El sueño dorado del neoliberalismo

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Bajo la orientación y presión de las fuerzas oscuras que nunca tienen rostro, y que se ocultan en el seno de las grandes Corporaciones y en la mente de sus dirigentes-marionetas, los gobiernos cada vez se mueven con menos libertad: son rehenes de los nuevos imperios transnacionales y tragan con todas sus empresas y despropósitos, untados, eso sí, con un barniz de dignidad de mayordomo, y con el dinero que apoya sus campañas para seguir medrando a costa de los pueblos.

Por otro lado, pero empujando el mismo carro, los sindicatos, los partidos, y demás asociaciones parceladas de la también fragmentada convivencia nacional o internacional,  viven a su vez de los presupuestos oficiales a cambio de mirar para otro lado, si es necesario, y de actuar convenientemente como se le indique con toda discreción o con absoluta rotundidad, según la gravedad de los temas. Pero nada de oposiciones frontales a la mano poderosa que les da el pan de los contribuyentes a cambio de sumisión del mismo modo que los administradores del pan, los jefes de Estado y gobierno con toda su “corte ministerial” y respectivos adláteres, reciben su propio salario a un nivel superior. Desde todos  ellos hacia abajo se despliega la escala descendente visible del poder de las sombras antes de llegar a convencer a los ciudadanos y contribuyentes de cómo deben actuar responsablemente para alcanzar el supuesto bien común que ellos dicen representar y exigen hasta con violencia policial.

Resulta de un cinismo increíble que en situaciones de crisis que siempre provocan los responsables de la economía y de la política se exija al pueblo que se “apriete el cinturón” y restrinja sus libertades .Y el pueblo, ante la división interna de todos los sectores supuestamente a su favor (partidos, sindicatos) y la falta de criterios conjuntos y metas colectivas que aglutinen las conciencias; el pueblo, con su pasividad, su desarme intelectual y  moral y su inconsciencia de masas,  facilita la labor destructora de los agresores mundiales convertidos en financieros y empresarios con cobertura legal y hasta eclesiástica, pero sin legitimidad moral alguna.

Así, las cosas, ¿dónde puede quedar finalmente el porvenir y  la libertad, ese bien inmenso y primordial con el que los voceros del poder justifican todas sus maldades y por el que tantas personas han muerto en todas las naciones? Los telediarios actúan como filtros selectivos y con dosis de “tranquilina” para que no cunda el pánico ante ninguna situación; la prensa escrita pertenece con frecuencia a empresarios de armamento o a grupos financieros que lo último que desean es que los pueblos sepan la verdad y tomen conciencia de sus problemas, no vaya y les dé por intentar solucionarlos.

Así las cosas, cada nueva medida social que toman los gobiernos sobre los salarios, las pensiones,  el estado del bienestar y las condiciones laborales son un paso atrás en las conquistas sociales y una vuelta de tuerca más al cuello de los trabajadores, desempleados, hipotecados, jóvenes que no se pueden incorporar al trabajo, mayores que han sido arrojados a la cuneta del paro por haber cumplido los cuarenta,  mujeres por haber dado a luz, o familias que son expulsadas de sus hogares por la fuerza.

La libertad se ha convertido en un bien del que se han apropiado ante todo los accionistas de las grandes empresas: libertad de movimientos de sus personas, de los capitales industriales y financieros, de sus instalaciones, de sus cuentas bancarias no controladas en paraísos fiscales. Ellos no necesitan los papeles; ni permiso de residencia, ni de agrupación familiar. Otros papeles son los que necesitan: los que cotizan en Bolsa. Las libertades sindicales y sociales conseguidas por los trabajadores mundiales después de siglos de luchas y sufrimiento, como está sucediendo con la prolongación hacia niveles esclavistas de la jornada laboral, decrecen. Y en la misma proporción que decrecen los derechos laborales aumentan las libertades y riquezas de los poderosos.

El  capitalismo neoliberal prácticamente  ha conseguido alcanzar el sueño dorado de todos los viejos capitalistas: mover el dinero donde quiere, contratar y despedir mano de obra a su antojo sin más requisito que su voluntad de hacerlo, presionar constantemente a los gobiernos para que los salarios no mermen sus cuentas crecientes, controlar el aparato del Estado y  neutralizar-domesticar  a los sindicatos hasta hacerles formar parte del engranaje de control sobre los trabajadores. Solo le falta un peldaño a este capitalismo de negreros para cantar su victoria: controlar las mentes de la colectividad, apoderarse de las conciencias. Y en ello están. La batalla por el control de la conciencia se libra a diario.

La reforma laboral sirve para dar poder a los empresarios, eliminar empleos y derechos  y empobrecer a los trabajadores y clases medias. Las leyes antiterroristas se han convertido en leyes que atentan contra derechos reconocidos por todas las constituciones democráticas. La última no es la de la libre circulación de personas que se practica contra los inmigrantes y ya se estudia el modo de restringirla entre europeos pobres y ricos, sino el control de la libertad de expresión donde se da en estado puro: en Internet. El control de este medio se ha convertido en objetivo para cercenar el libre pensar, con la excusa del miedo al terrorista.

Ahora bien: ¿Cesaría el control sobre cada ciudadano aunque cesara el terrorismo? ¿Redundaría eso en mayor bienestar colectivo? ¿ Se respetarían las libertades que hoy se intentan restringir y hasta eliminar con la excusa de la seguridad ?Creer en las hadas es más seguro.

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