegaba hasta ahí. Se habría raspado toda la cara y el cuerpo. ¡Mi hija no se mató!”

Sin embargo el fiscal Maximiliano Obeid determinó que había sido suicidio, dejando en libertad a David Lencina. Luego, cuando se logra reabrir la causa, la fiscal Soledad Rangone no investiga. Esta es una crónica que retoma el caso a 15 meses de haber ocurrido.

Ciudad de Centenario, Neuquén. Sábado 8 de julio de 2017. 15: 23 hs.

El lugar donde viven Amalia y Silvano está rodeado de casas que pareciera las hubiera hecho la misma persona. Ladrillos a la vista, prolijos, como recién colocados. Incluso, sorprendentemente, pareciera que todas las casas fueron hechas a la misma vez. Pero no es un plan de viviendas. Es una “toma”. Cada casa fue hecha por los propios habitantes. La casa de Amalia y Silvano es pequeña. Tiene un leñero, y una carretilla con leña dentro del comedor. Dentro del comedor hay una mesa grande, junto a cinco sillas. Al costado casi en el centro de la sala hay una cuna, con el hijo menor de Silvana. Está durmiendo. Amalia su abuela me acerca una silla, me presenta a la otra hija de Silvana. Es pequeña. No habla. Es sorda, y tiene una parte de su cuerpo como dormido, producto de un Accidente Cerebro Vascular (ACV). Pero camina por la casa sonriente. Le llama la atención la cámara, me señala a su hermano que duerme. Luego desaparece, para aparecer al rato con un pan casero hecho por Amalia. Le pega un pellizco y me lo da. Luego lo pellizca de nuevo y le da otra pedacito a Gisella Moreira, abogada de la familia, y querellante en la causa. Le agradecemos. Amalia se sonríe. Y nos confiesa: “Silvano está por venir. Está en el trabajo”. Cuando llega Silvano, siempre enérgico, me cuenta que está elaborando cajones con plantines dentro de una chacra. “Cuando recién había tenido su hijo menor mi Silvana quería ir a trabajar conmigo. Pero le pedimos que aunque sea espere a que el bebé cumpla los seis meses para que la abuela lo cuide. Igual fue a trabajar.” Silvano y Amalia corren la mesa un poco más al centro del comedor. Se suma a la conversación la hija mayor de Amalia. Una luz blanca ingresa por la ventana, genera un contraluz. Cae sobre la espalda de la hija de Amalia, atraviesa el rostro de Amalia, llega hasta las manos de Silvano. Son las 15: 26 hs. Nos sentamos, y mientras giran en torno a la mesa unos mates dulces, comenzamos la entrevista.

Silvano y Amalia dentro de su casa. Foto Gustavo Figueroa

El historial de violencias

Son cerca de las cuatro de la tarde. Afuera una luz brillosa cae sobre los techos de chapa. Desde la ventana de la casa de Silvano y Amalia se puede ver la casa de su hija, ahora cerrada. No vive nadie. Pero la noche en que murió Silvana, tampoco había luz. “¡No hubo testigos! ¡Nadie vio, ni escuchó nada!”, confirma Silvano. Y luego reflexiona:“ni siquiera puso un foco el miserable.” “No tenía baño. Mi hija se tenía que venir a bañar acá”, agrega Amalia. “Era un inútil, no sabía colocarle un parche a las ruedas de la moto”, concluye el papá. David Lencina y Silvana Barrios eran jóvenes cuando se juntaron. Su relación no alcanzó a durar dos años, pero en ese tiempo Lencina dio varias muestras de violencia y desprecio hacia su pareja.

“Se pusieron de novios y se fueron a alquilar. Al mes les robaron. Entonces les propusimos que vengan para acá, les dijimos que se queden en este comedor. Cinco meses se quedaron acá, antes de irse a su casita. Y ya las niñas comentaban que cuando nosotros nos íbamos, principalmente, ellos peleaban. Y se escuchaban golpes, empujones. Una vez nos contó una de las hermanas mayores de Silvana, que escuchó que se pelearon mal. Pero convengamos que entre un hombre y una mujer no hay pelea, no hay equivalencia de fuerzas. A lo sumo el hombre se dejará pegar un par de bifes. ¡Silvanita creería que lo aguantaría, que le haría un poco de frente! ¡Pero es imposible! ¡Jamás pensamos que llegaran a ese extremo!”

Silvano tiene una gorrita gastada de tanto uso, un pantalón de jean sucio de trabajo, y una botas marrones. Silvano pidió permiso en el trabajo para poder realizar la nota.“Mi jefe entiende la situación, entiende que es necesario que cuente la historia de mi hija”. Silvano es prudente y generoso, se reconoce como tal: “Le dimos todo, cuando lo necesitaba le pasaba la moto para que llevara a Silvana. ¡Lo único que uno quiere como padre es que hagan feliz a su hija! Pero a ese tipo no le importaba nada, no habían pasado ni tres horas de que mi hija había muerto y lo único que le preocupaba era un televisor y las cosas de la casa. ¡No le importaba nada! ¡No le importaba mi hija!”.

