Por: Carlos Martínez Márquez

 

’La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia’’.Gandhi

Peones del mal, que sobre sus hombros, portan el plomo caliente de la muerte, dispersándolo  por todo el mundo, son a su vez,  criaturas insaciables,  que operan en nombre de Dios.

El terrorismo, el hurto, asesinatos y vandalismo, son fuentes que les provee, la  capacidad de mutación a sus células; para crear el ‘’ghetto’’ de ala oscura en cuanto a los métodos, de asumir la falsa purificación de las causas comunes.

Gracias a la criminología, que nos ayuda a entender las causas, la génesis, el proceso y las consecuencias de estos siervos con alas y de sentimientos oscuros, para poder entender un tanto de su mundo exterior. La formulación de una política criminal que permita lo más efectivamente posible, la prevención y control de la criminalidad, deben ser conforme a las demandas de seguridad individual y colectiva, dignidad, igualdad y libertad, entendida como indispensables para el  desarrollo nacional e internacional.

Existen decenas de razones para antagonizar a  estos soldados de alto vuelo, con ojos de águilas, capaces de escrutar a distancia, al enemigo: La voluntad política-, de nuestros gobernantes (para mencionar una)-, es la más preponderante, para ir creando una estructura, que desarticule el mal… que nos flagela el alma y la paz en el mundo entero.

Si bien es cierto, que estos Ángeles de la muerte, enviados por Dios, son inferiores a un ángel, no menos cierto que tienen libre albedrío, para crear el caos permanentemente, y la destrucción en los templos del mas fiel ignaro de los mortales. La delincuencia y  el crimen, siempre al acecho, adquiere forma física, que mejor responda a los propósitos, que le encomienda la conciencia y con ello avanza hacia la violencia, generando así, la ira que azota con la espada…el sabor del exterminio social.

El mundo está deplorable y menguado, sencillamente complicado, como  para enfrentar las carencias que dan origen, a estos malévolos que pululan por doquier. Las alas del crimen nunca descansan, vuelan incesantemente.

 

 

 

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