Los hombres, al final.

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Recientemente, en el noveno Congreso sobre la Violencia contra las mujeres celebrado en Sevilla, de forma claramente sexista y discriminatoria la ponente Yolanda Domínguez ha pedido a los hombres asistentes que, en base a su sexo y si se consideran feministas, pasasen a sentarse todos al fondo de la sala. Cuando un asistente ha protestado por este hecho Yolanda Domínguez le ha replicado: “No sabes lo que es el feminismo, punto”. Incluso el sociólogo Erik Pescador ha sentenciado con una demagogia evidente: “No puede haber bandos intermedios. O estás a favor de la igualdad o estás a favor de la violencia”, tratando de culpabilizar injustamente a los hombres que no obedecían esta petición improcedente. Finalmente el hombre se ha sentado al fondo del auditorio cediendo a este ejercicio de clara misandria y manipulación. Incluso se llegó a justificar esta segregación humillante contra los hombres argumentando que las mujeres necesitaban empatía. Pero que los hombres se sienten en posiciones aleatorias entre los asientos de un salón de actos no representa falta de empatía ninguna, ni muchísimo menos. La mala acción contra los hombres se justificaba con excusas torticeras*.

Ciertamente, a pesar de que las hembristas y los hombres aliados de las mismas demuestran una inhumana falta de empatía con las muchas discriminaciones y desigualdades que padecemos los hombres mientras subrayan al máximo las que sufren las mujeres, debemos resistirnos a que nos marginen en la lucha por la igualdad. Este es el propósito del adoctrinamiento feminista de género en que vivimos, fruto de un hembrismo politizado que de igualitario tiene bien poco. Por ejemplo, hacer huelgas sólo para mujeres con un 95% de accidentabilidad laboral mortal masculina representa todo un vergonzoso  hito histórico del sexismo feminista. Igual que consagrar a la mujer como un tema político, constantemente, a partir de estadísticas e informes realizados con perspectiva ideológica y por miembros de esta misma ideología, que a continuación recibirán también la potestad de valorar los resultados y posibles defectos de las medidas que aplican, para reivindicar finalmente a partir de este discurso unilateral y repleto de arbitrariedades sólo a favor del sexo femenino y encontrar, ¿cómo podría ser de otra manera? sólo bondades en sus medidas, a pesar de los muchos detractores que alzan cada día más la voz en su contra.

Por eso presionarnos a los hombres para que nos coloquemos en segundo lugar es mucho más que un símbolo: es disminuirnos al pedirnos que nos convirtamos en cómplices activos de nuestra propia discriminación, tras anularnos frente al ultrafeminismo, que reclama mujeres empoderadas y de gran conciencia reivindicativa, aunque estas demandas partan de una doctrina falaz y sexista. Pero precisamente por eso quieren hombres obedientes, anulados y sumisos. Hombres que callen, que no se conciencien, organicen ni defiendan de los abusos y la parcialidad que está desarrollándose en su contra.

Contrariamente a lo que opina Yolanda Domínguez muchos sí entendemos lo que es el feminismo actual. El feminismo actual es desigualdad y punto. Bien y bravo por los que contestaron y por los que no se levantaron. Hicieron lo correcto al plantar cara a la ya mil veces rebatida y demostrada estafa y tiranía violeta. Son un ejemplo a seguir porque gestos como estos tambalean el gigantesco castillo de naipes políticamente correcto en que se ha convertido el movimiento feminista.

De hecho la frase de Erik Pescador, tan maniquea y definitiva como es, en realidad a quienes pone en el peor lugar es a las feministas de género y sus afines. Hace falta sentirse muy dueño del discurso oficial para argumentar de un modo tan torpe, tan abierto a una réplica eficiente que exponga los fallos del propio bando. Podría decirse que gracias a opiniones como las de Erik Pescador el generismo no necesita enemigos. Ciertamente, al afirmar: “Aquí no caben medias tintas o estás a favor de la igualdad o estás a favor de la violencia” nos ha brindado con gran incoherencia por su parte una ocasión de oro para replicarle rotundamente que es el generismo quien más defiende y plantea la anti-igualdad desde el minuto cero. En consecuencia y según la premisa de uno de sus demagógicos defensores el feminismo de género estaría defendiendo la violencia desde el minuto cero. Puede demostrarse fácilmente que el feminismo actual es anti-igualdad, y lo voy a hacer a continuación, para contrarrestar por enésima vez la machacona propaganda hembrista junto con su defectuoso ideario.

