por Juana Pérez Montero

Nunca las armas sirvieron para hacer avanzar verdaderamente al ser humano. Siempre se utilizaron para beneficio de unos pocos a costa de la vida, el dolor y el sufrimiento de la gran mayoría, aunque se utilizara y se siga utilizando a ésta como reclamo.  Y las victorias –de haberlas– siempre son pasajeras porque portan en su esencia la revancha de los perdedores, en una cadena de violencia que no encuentra fin.

El desarrollo de las armas como forma de supervivencia podría entenderse hace miles de años, lo que seguramente no quiere decir y no justifica que la “elección” de esa vía por parte de la humanidad no fuera un gran error, que todavía estamos pagando y del cual no hemos salido, habiendo llegado al día de hoy, en el que está en riesgo la supervivencia de la especie y del planeta entero.

A la carrera armamentística que estamos viviendo y que nos ha devuelto a los peores momentos de la llamada Guerra Fría, le acompaña las campañas para hacer crecer una sensibilidad que se va potenciando incluso en las escuelas, alimentando una imagen ideal –asociada al ocio– acerca del “beneficio” de las armas.  Lo estamos viendo en países de la antigua Europa del Este o en Inglaterra últimamente. Estas campañas de sensibilización van acompañadas de la construcción imaginaria de “enemigos”: países como Rusia, Irán, Corea del Norte… (países que no se doblegan), grupos humanos como refugiados, migrantes (desplazados por los desastres que la misma industria de las armas produce), etc., aumentando violencias de otros tipos como el hambre, el racismo, la xenofobia, la discriminación por creencias religiosas, etc., que alimentan la espiral de la violencia en una carrera loca.

Es alarmante el incremento en gastos militares a nivel mundial[1], con EEUU[2] a la cabeza y su política de empleo de la fuerza y la amenaza, una política que impone y que aceptan sus socios de la OTAN; algunos gobiernos como el de Colombia[3], modificando sustancialmente el mapa geomilitar de la región, o Japón[4], el ejemplo más evidente de la barbarie a la que hemos llegado pero que hoy claudica a las presiones de Trump, multiplicando la tensión en una de las zonas más calientes del planeta.

Esta “moneda” que aumenta de tamaño cada día, la del gasto militar, tiene como toda moneda dos caras, ambas negativas.  La otra cara es la cara de los daños colaterales, hablando en términos bélicos.  Si el presupuesto de un país sube la partida de los gastos militares, de modo sistemático se recortan los derechos y baja el presupuesto en políticas sociales (educación, sanidad, pensiones donde las hay, investigación, etc.).

Ejemplos claros abundan.  La misma población estadounidense ve cómo aumentan las armas mientras cuenta con una pésima sanidad pública; en España, durante la que han denominado engañosamente ‘crisis’, los gobiernos de turno han recortado en educación, sanidad, pensiones públicas… mientras mantenías sus compromisos con la industria armamentística y aumentaba el presupuesto militar[5]; la Grecia de Txipras traicionaba la voluntad popular, siguiendo la estela de gobiernos previos, y entregaba a su pueblo a los pies de los caballos de los intereses de bancos centroeuropeos, sin importarle recortar salarios, derechos laborales, sanidad, educación, pensiones públicas… mientras paradojalmente compraba material militar[6].

Esto por hablar de casos escandalosos que han estado y están en todos los medios de comunicación, claramente por pertenecer al ‘norte’ del planeta.  Pero, si esto sabemos de la vieja Europa o de USA, ¿qué ocurre y no se cuenta de toda África, de gran parte de Asia, de zonas con grandes recursos naturales, cuya población vive en la pobreza más extrema como consecuencia de guerras que no eligieron y que los mantienen ‘entretenidos’ mientras les son robados todos los recursos?

Allí, donde se invierte en armas, aumenta la violencia en cualquiera de sus formas (física, económica, sicológica, moral, racial, religiosa, sexual…), aumentan las desigualdades sociales, las hambrunas, el cambio climático, los desplazamientos forzados de población, etc.

Es muy gráfico ver, además, cómo esta carrera armamentística acompaña el proceso de concentración de la riqueza[7]. El negocio de la guerra es el mayor del mundo, no lo olvidemos.

Supervivencia de la humanidad

En cualquiera de los casos, hoy no hay situaciones que justifiquen las armas y las guerras si hablamos de supervivencia y de la defensa de los intereses de toda la humanidad como planteáramos al comienzo de este escrito.  Hoy existe en todos los campos riqueza suficiente acumulada, como consecuencia del trabajo de miles de generaciones, para que toda la Humanidad viva en condiciones de vida dignas.  Y esa riqueza, que fue generada por todos, por justicia social ha de volver por tanto a todos.  Y contamos con todos los medios para que la riqueza pueda compartirse.

¿Por qué decimos que le corresponde y cómo podríamos hacer?  Sin necesidad de hacer historia siempre llena de injusticias traiciones, pongamos un ejemplo de absoluta actualidad y alrededor del cual existen conflictos armados.  Sabemos que en el norte del planeta se cuenta con mayores avances científicos y tecnológicos y en el sur se cuenta con elementos como el coltán, que tan imprescindible es para los dispositivos electrónicos, para que aquellos avances tecnológicos del norte puedan concretarse.  ¿Qué posición sabia o moral y que abra el futuro de todos justifica seguir derramando la sangre de millones de seres humanos para quitarles estos recursos y negarles poder disfrutar de esos avances?

Imaginemos por un momento cuánta energía en todos los campos podría ganar la humanidad entera si, en lugar de potenciar el enfrentamiento, renunciamos a la guerra como resolución de conflictos (ver ya el ejemplo de la Constitución de Bolivia 2009, en su artículo 10.1[8]), si trabajamos en políticas de acercamiento y cooperación, si invertimos en educación gratuita, en sanidad universal, en asegurar comida y vivienda para todos.  ¿Qué pasaría si se investigara y se desarrollaran una educación y una cultura para desarmar la violencia interna y eliminar todas las formas de violencia externa?… Estaríamos ante el aumento exponencial de la salud física y sicológica de las poblaciones, ante un ser humano que ganaría en fe profunda en su futuro, estaríamos poniendo la condición para que las distintas formas de violencia no encuentren abono en las conciencias individuales y colectivas.

Si todos los recursos que se desvían hacia la carrera armamentística se emplearan en función de la vida y la liberación del ser humano, contaríamos con el suelo para pasar a otra etapa de la historia, podríamos pasar a construir y contar la verdadera historia humana, como dijera el pensador latinoamericano Mario Rodríguez (Silo)[9].

Así es que, mientras no encontramos razón alguna para seguir alimentando la violencia y a la industria armamentística, decimos alto y claro ‘¿Razones para el desarme? ¡Todas!’.

 

Juana Pérez, periodista y narradora de documentales, es editora y redactora de Pressenza para España, y activista humanista.

Este artículo fue inicialmente publicado en la Revista América Latina en Movimiento: Paz y NoViolencia: Rebeldía a un sistema violento 17/09/2018

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