Recuerdos inéditos en tiempos de guerra fría.

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Por: Carlos Martínez Márquez

 

‘’La música en tiempos de guerra, es un bálsamo para las almas en pena’’. El autor

 

Te vi partir, ayer, por esa puerta

Que dije adiós con pena y mi alma muerta

Y tú escuchas bien si vuelves a mi puerta

que yo no te abriré para que

Si vuelves tú me tienes que querer

me tienes que llorar

me tienes que adorar

Si vuelves tú la vida no ha de ser

lo que contigo fue

Cuando estabas aquí (…)

Con estas estrofas despierto de la mano con mi  archivo musical del recuerdo; nada mejor, que abrir los ojos, con sol radiante playero y sabor a océano añil, con una tizana de jengibre o café negro del bueno, como acostumbro cada mañana, oteando con mirada de halcón el colorido desde una ‘’perspectiva’’, lo que no puedo explicar con palabras, lo bello que la propia naturaleza nos regala.

La década de los años cincuenta, marca la etapa inicial, de la carrera artística de la imponente interprete afroantillana, Lupe Victoria Yoli Raymond (La Lupe). Casi la mayoría de sus canciones e interpretaciones estaban cargadas de canto aguerrido, con su peculiar manera de afrontar el bolero. Eran canciones que no daban otras opciones para menguar la esquizofrenia, en las féminas enamoradas, (‘candidatas’) a cortarse las venas mientras ocupaban su mano con etílico y llevándose la copa a su boca.

Fue todo un acontecimiento, aquellos años de apogeo, de la polémica y exótica piel morena como lo fue la Lupe. La era de la guerra fría ocupaba permanentemente la agenda de dos potencias que se disputaban la supremacía y la vocación de espionaje sistemático; el estilo de vestimenta de los sesenta, el peinado con rizos y afro pronunciados, zapatos de tacos altos- y un nuevo componente- en el pensamiento socio político de izquierda en Norteamérica: Marthin Luther King por un lado y Malcolm X por el otro, que impusieron un estilo rebelde de movilizar las masas en procura a mejorar las condiciones de los derechos de los negros; le década de los años sesenta vino repleta de repercusiones violentas; y para colmo, para el sosiego del espíritu iracundo, un sorbo de marihuana, que no debía faltar en las tribulaciones de la subcultura de los ‘’hippies’’, para hacer menudo, el reciclaje del pensamiento crítico de sus ideales.

La combinación de la música y aquellos acontecimientos de la época estaban muy bien vinculados, en la que los temas de la vieja ‘’Ola’’ tenían una adhesión de simbolismo del sentir de los pueblos y la manera de comportarse, en los designios domésticos, en cuyos hogares, tenían una filosofía uniforme, para librar a los jóvenes de ciertas desgracia, que devenían, como resultados de su entrega revolucionaria.

No pude darme el lujo de expresar inquietudes de índoles políticas, ya que no alcanzaba la mayoría de edad y que por ser un tímido mozalbete y poco expresivo, estuve envuelto en una niñez de bajo perfil; no así, sucedió con la música, que desde siempre, ha sido el dinamo que generaba en mí, un gran entusiasmo por escuchar lo bueno y exitoso de la época. Aun guardo gratos recuerdos de las canciones que ponían a sonar en frente de mi casa, en la esquina de la calle Enriquillo con Benito González, el barrio que me vio nacer, la vellonera del desaparecido Bar Anita, (así se llamó bajo el mismo nombre de su propietaria y su eterno compañero, el Mono, como cariñosamente, le llamaban por todo el lugar de villa francisca. Desde esa esquina me nutria con toda esa vorágine musical de vieja ola, cuya estridencia se escuchaban en las calles aledañas, Tomas de la concha y Enriquillo.

La gesta de Abril del 1965 trajo pólvora a la ciudad, el ambiente de todos los lugares citadinos estaban intransitables, con calles cerradas y quema de gomas, etc. se produjo la insurrección viviendo en el centro de la ciudad y viendo aquellos episodios en vivo, con ruidos de aviones que sobrevolaban la ciudad, disparos por doquier, escasos comercios reabrían sus puertas a media, para cuando hubiera cese al fuego, la gente pudiera abastecerse de lo que hubiere disponible para comprar. Eran tiempos muy difusos en cuanto a lo que se suscitó en la capital de Santo Domingo. Una gran cantidad de personas valiosas, salieron del país después que se normalizo todo, cuya transición no podía hacerse con la presencia de la izquierda revolucionaria de entonces. Eran tiempos difíciles, pero a la vez, tiempos, en donde se pudo hacer correctivos para instaurar un poder político que tuviera la voluntad de transformar el Estado y  la mentalidad de la sociedad, sentando las bases que tendieran a mejorar la calidad de educativa y de vida del ciudadano. Quienes lucharon, lo hicieron en vano. De aquello, solo queda un grato recuerdo, que nos mantiene con esperanza, y de que podamos ser distintos en este siglo de grandes desafíos. Yo, mientras escucho la música, dejo que la vida siga su agitado curso.

 

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