CODO3

By Víctor Hugo Acuña

GLOBATIUM COSTA RICA.- El 19 de diciembre de 1948 Octavio Saénz, Lucio Ibarra, Tobías Vaglio, Federico Picado, dirigentes del Partido Vanguardia Popular de la provincia de Limón, así como Narciso Sotomayor y Álvaro Aguilar, fueron ejecutados a mansalva por militares del gobierno de facto de la Junta Fundadora de la Segunda República en un lugar de la vía férrea San José-Limón llamado el Codo del Diablo, cuando por órdenes superiores, eran trasladados en un motocar del cuartel de Limón a la Penitenciaría Central de San José. Los autores directos fueron encausados y condenados, pero nunca purgaron sus penas; mientras que jamás se intentó investigar quienes fueron los autores intelectuales de los asesinatos. Este crimen de lesa humanidad cometido por agentes del Estado costarricense es el objeto de un documental de gran calidad, solidez, sensibilidad y delicadeza dirigido por los hermanos Ernesto y Antonio Jara. Los directores de la obra han dicho que su trabajo es una invitación a la reflexión y yo me permito aceptarla. Así, voy a intentar abordar la cuestión de las memorias de este oscuro evento y el tema de la responsabilidad del Estado costarricense, imprescriptible en relación con esta grave violación de los derechos humanos.

El documental de los hermanos Jara vuelve a colocar los asesinatos del Codo del Diablo en la esfera pública; se trata de una restitución, porque los hechos fueron conocidos por sus contemporáneos por medio de la prensa. El crimen se inscribe dentro de las acciones de represión y persecución arbitraria de los vencedores de la guerra civil de 1948 en contra de quienes ellos llamaron los “caldero-comunistas”, de las cuales, por ejemplo, fueron instrumento los denominados tribunales de probidad y de sanciones inmediatas. El documental también cumple la función de trasmitir el recuerdo de estos eventos a las nuevas generaciones, para las cuales la guerra civil de 1948 y los conflictos sociales y políticos de la década de 1940 resultan hoy muy lejanos, carentes de significación inmediata e incluso, quizás, desprovistos de interés. De este modo, el documental restablece el vínculo con un pasado que si bien nunca fue olvidado, al menos fue siempre relegado.

En efecto, el recuerdo de los asesinatos del Codo del Diablo ha circulado en Costa Rica en los últimos sesenta y seis años por distintos canales y en diferentes esferas. En primer lugar, ha permanecido en el conjunto de la sociedad costarricense, en forma opaca o subordinada, como memoria colectiva de quienes fueron contemporáneos de los acontecimientos y también de sus descendientes directos a los cuales posiblemente trasmitieron el recuerdo. Por ejemplo, siempre he tenido conocimiento del crimen porque forma parte de los recuerdos que mis padres me trasmitieron sobre la guerra civil de 1948.

El Codo del Diablo también fue inscrito en la memoria institucional del Partido Vanguardia Popular hasta su desintegración al mediar la década de 1980; los dos monumentos o lugares de memoria, uno en Siquirres y otro en el Cementerio Obrero en San José, en recuerdo de las víctimas fueron producto de la iniciativa de dicha organización política. Desconozco si el Partido Frente Amplio, heredero en parte del Partido Vanguardia Popular, ha forjado ya una memoria institucional y si en ella ha concedido un lugar a ese crimen.

En fin, como se desprende del documental, el crimen del Codo del Diablo ha permanecido como una memoria viva, dolorosa, digna e intensa en el recuerdo de los familiares de las víctimas. El documental pone claramente en evidencia que todo olvido es siempre relativo y que, como en este caso, las memorias que carecen de un acceso autorizado u oficial a la esfera pública perviven y circulan de manera subterránea o soterrada en la esfera privada entre parientes, amigos y descendientes de las víctimas. El documental muestra, igualmente, que esas personas que conservaron en la intimidad esta memoria lograron reconciliarse con su pasado traumático, integrando en sus vidas la presencia de quien perdieron y trasmitiendo a sus descendientes su recuerdo. En la perspectiva del documental, los descendientes de los asesinados triunfaron sobre la muerte con serenidad e incluso alegría y hasta, como dice uno de los entrevistados, por medio del perdón a los victimarios. Desde este punto de vista, la película de los hermanos Jara es una forma de resarcimiento, de reparación y de rescate de la dignidad de los descendientes de los asesinados en el Codo del Diablo. Este parece ser el objetivo principal del documental.

Sin embargo, al colocar de nuevo aquellos acontecimientos en la esfera pública, plantea algunas cuestiones que trascienden a las familias de las víctimas y afectan al conjunto de la sociedad costarricense. En efecto, el documental abre la pregunta sobre cuales son las responsabilidades presentes no prescritas del Estado costarricense en relación con esta violación de los derechos humanos de la que fue directo responsable y de cuya impunidad fue también cómplice. El Estado costarricense pidió perdón recientemente a Juan Rafael Mora por su ejecución sumaria y yo me pregunto si no sería indispensable que hiciese lo mismo con las víctimas del Codo del Diablo y con sus descendientes. El gesto no solo tendría valor simbólico, ya que permitiría dejar claro que no hay jerarquías entre las víctimas de los llamados “crímenes de Estado”, sino también efectivo para quienes vivimos hoy y para quienes vivirán mañana en el sentido de que el Estado al cual pertenecemos garantiza que las violaciones de los derechos humanos no pueden quedar impunes.

CODOLa memoria de los asesinatos del Codo del Diablo no solo ha circulado por los canales indicados, sino que también ha permanecido como olvido impuesto, como réfoulement, como recuerdo cínico o, tal vez, como culpa entre quienes fueron sus actores intelectuales y entre aquellos que fueron sus cómplices. Posiblemente, entre las sombras de lo que no osa decirse y en medio de la vergüenza ese recuerdo ha llegado a sus descendientes. Aquí también el Estado costarricense debería asumir sus responsabilidades. Los hermanos Jara han hecho una contribución importante a la construcción de una memoria más justa e inclusiva de la guerra civil de 1948 y también a las luchas siempre inacabadas por los derechos humanos en nuestro país. Evidentemente, debemos decirles gracias y la mejor forma es apoyarlos en la difusión lo más amplia posible de su trabajo.

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