El arcediano Ferrán Martínez, un intolerante integrista del siglo XIV.

Tal día como hoy, 6 de junio de 1391, en Écija – Sevilla- un numeroso grupo de vecinos – arengados por el arcediano de la catedral – entran en el barrio de la Judería asesinando a 4000 judíos.

El arcediano – el primero entre los diáconos – era Ferrán Martínez, clérigo del siglo XIV y furibundo predicador antisemita, que con inflamados sermones, excitaba el odio contra los judíos, a los que atribuía toda clase de vicios, emprendiendo una campaña contra ellos, con el argumento de que “los cristianos no debían tolerar la presencia de judíos entre ellos”, siendo el mayor impulsor de la revuelta antijudía de 1391.

La comunidad judía de Sevilla – la más rica y numerosa de la Corona de Castilla – ya había pedido antes, protección al rey Enrique II de Castilla, el cual mandó al arcediano, mediante carta de agosto de 1378, no entrometerse en el futuro en asuntos de sus súbditos judíos; no incitar al pueblo contra ellos y abstenerse de reclamar jurisdicción sobre sus personas, ordenándole desistir de su actitud bajo pena de severos castigos.

No obstante esto, su periodo de máximo “poder” ocurrió entre 1390 y 1391, durante la minoría de edad del nulo rey de Castilla, Enrique III, que al tener sólo once años tuvo que ser tutorizado y ejercerse la regencia de reino su madre, Leonor de Aragón, de la que Ferrán Martínez era confesor, puesto mediante el cual influyó sobre la regente, y consiguió ser nombrado vicario general de la diócesis.

Así de esta manera fortalecido, emitió orden a los párrocos – bajo pena de excomunión – de proceder a destruir todas las sinagogas de sus parroquias y enviar a Sevilla sus candelabros rituales, libros y rollos de la Ley, que se encontrasen en ellas, siendo los primeros en obedecer los párrocos de Écija, a las que siguieron otras localidades.

Así pues, en marzo de 1391 se produjo el primer levantamiento anti judío, en el que resultaron varias muertes, aunque la revuelta más importante ocurrió el 6 de junio, en que tras ser animada con predicas, la población enfurecida atacó en masa las juderías, saqueando y quemando las casas.

La ausencia en aquel momento, de un poder fuerte en el reino de Castilla, combinado con la situación de miseria en que vivía el pueblo y las mentiras difundidas por el arcediano, fueron el caldo de cultivo necesario ideal, para provocar el estallido social y la persecución de los judíos, con finalidad de su exterminio, en una desatada furia homicida, donde nada ni nadie fue respetado, por el mero hecho de ser judío.

Más de 4.000 judíos fueron asesinados esos días, al negarse a aceptar el bautismo y las mujeres y los niños fueron vendidos como esclavos a los musulmanes.

Lo ocurrido, al decir del Canciller Pedro López de Ayala, en su crónica, cuando se refiere a la revuelta se resume en estas palabras: «Fue cobdicia de robar, segund paresció, mas que devocion».

Aunque hoy cueste creerlo, tras la muerte de tan fanático, siniestro y peligroso personaje, se le veneró popularmente como “santo” ya que para aumentar más su aureola, a su muerte cedió todos sus bienes – que eran bastante – a los necesitados.

Los profetas, fanáticos y visionarios, como este personaje, siempre han sido un lastre para la convivencia y el desarrollo de toda civilización tolerante.

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