Por ejemplo, para exagerar el maltrato que sufren las mujeres a manos de los hombres y poder culparlos de forma desproporcionada el entramado de género ha usado estadísticas unilaterales a nivel nacional y europeo, que marginan y discriminan a los varones desde su mismo cuestionario, ya que sólo preguntan a las mujeres sobre el grado de abuso que sufren en la pareja, y consideran como malos tratos técnicos situaciones triviales o de mala educación que pueden surgir fácilmente como resultado de la mera convivencia. Con estos estudios tendenciosos, que nacen obligatoriamente de una visión negativa con los hombres, es normal que los ratios de malos tratos sufridos por las mujeres se disparen hasta niveles altísimos, al igual que la aparente culpabilidad de los hombres. Pero son estudios que no han sido diseñados para calcular el grado de violencia recibida o ejercida por ambos sexos, por lo tanto no permiten conocer el verdadero nivel de violencia en la pareja. Así estos estudios perjudican al conjunto de la sociedad al condenarnos a la ignorancia sobre este dato primordial. Es más, si se invirtiese la situación las que quedarían de maltratadoras habituales serían las mujeres, inevitablemente, ya que estas estadísticas han sido diseñadas para culpar de una forma inmensa. Por eso el feminismo radical las aplica sólo a los hombres.

Para satisfacer la necesidad de averiguar honestamente la situación de maltrato habrá que indagar sobre el abuso padecido y ejercido por ambos sexos tanto en las parejas homosexuales como heterosexuales. Y ya se ha hecho. Desde los años setenta. Y los resultados contradicen definitivamente los datos anteriores tan tendenciosamente recopilados por las feministas de género. Sí, estos informes existen desde hace ya varias décadas, pero son sistemáticamente ignorados por los expertos de género, que prefieren guiarse por sus encuestas acientíficas y mal hechas salvo para un propósito, dar pábulo al mito del hombre malo, fundamental para impulsar un modelo de sociedad cada día más sexista con el sexo masculino.

Hace ya mucho que se ha desmontado al menos en los países occidentales y tanto en las parejas heterosexuales como en las homosexuales el dogma de género que establece que la mujer es mucho más maltratada que el hombre en la relación de pareja, y que este es el mayor maltratador debido a su machismo o afán de dominar, anular o controlar a la mujer como si ésta fuese un mero objeto de su posesión. A la inversa también se ha desmontado el dogma de que el maltrato sufrido por los hombres sea insignificante, que el maltrato ejercido por las mujeres no merezca ser tomado en consideración por poco frecuente, o que las mujeres maltratadoras o el número de varones maltratados representen cantidades demasiado ínfimas como para que valga la pena considerarlas.  Podemos afirmar con respaldo suficiente para contradecir al generismo que los ratios de maltrato sufridos y ejercidos por ambos sexos son muy similares, al igual que los predictores y motivadores principales de estos abusos. Esto no nos lo dirán las feministas de género, ya que destruiría rápidamente una buena parte de su campaña política y auge en el poder. Pero la evidencia científica existente es abrumadora. Conviene que profundicemos en el tema para divulgarlo más y mejor.

Estas nociones comenzó a plantearlas en la década de los setenta el sociólogo estadounidense Murray Strauss, y el periplo de este experto resume bastante bien el estancamiento en que nos encontramos en este tema por efecto del ultrafeminismo. Murray Strauss fue uno de los pioneros en los estudios de la violencia en la pareja y en sus primeros trabajos realizó informes unilaterales, centrados en preguntar exclusivamente a las mujeres sobre los malos tratos que recibían, partiendo de la idea preconcebida y muy extendida en la sociedad por el feminismo de que la mujer era la principal víctima de este tipo de maltrato. Como dijimos antes estos estudios tan parciales tenían que dar ratios elevadísimos de maltrato a la mujer, y culpar por maltratadores de forma mayoritaria a los hombres, además de ocultar tanto la presencia de mujeres maltratadoras que debiesen ser tratadas o sancionadas, como la de hombres víctimas de abusos a los que proteger o apoyar a la hora de escapar de su situación.

