LA PAZ ES EL CAMINO

pacifismo            Como  respuesta a la violencia del Sistema y sus servidores, cada vez más organizaciones y sectores sociales en todo el mundo  han elegido contestar con alternativas pacifistas, cooperativas, solidarias, ecológicas, espirituales y humanistas en muchas formas de organización  y  grados de compromiso. En realidad hay en todas ellas no solo un compromiso con el futuro de la humanidad sino dos cosas más al menos: una, la de haber rechazado la violencia como respuesta a la violencia – lo cual marca un cambio histórico de paradigma-  y dos: la respuesta de cada uno  a la pregunta personal de  “¿estoy a la altura de lo que defiendo”?

Una nueva clase de energía, más positiva, constructiva y respetuosa con el medio ambiente y decantada a ayudar a  los más pobres se está poniendo en marcha en nuestro Planeta. Es una energía basada en sentimientos de justicia, de amor, de hermandad y solidaridad con todas las formas de vida de nuestra madre Tierra. Del alcance final de esa energía por el número de adhesiones que suscite en los corazones de todos nosotros, va a depender el futuro de muchos  como especie en la Tierra, lo cual no es poco.

Todo es energía, y todos somos energía. Cada objeto y cada persona tienen su propia frecuencia vibratoria. En el caso de los seres humanos, la alta o baja frecuencia corresponde a la calidad positiva o negativa de sus pensamientos, y eso tiene repercusiones sociales y sobre el planeta vivo Tierra, pues todo lo vivo, la vida, es energía. Y la energía es inmortal, eterna, universal. Así nosotros como energía-vida autoconsciente, somos vida universal, seres divinos, pues el Ser es Vida universal.

 

Sabemos que todo cuerpo en el espacio – incluidos los nuestros – emite un sonido acorde con su propia vibración electromagnética, ya que toda  forma de energía vibra según su frecuencia interna como sabemos por la Física.  

Vivimos en un mundo materializado donde prevalecen los pensamientos negativos, que al ser  energía electromagnética  de baja frecuencia  repercuten tanto contra nuestra propia salud orgánica y emocional como contra la paz mundial y no por último contra nuestro Planeta de energía condensada a consecuencia de la emisión durante millones de años de pensamientos humanos de  baja frecuencia vibratoria.

 

La injusticia global se propaga en todos los continentes. Hambre, miseria, desempleo, desahucios, afectan a cientos de millones produciendo en ellos innumerables formas de sufrimiento y pensamientos de tristeza, soledad y desesperación que emiten al círculo magnético de la atmósfera, donde quedan grabadas y sumadas a todas las energías semejantes que ha emitido la humanidad a lo largo de millones de años. Todo eso forma un negro nubarrón que se descarga aquí y allí, pues – según la Ley- lo semejante atrae a lo semejante. Una de esas formas de descarga son las guerras que no cesan ni cesarán hasta que el conjunto de los seres humanos no hayamos hecho la paz con nuestros semejantes, “limpiando” así la crónica atmosférica y trayendo la paz a este mundo. Entre tanto, prevalecen las fuerzas contrarias. Así, el terrorismo económico y el militar  se han hecho crónicos en el Planeta. En la  gran mayoría de casos se trata de terrorismo de Estado contra sus minorías étnicas, o de  Estados  terroristas  disfrazados de liberales  y hasta de cristianos y defensores de los derechos humanos que aúnan  sus fuerzas contra un tercer  Estado igualmente intolerante disfrazado de otra ideología y otra religión. Esta es la política de agresión a gran escala que a menudo utilizamos las personas individualmente  para justificar nuestras agresiones mentales, psicológicas o físicas. Disfrazamos con argumentos nuestros ataques para acallar nuestra conciencia.

 patria

El disfraz, sin embargo,  no elimina el dolor que – de paso -uno se infringe a sí mismo cuando actúa  contra otro. Y en el caso de los gobiernos, su verborrea y apariencia  no suaviza siquiera los daños que siempre infringen a  la población civil. Y en la  población civil surgen a continuación nuevos brotes de violencia o terrorismo-respuesta  contra el propio Estado o contra un invasor, originando así una espiral de la violencia difícil de parar porque se van acumulando y entrelazando  de mil modos mucho odio, revanchismo, fanatismo, codicia, deseo de poder, orgullo, pobreza, incultura, ignorancia y desprecio finalmente de las leyes espirituales. Todas esas cargas explosivas se mezclan, se enfrentan  y retroalimentan: son los virus de  una verdadera   epidemia mundial.

 

¿Cómo atajar todo esto? Ya lo dijo Jesús el Cristo hace mucho: Poniéndonos en paz personalmente y con nuestros semejantes; perdonando y pidiendo perdón  y rechazando cada uno el famoso “ojo por ojo”, que como decía Gandhi solo puede conducir a quedarnos todos ciegos.

Desde luego no va a existir  nunca  un “ejército mundial de pacificadores profesionales”, sino ejércitos de invasores  armados disfrazados de pacificadores al servicio de las grandes potencias.  Que nadie espere  una organización social ni un país que se libre de la pandemia de la falta de paz y de justicia  mientras las mayorías no despierten y crean que sus problemas  pueden solucionarlos los gobiernos y las iglesias, se llamen como se llamen. Sin duda es preciso buscar la solución en otro sitio, y uno descubre  con el tiempo que el sitio no está fuera de uno mismo, sino que en el  interior de cada persona; que  los virus mentales de la agresión, el odio, el miedo, la ambición, la codicia, el deseo de poder, y semejantes – que son formas del egocentrismo que envenena las relaciones humanas y sociales-  se neutralizan  desarrollando la conciencia con los elementos contrarios: perdón, bondad, altruismo, compasión, solidaridad, cooperación, sentimientos de justicia y hermandad, y otros de esta índole  cuya fuerza- si se comparte  por muchos -es la única capaz de cambiar positivamente nuestra convivencia y  también el campo magnético del Planeta, subiendo su vibración y  haciéndolo progresivamente  de materia más sutil y evolucionada. ¿Acaso es posible otra solución? La Historia ya nos ha demostrado que no. ¿Entonces?…

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