Desvarios.- Un relato..

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Aquel día mi trabajo me llevo un poco más lejos de lo acostumbrado, en algunas ocasiones había salido del centro de la gran urbe, pero la verdad, es que pocas veces había aceptado trabajos como aquel.

La mochila me pesaba más de lo acostumbrado, las venas de las sien latían, estaba seguro que era todo obsesión mía, que podía ir mal.

Aquella noche la luna era clara, mal asunto, las sombras son un presagio que no me gustan nada, pero también es cierto, que en la oscuridad todos los gatos son pardos.

Mi estomago se quejaba y no sin razón, no había comido, enlacé la reunión fuera del despacho, con aquella estúpida misión, que me empeñaba en realizar yo mismo, cuando tenía a mi disposición cualquiera, de los mejores, pero tal vez, tenía que demostrarme a mi mismo que aún era bueno en aquello.

Deje el tranvía y camine un poco, las luces de las farolas reflejaban las torres de las fábricas y sus sombras hacían ecos en las aceras.

A pesar del tiempo transcurrido, recordaba perfectamente el camino. Todo y nada estaba igual, siempre con mis contradicciones, nunca nadie pudo, ni aquel presuntuoso psicólogo descubrir a que se debían.

Tropecé, no podía ser, en aquella misma baldosa, siempre ella, se interponía entre mis sueños y la realidad, así me iba claro, siempre en femenino, no podía ser de otra manera.

Nada cambiada, sus cantos redondeados por el trasiego, un continuo deambular de caricias en aquella zona, podía, debía desgastar de aquella manera, será así.

Las manos en los bolsillos y me transporté a aquella tenue luz de la mañana, aún rayando el sol, cuando todos despertaban y yo me encaminaba a dormir. Mis mejillas rojas por el frío y alguna otra sustancia que me acompañaba en mi deambular nocturno. Silbando, “Agua va”, de vez en cuando y allí estaba sobre mi, pero yo en mi mala uva mañanera, no dejaba de silbar.

La luz de aquella tienda seguía estando encendida, aún conservaban las mismas costumbres en este estúpido barrio que había formado parte de mi niñez. Allí me paraba siempre, como hice en este momento a mirar, si a observar, aquellos libros mágicos que yo soñaba acariciar algún día. Esos que con alevosía y nocturnidad cogía prestados por la noche y leía hasta el amanecer.

Alguna vez recuerdo haberme quedado dormido con el libro en mis brazos y despertar cuando el señor librero con su acostumbrado tintinear de llaves abría la puerta de la tienda.

Entonces, mientras él se preparaba un café que olía a gloria, si aunque fuera un chaval me gustaba el café, como todo lo prohibido, las chicas también claro; me escabullía como podía sin hacer ruido.

A veces, hacía como que recién llegaba y conseguía que me invitará a café el señor Manuel que así se llamaba.

Eran otros tiempos sin duda, aunque así visto, parecía no haber cambiado nada.

Bueno si, yo. Mi reflejo me observaba curiosamente en el cristal, arrugas incipientes bajo los ojos, algunas canas, bueno bastantes, si que había pasado el tiempo y mucho.

Me pareció que alguien me observaba desde la verde y lastimera ventana de enfrente, pero no pude comprobarlo, la farola parpadeo y la luz marchó.

Yo debía retomar mi camino o no llegaría a tiempo..

Las notas bailaban en el aire, como antaño y mi cuerpo embrujado las seguía. Esta claro que ese gustillo no se olvida con los años.

Entre por el callejón y la luz tenue me mostró el camino al escenario. Allí estaba mi piano, Mi saxofón, todo como antaño.

Mientras las luces tintineaban, me quite la chupa de cuero y saque de la mochila mi pajarita negra y mi camisa blanca, el espectáculo podía comenzar, todo estaba ya dispuesto.

Suavemente mis pasos se movían en un escenario de vieja madera que olía aún a fresno, el olor en el ambiente del humo, esos puros habanos que fumaban los señoritos que solían acudir allí a encontrarse con su amiguetes o con la muchacha a la que embaucaban con sueños de amor eterno.

Mis pulmones aún eran capaces de insuflar el aire suficiente para que ellas danzaran, ese sabor a jazz que transportaba a otros momentos llenos de placer.

El jazz era un reflejo de calma, de cigarros, de tugurios, sensualidad impregnada en aire quedaba, cuando mis dedos se deslizaban por mi brillante saxo…

Cuanto tiempo amigo, ya te añoraba, no pensé que tanto.

Un disparo, gritos, mesas patas arribas, los señoritos gateando muertos de miedo, es lo que tiene ser rico, mucho aparentar pero poco que enfrentar.

Vasos rotos, luces que se apagan por las balas perdidas que se incrustan en algunas cabezas.

Y de repente silencio, ya no suena la música o sí…..espera, escucha con atención, el tintineo ……

………………….Niño, otra vez te has quedado dormido leyendo furtivamente en mi librería, decía Don Manuel con una sonrisa en la cara y un guiño en su ojo derecho. Y se puede saber cuantos libros a la vez eres capaz de leer………..

y yo, según parece, allí estaba…..

Marijose.

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