A pesar de las lagunas que son fáciles de detectar en estos primeros informes Murray Strauss fue muy reconocido por los mismos. Las propias feministas aplaudieron su trabajo y se le consideró un gran experto en cuestiones de violencia doméstica. Entonces Murray Strauss decidió  realizar un nuevo estudio sobre violencia en la pareja pero está vez considerándola en los dos sentidos, o bidireccional, para ampliar su visión sobre este tema. Los resultados que obtuvo le sorprendieron tanto que desde entonces ha pasado una gran parte de su vida intentando corregir ante la opinión pública las conclusiones de sus primeros estudios. Cuando se valoraba la violencia en la pareja de forma bidireccional ésta resultaba ser simétrica: las tasas de maltrato físico y psicológico padecidas por los dos sexos eran similares. Podría pensarse que las nuevas conclusiones de un experto prestigioso tendrían peso. No fue así. El propio Murray Strauss declaraba en un artículo lo siguiente:

Mis primeros trabajos sobre violencia de pareja se centraron en la alta prevalencia de este tipo de violencia y la relación de dominio masculino que determinaba la violencia contra las mujeres. Estos trabajos se citaron con aprobación en casi todas partes, especialmente en los círculos feministas, y fui invitado a numerosos programas de radio y televisión. (…) En 1976 se me habría considerado inmediatamente como uno de los principales investigadores feministas sobre violencia intrafamiliar. Pero, tras la publicación de nuevos trabajos en los que demostré con datos que la violencia de pareja era ejercida simétricamente por hombres y mujeres y, peor aún, mi insistencia en que para acabar con la violencia contra las mujeres era necesario tomar medidas de prevención y tratamiento de la violencia ejercida por las mujeres, fui apartado de la comunión feminista. Lo cual ha sido doloroso, porque, entonces como ahora, me considero un feminista en el sentido académico del término, aunque no en el sentido del activismo político. (…) A mis 81 años, sigo navegando contra corriente.” (Murray A. Strauss, “Bucking the tide in family violence research”.  Trauma, Violence & Abuse, Vol. 9 Nº 4, octubre de 2008, páginas 191 – 213).

Posteriormente el informe Dunedin llegó a las mismas conclusiones que Murray Strauss. Una de las responsables del mismo realizaba las siguientes declaraciones en un documental sobre la violencia en la pareja:

“Hicimos preguntas como ¿has pegado a tu pareja?, ¿has empujado a tu pareja hasta tirarla al suelo?, ¿has usado un cuchillo contra tu pareja?, y pensé estamos perdiendo el tiempo haciendo estas preguntas a las chicas pero ellas contestaron “sí” a esas preguntas en igual número que los chicos.

 Las chicas pensaban que no pasaba nada por pegar a su pareja, que a nadie le importaría. Pensaban que sus padres no lo desaprobarían, que la policía no vendría si alguien la llamaba y no creían que le harían daño a nadie, pero los comportamientos eran los mismos. Cuando salieron estas conclusiones por primera vez fueron rechazadas de plano por la mayoría de las criminólogas feministas, así que tuvimos muchas dificultades para publicar esos artículos. Incluso después de publicados nunca nos invitaron a presentar los resultados en ninguna conferencia. Fue una de las partes de la investigación más difícil de hacer pública.”

 A tenor de estos hallazgos Richard Poulton director del proyecto Dunedin reconocía lo siguiente en ese mismo documental:

“Provocó un gran revuelo sin duda. Hay personas que siguen sin creerlo. Creen que los hombres perpetran la inmensa mayoría de la violencia y que las mujeres, si acaso, se están defendiendo si ejercen un comportamiento violento. Eso no es lo que dicen nuestros datos.”

