Quise encontrar unas pocas palabras para definir estos hermosos gestos y no las encontré.

Recordé a aquella mujer que vendía palabras  ¡Sí! Aquella muchacha de “Los cuentos de Eva” de Isabel Allende, y desee poder cerrar los ojos y encontrarla a mi vera susurrándome en el oído su regalo, dos palabras sólo para ti.

Pero solo era un cuento cuyo final además no me gustó, sólo hablo de este cuento, claro, el resto del libro merece la pena en un huequino leerlo.

Y yo sigo aquí mirando este pequeño lienzo sin sentido y me alejo para ver si me inspiro y entonces mi vista lo ve “El hombre que calculaba”  de  Malba  Tahan y recordé  momentos de su grata lectura en que el corazón latía y la mente veía, calculando y regocijándome de sus matemáticas, su dulce paseo por un corazón en el que la lógica y la razón prendió, consiguiendo el mejor trofeo que jamas hombre alguno pudiera desear.

En vuestras manos si gustáis leerlo encontraréis el trofeo.

Y os dejo en el silencio de la noche, rondando los sueños esos en los que ya dormidos vivimos la vida.

Si el insomnio os llega inútil dar vueltas, “El jardín del profeta” del árabe Khalil Gibran tan breve, tan sabio que tal vez os deje la calma necesaria para inducir el sueño.

Pd.: Labios dibujado por mi. Las manos bajo el título “To the Ones Who Said They Loved Me de la Universidad del sur de  Dakota

Marijose.

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