Respuesta al Gran Wyoming.

 

(Antes de leer esta respuesta conviene visualizar la siguiente intervención del conocido presentador apodado como “El Gran Wyoming”. Son las opiniones que defiende en este discurso de menos de dos minutos las que motivan este artículo de crítica. Link al vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=H_JWH70CZlU)

No comparto las declaraciones del Gran Wyoming. Es más, me parecen bastante inexactas y parciales. Desde el inicio realiza una exposición defectuosa por arbitraria que sirve como respaldo de la parte final,  donde se presenta un simple ejercicio de prepotencia moralista y asignación de etiquetas,  ni justificadas ni aclaradas, contra sus adversarios políticos, pensada más bien para enardecer a sus afines que para desarrollar un debate riguroso. Pero este alarde no da veracidad a sus palabras, ni muchísimo menos.

Para empezar es inexacto, un error histórico, afirmar que la izquierda en España hizo uso del término popular antes que la derecha, argumentando que el Frente Popular se formó en el año 1936. Antes del Frente Popular, desde el año 1932, existió un importante partido demócrata cristiano llamado Acción Popular, que aglutinó en torno suyo y sin dejar de existir al conjunto de formaciones que constituirían la CEDA, es decir, el grupo parlamentario más significativo de la derecha española durante la Segunda República. Por lo tanto el Gran Wyoming no conoce correctamente la sucesión de los hechos a los que hace referencia. Pero incluso sin considerar este error histórico decir nada más que popular es una palabra de nuestro vocabulario y cualquiera debería poder emplearla al margen de su ideología. Es perfectamente lícito usarla, no puede restringirse el uso del lenguaje hasta ese extremo. De hecho a día de hoy las clases populares, entendiendo popular en el sentido de humilde, no votan mayoritariamente a los partidos de ultraizquierda como Podemos. Podemos tiene una notable mayor acogida entre las clases pudientes que entre las sencillas, y muchas personas sencillas o de la clase trabajadora como también suele denominárselas de forma un tanto inexacta se están decantando cada día más, tanto en España como en otros muchos países, a favor de partidos situados en el espectro del centroderecha o de la derecha pura.

Para seguir centrémonos en su argumento sobre las democracias populares y los fascistas. Increíble caso de cinismo o ignorancia el suyo. ¿Qué es una democracia popular? ¿Las democracias de detrás del telón de acero? Y por extensión las de las dictaduras comunistas. Por ejemplo el régimen norcoreano también se autodenomina como república “popular”.  Pero estos tipos de gobierno no son demócratas o “populares” en lo más mínimo, sino despóticos y violadores de derechos humanos. En numerosos países en los que han gobernado los comunistas se han convertido en tiranos sin escrúpulos de millones de personas. Así que no es sólo la derecha quien tergiversa y saca provecho de la semántica. También la izquierda lo hace. Por desgracia estas distorsiones son un buen recurso en política y lo aprovecha cualquier bando. Llamar “democracia” o “popular” a regímenes que han censurado, encarcelado, exilado, torturado y asesinado a millones de personas durante décadas, resultado de un aparato de represión bien establecido y nutrido por el mismo régimen como parte sustancial de su modo de gobierno y estrategia para mantenerse en el poder, precisamente para evitar la libre participación en política de la ciudadanía, es manipular y mentir hasta extremos de una vileza repugnante. Y esto lo ha hecho la izquierda radical, el comunismo en el poder.

Y si hablamos de la guerra civil hablemos también de los desmanes y ajustes de cuentas despiadados que los ultraizquierdistas españoles ejercieron sobre sus contrarios ideológicos, sus enemigos o incluso los de su propio bando, por no secundar su estrategia o modelo totalitario. Eso también era maldad en estado puro. Tampoco fueron muy honestos que digamos quienes aplastaron el intento de “socialismo de rostro humano” que Alexander Dubcek y su gabinete trataron de desarrollar en Checoslovaquia, al interrumpir con tanques el avance sociopolítico durante la trágica primavera de Praga. Y peor fue la represión vivida anteriormente a mediados de la década de los cincuenta en Hungría, sólo porque este país decidió alejarse de la órbita de la Unión Soviética.

Nos quejamos de las dictaduras de derechas, casi como si no hubiesen existido dictaduras de izquierdas, también bastante inhumanas y a larga ineficientes en los aspectos económicos. Sí, claro que en política se trata de separar las buenas de las malas personas por la cuenta que nos trae, pero menos sesgos en el análisis y menos prepotencias moralistas en los partidos de izquierdas o sus afines, que la infamia también ha abundado y mucho en sus directrices y acciones históricas.