Link  a las declaraciones de los expertos del informe Dunedin:

Curiosa conducta la de las criminólogas feministas: no facilitar la divulgación de un informe bien hecho y veraz cuyo principal fallo era no haber limitado su campo de análisis a los prejuicios de su ideología. Curioso el interés de las expertas feministas por erradicar los malos tratos, cuando no son capaces de reconocer ni siquiera la magnitud y características reales de los mismos, he incluso dificultan de un modo tan arrogante como peligroso para el conjunto de la sociedad la difusión del trabajo de expertos mucho más rigurosos que ellas. Mal avanzaremos en la lucha contra la violencia que se sufre en todo tipo de pareja mientras personas tan tendenciosas como éstas la dirijan según sus dogmas tan cerrados como errados.

En el año 2013 un informe más potente que los anteriores, realizado durante tres años con la cooperación de 42 académicos y 20 universidades, compendio de más de 1700 estudios sobre este tema, de título “Proyecto sobre el Estado del Conocimiento del Abuso en Pareja” o PASK por sus siglas inglesas, corroboraba las conclusiones de Murray Strauss y el informe Dunedin. Y aunque el Pask es uno de los trabajos más amplios, objetivos y bien desarrollados para comprender cómo es realmente la violencia en la pareja, prácticamente no ha sido tenido en cuenta por las feministas de género españolas. Esas que hacen congresos en las que se pide a los hombres que se coloquen al final de la sala, en la peor y última posición de todas, a pesar de las elevadas tasas de maltrato doméstico que ellos también soportan y las durísimas leyes de género que se les imponen para criminalizarlos y sancionarlos de un modo draconiano por su sexo masculino. Pero resulta lógico que las feministas radicales eludan divulgar el informe PASK porque desmontó los mitos de género de forma aún más contundente si cabe. Sus principales conclusiones fueron:

“Excepto en lo referente a la coacción sexual, hombres y mujeres perpetran abusos físicos y no físicos en porcentajes similares, la mayor parte de la violencia doméstica es mutua, las mujeres son tan controladoras como los hombres, la violencia doméstica de hombres y mujeres está correlacionada con los mismos factores de riesgo y sus motivaciones son similares en ambos casos.”

En el siguiente artículo en inglés referido al tema del que se adjunta un párrafo traducido al castellano John Hamel, director del proyecto PASK, añade:

“Hamel argumenta también que los hombres no son únicamente arrestados de un modo desproporcionado en los casos de violencia doméstica, sino que en ocasiones son detenidos por razones arbitrarias, citando, por ejemplo, que la policía frecuentemente arresta al implicado más grande y fuerte en casos en los que no está claro quién ha sido el perpetrador. “Estas medidas no son sólo ineficientes, sino que además violan los derechos civiles de las personas” Hamel concluye: “la gente relacionada con el campo de la violencia doméstica afirma que “lo importante son las víctimas.” Bien, la víctima no es siempre la persona golpeada, en algunas ocasiones también lo es la que ha sido detenida” 

Si además está constatado que en las parejas lésbicas, gays o heterosexuales las tasas de maltrato físico y psicológico son muy similares o incluso más elevadas dentro de las homosexuales, resulta insostenible la noción de que es el machismo o la misoginia del varón la principal responsable de la violencia en la pareja. Esto desmonta buena parte de la estrategia gubernamental. O más grave aún, de la impulsada a nivel mundial por el feminismo de género para luchar contra la violencia en la pareja. También explica porque se están logrando tan pocos avances en esta área a pesar de los muchos años y recursos empleados en aplicar la estrategia discriminatoria y misándrica del ultrafeminismo.

Cuando Erik Pescador afirma para poder satanizar a cualquiera que no le dé la razón que si no estamos por la igualdad estamos por la violencia, que sepa que es un hecho constatable que el feminismo de género no está por la igualdad. Debería ser menos cínico o al menos no tomarnos por más tontos de lo que parecemos. O, si insiste en que está en lo cierto, que se aplique a sí mismo y a sus compañeras hembristas sus propias palabras. Porque es demostrable y ya está demostrado que el feminismo de género es enemigo de la igualdad. Pero como es una verdad que desmonta todavía más la tiranía violeta, el apartheid hembrista al que nos dirigen, volveremos a demostrar que el generismo es una ideología y movimiento social sexista que ha recibido, de manera insólita y con la complicidad de los poderes establecidos, el control de la lucha contra el sexismo.