“Silvanita ponía almanaques para que no viéramos los golpes sobre la madera”, confiesa Amalia, su mamá. “Los camuflaba”, remata Silvano. Pero su hija no sólo intentaba camuflar los golpes en la madera, también intentaba camuflar los golpes y las agresiones en su propio cuerpo.

“Era raro ver a Silvana con el cuello tapado. Silvana era coqueta. Le gustaba arreglarse, verse bien. Pasaba horas arreglándose el pelo. Mechón por mechón se armaba los rulos. Pero a veces aparecía con golpes en los brazos, magullones en el cuello, marcas en la cara. ‘¡Me caí!’ ‘¡Me golpee!’, nos respondía. Silvanita siempre se golpeaba o se chocaba”.

“¡Sabes lo que hacía?”, me interpela Silvano. “El tipo iba al cajero y cuando entraba se guardaba la plata en las botas. Al salir le decía a Silvana que no sabía que le habían descontado, que no había cobrado nada. Le hacía la cabeza a mi hija. ¡De todos lados la empezó a maltratar a mi hija! ¡No se hace eso! Porque mi hija estaba desesperada porque tenía cuentitas y seguramente no sabía qué hacer con tan poca plata. Con la asignación por el nacimiento del bebé había comprado ladrillos, arena, cemento, cal, y hierro…¡cuando ella falleció yo le estaba armando los hierros para la casa! ¡Ella se estaba muriendo y yo le estaba armando el hierro para su casita, ahí, a tan sólo 50 metros!”.

Silvano acompañando de la mano a su nieto, el hijo menor de Silvana. Foto Gustavo Figueroa

Las piñas en la cara

Por momentos Silvano parece abatido. Silvano habla, emana una frase y se detiene, se toma el rostro, sus ojos se llenan de lágrimas. Parece que la resignación lo va a vencer sobre la mesa. Su compañera lo observa. Pero Silvano saca fuerzas quien sabe de dónde y continúa. “¿Ustedes saben lo que se siente tener a tu hija muerta? Es un dolor inexplicable. Cuando llegue a la casa de mi hija, la encontré a ella sobre una silla. Apenas la toqué sentí el frío de su cuerpo. Lo único que tenia calentito era su pancita. David le echaba agua. Le dije que se detenga. Mi hija ya estaba muerta y el le seguía echando agua. ¿Cómo llegaron a esto le pregunté? Y él como que se ofendió, y me pregunto por qué lo acusaba. Se puso agresivo. Yo le pedí perdón. ¡Yo había perdido a mi hija, y era yo el que le pedía perdón!”

Silvano siente un doble dolor. El dolor de haber perdido a su hija y el de saber que había hecho de todo para ayudar a su hija y a su pareja para que les vaya bien. Silvano tiene una amarga sensación, entiende que todo este dolor se hubiera podido evitar. Pero a su vez Silvano sabe que tan sólo luego de haber pasado un par de horas de la muerte de su hija David Lencina se esforzó por rescatar un televisor y una plancha. Pero no se detuvo ahí. Silvano recibió dos golpes en el rostro de parte de David Lencina. “Me podes matar, si queres papá, yo ya no tengo a mi hija”, le dijo Silvano a su agresor. A Silvano todavía le duele el rostro. “El pibe hacía boxeo, sabia donde pegar, donde herir.” “¿Cómo llegaron a esto?” le dijo Silvano a David. El joven no tardó en responder. “Desde que le dije eso, él cambio. Ya no fue el mismo. Incluso si no venía la policía me hubiera acuchillado. Había ido a la cocina a buscar un cuchillo. Estaba sacado. No sólo estaba borracho. También estaba drogado, porque eran tres los policías y no lo podían detener. En el hospital se alejó de ellos y me vino a buscar, me pego dos piñas en el rostro.”

Las líneas de la impunidad

De la casa de donde vivía Silvana con Lencina sobresalen 4 fierros. Pero no sobresalen más de 40 cm con respecto a la pared de concreto. Silvano me confirma que el fierro de donde estaba colgada la bufanda que supuestamente usó Silvana para suicidarse es un fierro de 8 mm, los otros tres son de 6. Silvano entiende que quizás ese fierro sí hubiera resistido el cuerpo de su hija. Silvana pesaba 60 kg. Lo que le produce duda a Silvano era saber como llegó a colgarse de esa altura su hija. Silvana media un metro sesenta.

“La pared es rústica, es obvio que se hubiera ‘pelado’ todo el hombro y los codos, la piel. Más rústico de lo normal, porque generalmente se hace una pared con ladrillos cruzados, pero esta tiene una columna. La columna es más dura, por lo tanto hace más daño, corta más la piel, corta todo lo que sea frágil. Encima la columna sobresale de la pared. Hace como un cuchillo. Cuando la encontraron no tenía dañado ni sus hombros, ni su cara, ni la espalda. A lo que voy es que ella se hubiera hecho muchísimo daño en contra de ese paredón. La bufanda colgaba de ese fierro cuando llegue. ¡Su cara hubiera pegado o rozado en algún momento contra esa pared! ¡Era un cuerpo que pedía auxilio! Son tres cuatro o cinco segundos en el que el cuerpo se queda sin respirar, el cuerpo se expresa. Porque el cuerpo necesita auxilio. Y esa nena no tenía nada dañado. No murió ahí esa nena.”