Y para terminar el Gran Wyoming rubrica su breve discurso con una retahíla de etiquetas no corroboradas para desdibujar desde la visceralidad a sus contrarios políticos. ¿Pero eso a qué viene? ¿En qué se basa? ¿Nos lo creemos sólo porque lo diga él todo de seguido, encendido de indignación mientras le graban en primer plano con fondo oscuro para darle un aire más impactante y solemne? No se puede tildar de misógino a alguien, acusarlo ni más ni menos de odiar al conjunto de las mujeres, sólo porque se rebele contra las leyes misándricas y las parcialidades femicéntricas que fomentan de un modo más que evidente el feminismo de género y sus aliados políticos. No se puede tildar de xenófobo o racista a alguien, acusarlo ni más ni menos de odiar o rechazar a otras personas por el color de su piel, sólo porque pide un modelo migratorio ajustado a la situación real de un país y las posibilidades de adaptación e integración de los recién llegados, evitando así los grandes riesgos y problemas que surgen de una emigración descontrolada, masiva o contraria a nuestro modelo social, que bien puede conducir en el medio plazo a la superpoblación, el empobrecimiento y duros choques entre culturas cuyos valores son significativamente opuestos.

No me convence este análisis. Demasiadas omisiones, parcialidades históricas y demagogias fáciles de desmontar vuelven a este discurso inútil para esclarecer verdades. Más bien el Gran Wyoming se suelta en un entorno en el que nadie le rebate, señalando sólo lo que interesa, obviando todo lo demás por significativo que sea, a la manera de un vulgar propagandista que ataca la objetividad y el rigor en cada frase de su parrafada.

Lo que si consigue es encajar perfectamente con los posicionamientos de la cadena en la que trabaja, La Sexta, y eso seguro que le ayuda a mantener su programa en antena desde hace ya varios años, ganando un buen dinero de paso también. Pero ese dinero procedente en buena medida de la publicidad que pagan las corporaciones más involucradas en el crudo mercado capitalista y consumista, el Gran Wyoming no lo dedica a la manera de un moderno Robin Hood colectivista a repartirlo entre los más humildes para impulsar la igualdad económica. El prefiere comprarse pisos, diecinueve en total tiene en Madrid. ¿Qué sentido tiene comprarse diecinueve pisos? ¿Venderlos con plusvalía respecto al precio de compra? Pero eso resultaría bastante especulativo a nivel financiero. Claro está, quizás cuando los venda sea cuando reparta el dinero logrado entre los más castigados por la opresión capitalista.

¿O es que él mismo, por mucho que se queje, es el primero que también juega con las palabras cuando dice que es liberal, de izquierdas, progresista, lo que incluye que está en contra de las sangrantes desigualdades económicas? Sólo hay que fijarse en Pablo Iglesias, otro ejemplo de lucha contra el capitalismo y la opulencia elitista. Tan bien realiza esta lucha, es un campeón tan destacado en esta labor, que puede permitirse ser el líder de un partido de ultraizquierda y comprarse una vivienda de 600.000 euros digna de los burgueses más agraciados y amantes de ese gran enemigo y destructor del verdadero sentir comunista llamado lujo. Casa que ha adquirido con esa otra gran líder anticapitalista y autoproclamada defensora de la igualdad entre los dos sexos, Irene Montero, que con sus acciones demuestra ser una verdadera hembrista, ya que no se cansa de hablar de la lucha por los derechos de las mujeres y la precariedad laboral femenina, hasta el extremo de haber apoyado el gesto separatista de hacer una huelga sólo para mujeres, pero no habla nunca de la gran precariedad laboral masculina, demostrada por las estadísticas de muertes y accidentes laborales graves mayoritariamente sufridos por varones. Y aún así dice defender la igualdad de sexos mientras ignora, aumenta y perpetúa la discriminación masculina. ¿Cómo interpretamos estos gestos de Wyoming, Pablo Iglesias e Irene Montero? ¿Cómo una máxima estafa o deshonestidad en el manejo de los conceptos? Evidentemente, sí.

En definitiva, lo políticamente correcto también manipula las palabras para engañar a las masas. El moralismo de los progresistas muestra su hipocresía  a poco que raspemos la superficie.

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