SANTANDER, 25 Jul. (EUROPA PRESS – Jorge Arenillas) –

Los Conciertos de la Campa es un nuevo festival que se celebra durante la Semana Grande de Santander y ocupa el lugar del anterior Música en Grande (más orientado al pop melódico comercial y que se celebra ahora en Torrelavega). El recién llegado tiene lugar en La Campa de La Magdalena, una explanada en un entorno natural encantador, equidistante del centro de la ciudad y de las playas del Sardinero; y hace del eclecticismo musical su seña de identidad, con un cartel por el que ya han pasado Rubén Blades o Dani Martín y por el que aún han de pasar The Jacksons (miércoles), Vetusta Morla (jueves) o David Guetta (sábado).

El debut de Los Conciertos de La Campa ha sido más accidentado de lo que sus promotores (la cántabra Delfuego y la madrileña Heart of Gold) hubieran querido. Una tormenta de varios días anegó la explanada justo antes del comienzo del festival, obligando a la organización a tomar medidas desesperadas y cubrir con arena y paja gran parte de lo que antes era césped. Era el menor de los males. El recinto ha recuperado una apariencia de normalidad, aunque no puede evitarse un cierto olor a feria de ganado que nos hace lamentar que Heart of Gold no haya buceado más en su largo catálogo de música americana, pues hubiera resultado ideal en esta tesitura.

El cartel de anoche era el de mayor riesgo del festival: la suma de los neoyorquinos The Mistery Lights, los escoceses The Waterboys y los angelinos Vintage Trouble no puede competir con la popularidad del DJ Guetta, por ejemplo. No ayudó tampoco que Vintage Trouble ya hubieran pasado por Santander hace unos meses, que The Waterboys sean legendarios, sí, pero para paladares educados, o que la ciudad cántabra esté inmersa en sus fiestas. El medio millar de espectadores congregados quizá supo a poco a la organización, pero los músicos no dieron muestra alguna de que para ellos fuera un bolo menor.

The Mistery Lights es una banda tan joven que aún nadie les ha escrito una página en Wikipedia, la medida del éxito en el siglo XXI. El ascendente quinteto neoyorquino desgrana el rock garajero de su primer álbum con convicción, aunque conscientes de no estar inventando nada. Su eclecticismo capilar (el batería parece directamente sacado de Bon Jovi en los ochenta) suena a anécdota, pero también es un indicativo de que aún han de sentarse y decidir qué clase de conjunto quieren ser sobre las tablas, pues la mitad de ellos desborda entusiasmo febril mientras el resto tocan mirándose los pies. Efectivos y monocordes, el momento más significativo de su actuación llegó al final, cuando se saltaron su saludo conjunto al público (privándose a sí mismos de una merecida ovación) para ponerse a recoger su equipo cuando aún no se había evaporado su última canción. The Mistery Lights tendrán que creer que pueden ser más que unos eficaces teloneros para que el público se contagie de dicha convicción.

El horario se cumplió y The Waterboys se dejaron ver a las once menos diez. Los fuegos artificiales lanzados desde la playa del Sardinero enmarcaron el escenario durante los primeros minutos de actuación de Mike Scott y la actual encarnación (la enésima) de su banda. Antes, a modo de introducción, habíamos oído un tema de Ennio Morricone (el de Armónica en “Érase una vez en América”), recurso algo manido que ya le hemos visto a Metallica, a Bruce Springsteen y a algunos más; pero es cierto que no hay nadie como el compositor italiano para afianzar en las mentes del público la idea de que algo épico está a punto de ocurrir.

The Waterboys no desmerecieron, aunque algo llevaban ganado porque la media de edad del público delataba que pocos estaban allí por las otras dos bandas. El quinteto actual de aguadores se mostró entregado, disfrutón, si bien nadie lo gozó tanto como el hiperactivo teclista Paul Brown, a quien incluso se le permitió agarrar el micro para cantar en el bis a la manera de Angus Young. Hasta entonces fue Mike Scott quien llevó la voz cantante y no se dejó eclipsar. No pasaba desapercibido Scott con un traje violeta digno del Joker y un sombrero negro de ala ancha que, combinado con sus facciones algo demacradas, le daba un aire al predicador demoníaco de “Poltergeist”. Pero de buen rollo.

Una hora y cuarenta minutos de sólida actuación entre el arranque con “Medicine bow” y el cierre de “How long will I love you?” en los que los únicos temas que hicieron cantar a todo el público fueron “A girl called Johnny”, “The whole of the moon” y “Fisherman’s blues”. El resto, aunque menos coreadas, no fueron un peaje desagradable para nadie: la climatología y el sonido acompañaban. Sonó apropiada “Nashville, Tennessee”, pues pisando la paja no nos quitábamos de la cabeza la idea de estar en un rodeo del medio oeste americano.

A Vintage Trouble les tocó la ingrata tarea de salir un martes a la una de la mañana ante un público reducido. Quizá por eso gastaron su mejor bala, “Run like the river”, nada más pisar el escenario, con el hiperbólico cantante Ty Taylor encaramándose ya a las primeras filas en el clímax de la canción. Funcionó: tanto los fans repetidores como los espectadores casuales se vinieron arriba para disfrutar de un concierto que terminaría pasadas las dos y media de la mañana.

Vintage Trouble no se concibe sin Ty Taylor, así que hablemos un poco de él. Anoche vestía más informal y contemporáneo de lo que suele (y con la cabeza rapada), rompiendo el concepto de “look de Guerra Civil americana” que aún cumplen a rajatabla sus cuatro compañeros. No le hacía falta, sabía que todas las miradas iban a centrarse en él de todos modos. La palabra “estupor” debería ilustrarse en el diccionario con las caras de la gente cuando les dices que Ty Taylor roza ya el medio siglo de edad. No se ha visto a nadie tan electrizado y electrizante sobre el escenario desde el James Brown joven, a quien Ty copia incluso su forma frenética y sincopada de hablar en inglés que pocos de los espectadores españoles llegan a comprender (tranquilos, tampoco los músicos de Brown sabían a menudo lo que este les estaba gritando, como bien parodió Eddie Murphy en su tiempo).

A pesar de gritar cosas como “put your pelvis in me” mientras simula una eyaculación con el cable del micrófono, Ty Taylor no proyecta el peligro del abuelo Brown y sabe caer bien a toda la familia. A veces, también es verdad, a base de populismos algo trillados (no, Ty, no queremos saludar a los desconocidos a nuestro alrededor, no estamos en misa), pero que a la postre funcionan.

Con “Crystal clarity”, avance del próximo disco que verá la luz en otoño (y en el que Ty agarra el trombón), ya se intuye que la guadaña purista que cayó sobre Eli Paperboy Reed e Imelda May hace dos o tres temporadas se cebará ahora con Vintage Trouble. No parece que los angelinos vayan a alcanzar el estatus de grandes estrellas que se les había prometido un lustro atrás. Les vimos tocar techo en directo en su febril actuación del festival Black is Back (Madrid) del pasado año (tras la que el guitarrista Nalle Colt sufrió un ataque de epilepsia), pero sus actuaciones en vivo siempre serán una garantía. Anoche en Santander, tras cerrar con una espléndida versión de “With a little help from my friends”, el cuarteto caminó entre el público para despedirnos a todos estrechando manos y firmando discos a las puertas del festival. Para entonces ya no había fans y neófitos, todos entre el público eran conversos del directo de Vintage Trouble.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor coloque su comentario
Por favor ponga su nombre aquí

Time limit is exhausted. Please reload CAPTCHA.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.