Silvano mirando los fierros que señaló Lencina como el lugar del suicidio. Foto Gustavo Figueroa

Silvano mira el techo, lo mide. Se para sobre una base de ladrillos sueltos desde donde supuestamente subió Silvana. Silvano mira para la calle, para el resto del barrio. Mientras que hablamos con Silvano apareció en la calle la madre de Lencina. Llegó con una citación que la habilitaba a ella y a su hijo a llevarse el hijo menor de Silvana. La abogada Gisella Moreira presente durante la entrevista le expresó que ellos no habían sido notificados, que aún no podía llevárselo. La abuela aceptó. Pero Amalia no está de acuerdo con dejar que Lencina esté cerca de su nieto. No sólo Amalia teme que Lencina le haga algo, sino porque además sabe que él nunca se preocupo por él. “Casi no lo reconoce al bebé. Yo le tuve que dar la plata a mi hija para que comprara los sellados y todo. ‘Anda vos a reconocerlo’, le dije”.

La noche que Lencina le pegó en la cara a Silvano, le madre de Lencina le pidió que lo perdonara: “perdónalo está loco”, le dijo.

Silvano siente culpa.”A veces pienso y digo, quizás si nosotros no le hicimos la casita, capaz ella no perdía la vida, porque tenés que tener mucho espíritu para matarla acá adentro, estando nosotros, pared de por medio, pero bueno… yo creo que cualquier padre quiere un terrenito para su hijo, para que se sienta bien. Porque una pareja necesita privacidad, necesita su espacio. Amalia pagó para que fuera el albañil y les hiciera esa casa. ¡Mi hija no estuvo ni 5 meses en su casita!”

La investigación

El 12 de abril de 2016, el mismo día que murió Silvana, Amalia y Silvano denunciaron en la comisaría quinta de Neuquén,a David Lencina, sospechado de haber asesinado a su pareja. Sin embargo, a las dos semanas de producida la denuncia, el fiscal Maximiliano Obeid archivó la causa afirmando que no hubo delito. La abogada querellante y defensora de la familia Barrios, Gisella Moreira, aseguró que cuando se retomó la causa, luego de apelar tal resolución de la fiscalía, no se realizaron las pericias pertinentes. “En noviembre del año pasado (2016) pedimos que el Gabinete de Criminalística del Poder Judicial realice las pericias pertinentes y aún no lo han hecho. ¡Este gabinete sabe las pericias que debe hacer! Sin embargo, por ejemplo, aún no se ha hecho la reconstrucción del hecho, ni las diferentes pruebas sobre el cuerpo de Silvana, que son imprescindibles para entender cuáles fueron las causas reales de su muerte. En este sentido ni siquiera se ha hecho una prueba de orina, fundamental en esta clase de hechos en donde la víctima ha muerto por estrangulamiento”.  Por otra parte, en esta última instancia de la causa la fiscal Soledad Rangone, a cargo de la Unidad Fiscal de Violencia de Genero y Doméstica –trasladada en la actualidad a la unidad de robos y hurtos–, se negó en un principio a recibir la causa, alegando que no había en ella pruebas de violencia de género. La intención de Rangone era que la causa se mantuviera en la Unidad Fiscal de Homicidios que es adonde finalmente fue trasladado el caso; es decir, como ya adelantó la abogada querellante, durante este segundo tramo jurídico la fiscal Soledad Rangone no aceleró ningún tipo de proceso de investigación, ni siquiera las pruebas básicas para comenzar a descartar las “diferentes teorías” del caso.

Los dos hijos de Silvana soy criados en la actualidad por sus abuelos, Amalia y Silvano. Foto Gustavo Figueroa

Por último, Moreira, abogada querellante también del caso de Mariana Mercado –una causa de similares características–, indica que si no fuera por la(s) familia(s), y la posibilidad de acceder a un abogado, las causa(s) hubiera(n) quedado archivada(s), sin investigar o con la caratula de suicidio.

Mi responsabilidad como comunicador social es lograr incorporar la mayor cantidad de datos sobre ambas causas, las causas que rápidamente fueron olvidadas mediáticamente.

El daño no sólo queda alojado en el cuerpo de las víctimas, trasciende a otros espacios y cuerpos, trasciende las fronteras del tiempo. Como afirma Silvano Barrios:“Ahora ya pasó todo, a mi hija no la vamos a recuperar más. Ojalá que todo esto ayude para que no vuelva a ocurrir. A las pocas semanas Lencina ya estaba de novio de nuevo, paseándose en una moto. ¡No tuvo luto ese pibe! Ahora la chica ya esta embarazada, y varias personas lo han visto a Lencina maltratarla en la calle”.

Acerca del autor

Gustavo Figueroa


Gustavo Figueroa (1985). Periodista, documentalista, fotógrafo. Vive en Neuquén. Se interesa especialmente por temas relativos a pueblos originarios y derechos humanos.

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