No realizar contajes ni análisis correctos sobre la violencia en la pareja exagerando de forma evidente la victimización de la mujer para culpar de forma desmesurada a los hombres, mientras se ignora el elevado ratio de maltrato sufrido por varones a manos de mujeres maltratadoras, es desigualdad. Hacer huelgas laborales sólo de mujeres con cerca de un 95% de muertes laborales masculinas es desigualdad. Crear y mantener con presupuestos públicos observatorios para la salud de las mujeres, como sucede en España, sin que existan entidades similares para los hombres cuando estos tienen una esperanza de vida unos cinco años inferior y padecen problemas sanitarios más específicos de su sexo o asociados a su rol, es desigualdad. Incluso la Ley de Igualdad española 3/2007, fruto del feminismo de género, modificó en su disposición adicional novena punto dos a la Ley General de Cohesión y Calidad del Sistema Nacional de Salud para garantizar, literalmente: “la promoción y protección de la salud laboral, con especial consideración a los riesgos y necesidades específicos de las trabajadoras”, a pesar de las lamentables estadísticas padecidas por los varones en accidentabilidad o enfermedad laboral. Así que ya sabemos que el feminismo de género es un enemigo de la igualdad. No tienen ningún derecho a pedirnos que apoyemos su modelo sexista. Es casi como pedirnos que no pensemos. Tenemos pleno derecho a posicionarnos en contra de este desvarío e injusticia.

Es decir, una buena parte de la reivindicación feminista se basa en el gran disparate dialéctico, en el insustancial error de análisis, de focalizar la lucha y el debate sobre la igualdad sólo en aquello que discrimina, perjudica o pueda potenciar la felicidad y bienestar de las mujeres, y repetirlo cuántas más veces y con cuántos más medios y carga emocional mejor, mientras se ignoran y tapan los perjuicios y discriminaciones que puedan soportar los hombres, a los que además se culpa de forma sistemática para que nadie les defienda ni empatice con ellos al margen de lo desfavorable que sea su situación. Esto es marrullería política mezclada con un lenguaje propio de la propaganda de tiempos de guerra, diseñada para colocar a los hombres en la posición del enemigo, paso previo a atacarlos después con gran dureza.

Esta injusta culpabilización colectiva, en la que la gran mayoría de los hombres son satanizados por las malas acciones de unos pocos, reduccionismo malintencionado que de ejercerse contra cualquier otro grupo humano sería tachado de racismo, xenofobia u otro sinónimo de intolerancia y abuso, es la causa de herramientas penales cada vez más destructivas con los hombres, e impulsa un inmenso odio sociocultural en su contra, necesario para que mientras se les vulnera la gente mire para otro lado o lo considere como un mal menor. Por eso el artículo 153.1 del Código Penal puede estigmatizar y condenar a un hombre por maltratador, destrozándole la vida en muchos casos, en base a acciones de un valor mínimo que de ser cometidas por mujeres apenas tendrían consecuencias legales, si es que llegasen a juzgarse siquiera.

Incluso el mismo concepto ideológico que anima este noveno congreso sobre la violencia contra las mujeres se basa en sesgos clarísimos que limitan el análisis de forma peligrosa. En efecto, ¿por qué no se ha invitado a este acto a expertos en violencia en la pareja que no sean de género? ¿Por qué los expertos neutros que han realizado el informe Dunedin o el informe Pask no participan en estas reuniones? Peor aún ¿por qué no se exponen sus conclusiones y se razona desde las mismas, cuando son estudios de un gran valor académico y carentes de arbitrariedades? No olvidemos las palabras de la experta que realizó el informe Dunedin: “Las chicas pensaban que no pasaba nada por pegar a su pareja, que a nadie le importaría.” o “Cuando salieron estas conclusiones por primera vez fueron rechazadas de plano por la mayoría de las criminólogas feministas, así que tuvimos muchas dificultades para publicar esos artículos.”

