Por Diego Asensio
Este texto no pretende ser un informe oficial ni una investigación judicial. Es un testimonio personal y una opinión política construida a partir de la experiencia directa, del contacto humano sostenido en el tiempo y de la observación prolongada del territorio. Lo que aquí se expone es lo que vi, escuché y viví entre los años 2013 y 2018, período en el que residí en la Patagonia argentina y tuve contacto reiterado con ciudadanos israelíes que se presentaban como mochileros, pero cuyo perfil, discurso y prácticas excedían ampliamente el turismo convencional. No escribo desde la neutralidad. Escribo desde una convicción política formada antes, durante y después de esos años.
El fenómeno del “mochilero”
Durante mi estadía en las provincias de Santa Cruz, Chubut y Río Negro, observé de manera reiterada la presencia de jóvenes israelíes que decían viajar para “descansar” luego de su servicio militar obligatorio. Ellos mismos afirmaban haber pertenecido a unidades armadas, y describían su paso por territorios ocupados como parte normal de su formación.
No se trataba de encuentros aislados. El patrón se repetía:
• mismos rangos de edad
• mismos relatos
• misma forma de vincularse con el territorio
• mismo lenguaje militar normalizado
Muchos decían viajar para “curarse” del estrés postraumático. Sin embargo, relataban con ligereza operativos armados, controles de población civil y acciones violentas como parte de su experiencia reciente.
Mi percepción —y subrayo que es mi percepción— fue que no se comportaban como simples turistas, sino como sujetos entrenados para observar, medir, recorrer y familiarizarse con espacios estratégicos.
El territorio y el silencio
La Patagonia y la Araucanía no son territorios vacíos ni neutros. Son regiones históricamente militarizadas, disputadas, ricas en bienes naturales y atravesadas por conflictos no resueltos entre Estados y pueblos originarios.
Lo que más me llamó la atención no fue solo la presencia de estos individuos, sino el silencio institucional que rodeaba esa presencia:
• nadie preguntaba demasiado
• nadie parecía registrar
• todo quedaba diluido en la categoría de “turismo”
Para mí, ese silencio no era tranquilizador. Era inquietante.

Opinión política
Desde mi marco político, sostengo que las Fuerzas de Defensa de Israel forman parte de un proyecto colonial y violento que ha ejercido —y ejerce— una violencia sistemática contra la población palestina. Considero que sus prácticas pueden y deben ser nombradas como genocidas, y no acepto la idea de que esto sea una exageración retórica: es una lectura ética y política compartida por millones de personas en el mundo.
Desde esa convicción, interpreto la presencia reiterada de exsoldados israelíes en territorios sensibles del sur de América como algo más que turismo. No afirmo tener documentos secretos ni pruebas judiciales. Afirmo algo distinto: la experiencia vivida genera lectura política, y la lectura política genera alerta.
Sobre la “falta de pruebas”
Se suele exigir “pruebas contundentes” para validar este tipo de percepciones.
Mi posición es que la ausencia de visibilidad pública no equivale a ausencia de prácticas, especialmente cuando se trata de actores militares y geopolíticos con larga experiencia en operar sin exposición directa.
Eso no convierte automáticamente una sospecha en un hecho comprobado, pero tampoco la vuelve irracional.
Este texto no busca convencer a quien ya ha decidido no escuchar.
Busca dejar constancia. Dejar escrito que hubo personas que vieron, que hablaron, que convivieron y que no aceptaron la explicación cómoda.
No todo lo que es real es reconocido.
No todo lo que es reconocido es verdadero.
Yo escribo desde ese margen.
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