Ahora que en Colombia se está empezando a hablar por primera vez de la posible finalización del conflicto armado y de una eventual salida negociada a numerosas décadas de guerra que ha tenido el país, el papel que juega la recuperación de la memoria histórica es una pieza clave para visibilizar la voz de las víctimas en una sociedad silenciada por el fuego de los fusiles y la represión ejercida por grupos armados tanto legales como ilegales.

¿Cómo empezar a hablar de postconflicto si se desconocen las causas que lo originaron? ¿Cómo mirar el presente sin hacer memoria de lo sucedido hace sesenta años? ¿Es la memoria un puente al pasado? La importancia de rescatar la memoria es que da a conocer los horrores que se cometieron durante el conflicto y ayuda a mirar con imparcialidad y de manera crítica el pasado. Este ejercicio le ha permitido a Colombia esclarecer cuáles fueron las dinámicas que posibilitaron el surgimiento de la violencia como instrumento de poder y miedo en distintos escenarios de su confrontación armada.

Recordar el pasado y la manera cómo ocurrieron los hechos es un reto de grandes proporciones, ya que permite especificar y aclarar cómo y porque sucedieron las desapariciones, masacres y enfrentamientos con la finalidad que no se vuelvan a repetir en el presente ni en el futuro. No es tarea fácil desenterrar tantos años de guerra y exclusión en un país en donde el miedo a decir la verdad se ha convertido en el común denominador de quiénes han venido trabajando por la recuperación de la memoria histórica.

Muchas de las víctimas que son la memoria viva del conflicto armado tienen temor de expresar lo que sienten ya que están en la mira de los grupos armados ilegales y su situación se hace más complicada ya que la seguridad que les presta el gobierno es precaria y transitoria. Esto es importante, ya que son ellas, las víctimas, las que han sufrido en carne propia las secuelas de una guerra que jamás les debió corresponder, las que un día les tocó a la puerta sin saber el dolor que vendría. Es aquí en donde la memoria dignifica y honra no solo el pasado, sino el presente de los niños, hombre y mujeres que por una u otra razón se encuentran inmersos en el centro de esta tormenta.

Para la recuperación de la memoria se hace necesario destacar que existen dos clases: las falsificadoras y las vengativas. Las memorias falsificadoras son aquellas que intentan dar una versión falsa de lo que realmente sucedió. Por ejemplo, decir que en la cruenta toma al Palacio de Justicia en Bogotá en 1989 no hubieron desaparecidos es cómo llegar a decir que la dictadura que vivió Chile con Augusto Pinochet no existieron violaciones a los derechos humanos.

Las memorias vengativas son aquellas en que siendo la sociedad testigo fiel de lo que ha llegado a suceder a su alrededor no ha hecho nada en absoluto para ayudar a resolver el conflicto del cual hace parte ya sea directa o indirectamente. En este tipo de memorias, la ciudadanía en conjunto, no logra entender la magnitud del conflicto y comienza a plantearse preguntas como ¿Qué hicimos como sociedad para ayudar a detener el conflicto armado? ¿En que hemos fallado y que errores hemos cometido?

Sin lugar a dudas que la memoria es una pieza clave en el ajedrez para destacar el valor de mirar de manera retrospectiva un pasado lleno de miedo e injusticia. Así las cosas, la verdad, la justicia y la reparación en las víctimas son ejes centrales para consolidar la memoria histórica que nos haga despertar de ese letargo en el que ha estado Colombia, y tal vez, muchos países más.

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