Es lamentable este parcialismo acaparador en el marco de la violencia en la pareja,  porque no permite resolver adecuadamente este problema y puede contribuir a crear otros nuevos. Es normal que las chicas o mujeres maltratadoras piensen que a nadie le importa el que maltraten a sus parejas masculinas ya que el feminismo de género, que es quien controla este tema, desde el mismo diseño de sus encuestas ni siquiera pregunta a los hombres sobre el considerable y constatado grado de abuso que estos sufren.

Ante este panorama resulta comprensible que se esté produciendo la respuesta a los rotundos errores y miserables ardides del feminismo de género, consistente en que sus oponentes seamos cada día más, precisamente porque le hemos visto el rostro detrás de la máscara y sepamos que es un movimiento injusto. Por eso desde la asertividad, la honestidad y a favor de una relación más positiva y armónica entre los dos sexos, haremos lo posible para hacerle caer en el pozo histórico de las ideologías nocivas. No van a acomplejarnos con la necedad culpabilizadora de que si no apoyamos su modelo de desigualdad estamos a favor de la violencia. Esa baja manipulación no nos doblega, al contrario, nos motiva a demostrar con más empeño la vileza de la que son parte activa. Por citar otro vergonzoso ejemplo de hasta que punto es poco igualitario el hembrismo al que tan enconadamente defiende Erik Pescador y de cuyo sexismo quiere hacernos cómplices a los demás haré mención al informe de la OIT del año 2011 titulado “la igualdad en el trabajo: un objetivo que sigue pendiente de cumplirse”, en el que se analizan las desigualdades laborales y se plantean las directrices necesarias para combatirlas a nivel internacional, de acuerdo con las indicaciones de la Organización Internacional del Trabajo.

Para quienes no tengan el tiempo de leerlo puedo resumir un aspecto fundamental de este informe, ya que sí lo he leído, a pesar de intuir desde un principio la injusticia hembrista que iba a encontrar en él. En este análisis de desigualdades y discriminaciones se aplica la óptica feminista de género. Como resultado en este documento se citan y tratan de corregir con medidas prácticas y recursos reales las discriminaciones sufridas por las mujeres, también las de las personas obesas, los emigrantes o los enfermos de VIH, pero no se dedica ni una sola línea, ni un solo consejo práctico, ni una sola medida pública que mencione o se destine en específico a las discriminaciones laborales sufridas por varones, más concretamente por trabajadores masculinos, a pesar de que somos los hombres quienes sufrimos la mayor cantidad de accidentes laborales mortales o graves, e incluso las enfermedades profesionales más nocivas y letales también a nivel mundial. Y la OIT y sus expertos deberían ser los primeros en saberlo.

De hecho la directora de ONU mujeres en la fecha en que se presentó este texto, Michelle Bachelet, estuvo presente en su inauguración como invitada de honor. Y aprovechó su comparecencia para hablar sobre las discriminaciones de las mujeres y expresar su voluntad de que ONU mujeres y la Organización Internacional del Trabajo trabajasen conjuntamente para acabar con la discriminación laboral femenina. No hubo ningún representante de ONU hombres que se lamentase y protestará porque la Organización Internacional del Trabajo, despiadadamente, no mencionase siquiera en ningún punto de su informe de cerca de cien páginas las discriminaciones laborales masculinas como paso previo necesario para hacerlas visibles y abordarlas con políticas específicas encaminadas a acabar con ellas. De hecho ni siquiera existe la institución ONU hombres, ya que la ONU es hembrista y se despreocupa de las discriminaciones sexuales masculinas, lo mismo que hace la OIT.

Link al mencionado informe.

En efecto, en la sociedad feminista de género no caben ni la ecuanimidad ni la mínima justicia al abordar el grave problema que la discriminación sexual ocasiona a los dos sexos. ¿Un fracaso absoluto de esta ideología? No, al contrario, todo un éxito para la misma, ya que el feminismo de género jamás ha pretendido ser igualitario. Mienten al afirmar tal cosa. Lo que llaman “igualdad de género” es ejercer la casi máxima parcialidad a favor del sexo femenino.

¿Levantarnos de las sillas y pasar al fondo de la sala si somos feministas? No quiero. No soy feminista porque el feminismo actual incluye en sus premisas básicas al femicentrismo, al hembrismo y la misandria y eso es lo que soportaremos cada vez más mientras este movimiento tenga un papel preponderante. Es incorrecto hacernos pasar a los hombres al final. Y como preguntó otra sexista ¿se sienten los hombres que no se han levantado machistas? mi respuesta serían otras preguntas bastante similares a la suya ¿Te sientes tú, y quienes nos discrimináis a los hombres de mil maneras, incluso pidiéndonos que pasemos al final del auditorio, una misándrica y una hembrista? ¿Se te ha ocurrido alguna vez que puedas serlo, a pesar de que eres la que más culpas a los demás de sexistas con mucho, poco o ningún fundamento?

Pedir a los hombres que se levanten y pasen a las sillas del fondo como si fuesen autómatas carentes de juicio crítico u opinión sólo porque una generista se lo pide encaja muy bien con el modelo de civilización global hembrista que se está impulsando desde que en el año 1995, tras la Cuarta Conferencia Internacional Sobre la Mujer celebrada en Pekín, la ONU aceptase implantar el modelo feminista de género a nivel nacional e internacional. Por eso si un hombre pidiese a las mujeres que pasasen al fondo de las filas en un congreso el escándalo sería mayúsculo y la crítica unánime. Además en la sociedad de género debe concienciarse a las mujeres para que estén empoderadas y participen y reivindiquen al máximo en lo referido a sus intereses. Pero a los hombres no. Los hombres debemos permanecer ignorantes de nuestras discriminaciones y acostumbrarnos a ceder nuestros derechos, cuántos más derechos cedamos y más fácilmente lo hagamos mejor. Y para cualquiera que comprenda como funcionan  las dinámicas ideológicas y sociopolíticas esto supone ya en sí mismo una grave discriminación contra el sexo masculino. Pretender que callemos y pasemos al final mientras aceptamos pasivamente que se pisoteen nuestros derechos humanos fundamentales es un buen símbolo de la opresión que nos reserva la tiranía violeta, al convertirnos desde el análisis que oculta y culpa, pasando por las leyes que castigan de forma desproporcionada, hasta las peticiones que humillan y vejan, en personas de segunda categoría.

A estos hombres se les pedía que se sentasen atrás porque una parte muy incongruente y maniquea del análisis de género les considera cómplices del maltrato a las mujeres a partir de la falacia del patriarcado machista hegemónico, que culpa injustamente a todo el sexo masculino de las discriminaciones distorsionadas y exageradas que las ultrafeministas pretenden que sufren las mujeres. Es decir, se les pidió sentarse atrás porque son víctimas de la misandria.

Hicieron bien aquellos que protestaron o no se levantaron, los que se enfrentaron a la presión o directamente no cedieron. Más tendremos que enfrentarnos los hombres en el futuro a este modelo tan incoherente como simplista que nos discrimina y ataca. Pero para argumentar rápidamente porque negarse a obedecer fue lo correcto baste la siguiente respuesta: “El feminismo de género es hembrismo politizado y en consecuencia pura desigualdad, y por eso una buena parte de lo que genera es injusto y sexista. No secundo este modelo errado de feminismo, tampoco acepto que me culpen por mi sexo masculino. Por eso me quedo donde estoy. Punto.”

Y esta frase escueta y directa avalada por todos los datos y análisis rigurosos que las hembristas y sus aliados prefieren que no conozcamos sirve de crítica demoledora  contra el enorme y bien subvencionado movimiento feminista de género, al mostrar sin paños calientes lo endeble de su base. También explica toda la polémica subterránea que trata de ocultarse desesperadamente por nuestras autoridades mediante un adoctrinamiento y bombardeo propagandístico constantes, precisamente para sepultar bajo el efectismo, la charlatanería y los eslóganes que aturden y obstaculizan el debate cabal, el ya considerable rechazo y hartazgo de  la ciudadanía frente al generismo.

Se empleó por parte de quienes manipulaban a estos hombres la excusa bien sonante de la empatía, cuando su empatía es nula si la peor parte la llevan los hombres. Hombres a los que dentro de poco podría separárseles de sus hijos en base al artículo 153 del Código Penal. Esto jamás se le haría a una mujer. No nos dejemos engañar: es hembrismo no igualdad.

También se hablo de ceder símbolos. Pero lo que piden realmente es ceder la razón, la verdad y en esencia la propia dignidad frente a la presión coercitiva, la desinformación y la ignorancia extendidas al máximo, típicas herramientas totalitarias que a medida que ganan influencia aumentan su opresión y tenacidad. Todo con el propósito de implantar de forma consciente, calculada y medida en sus tiempos un modelo de sociedad, y a la larga un tipo de Civilización de género, en la que los hombres seremos discriminados y las mujeres privilegiadas.

Hicieron bien en protestar y en no levantarse. Hicieron bien en oponerse a las trampas y abusos sexistas de la tiranía violeta. Tenemos que hacer más. Aún queda mucho para avanzar en igualdad entre los dos sexos, pero acertaron al protestar y no levantarse.

Notas:

* Por lo demás la empatía la merece todo el mundo, o ¿acaso los hombres no? y como resultado del adiestramiento psicosocial y los roles que la sociedad ha reservado de forma diferenciada a los dos sexos durante siglos los hombres suelen recibir menos afecto y vínculo íntimo y empático que las mujeres, lo que concluye en que inspiren bastante menos compasión. Incluso si hablamos de las estadísticas sobre violencia social los hombres recibimos mucha más violencia, incluida la grave, que las mujeres. Lo afirman estudios objetivos y rigurosos.

Por ejemplo, según la UNODC (Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito) en su primer Estudio Global sobre el Homicidio, publicado en el año 2011, estableciendo una media mundial los hombres se enfrentan a un riesgo mucho mayor de muerte violenta (11,9 por 100.000) que las mujeres (2,6 por 100.000). Otro estudio de carácter internacional realizado por la Secretaría de la Declaración de Ginebra en el año 2011, el informe sobre “La Carga Global de la Violencia Armada”, da valores mundiales de violencia mucho más elevados para los hombres que para las mujeres, con un 87% de hombres víctimas de muerte violenta  frente a un considerablemente inferior 13% de víctimas de sexo femenino. Lo mencionado por la UNODC se plantea fuera de periodos de guerra o situaciones de conflicto armado, en las que las muertes violentas de varones aumentan, ya que desde tiempos inmemoriales los hombres hemos sido utilizados mayoritariamente para crear soldados. Los cálculos de la Secretaria de la Declaración de Ginebra en su informe “La Carga Global de la Violencia Armada” emplea una base de datos que incluye muertes violentas tanto en situaciones de conflictos armados como exentas de ellos.

Estos recuentos tan claramente adversos con el sexo masculino son resultado de dos discriminaciones sexuales atávicas: la educación para la competencia extrema entre varones y la vinculación de lo masculino al riesgo. Bien podríamos concluir siguiendo el análisis de las feministas de género en que evidencian un modelo de “violencia de género” antivarón, ya que se trata de una violencia y carga ejercida por la sociedad de forma preferente contra los hombres por ser hombres. Sin embargo nuestras instituciones de género no dicen nada en estos casos. Por eso el que no se hagan conferencias contra la violencia a los hombres, ya sea doméstica o de otro tipo, paralelas a las existentes contra la violencia a las mujeres es prueba de una fuerte misandria global y de la inexistencia en el marco contemporáneo de una labor honestamente igualitaria. Es decir, otra demostración más de la farsa que es el feminismo hegemónico y porque estamos obligados a superarlo y dejarlo atrás para poder construir una civilización justa con los dos sexos, que ayude a armonizar de forma constructiva su entendimiento y convivencia.

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