La novela de la arqueóloga marplatense Daniela Iarritu, destaca por la tensión de la historia y la intensidad del relato.
El punto de partida es elocuente: un hallazgo óseo en una excavación en el Fuerte Blanca Grande abre paso a una narración que retrocede a 1828 y se instala en la voz de un cabo del ejército, testigo y cómplice de la frontera bonaerense. Aquí la primera virtud del libro: en lugar de un héroe o un historiador, la autora nos entrega a un hombre atravesado por los prejuicios de su época (desconfiado, violento en potencia) y nos obliga a mirar con sus ojos antes de empezar, casi sin darnos cuenta, a desconfiar de ellos. Cuando llega Amankáik, la cautiva que invierte el estereotipo (es ella quien parece libre y quien realmente comprende el territorio, mientras los soldados apenas sobreviven en él), la novela encuentra su verdadero motor: no la oposición civilización-barbarie, sino la pregunta por quién tiene autoridad para nombrar el mundo.
La prosa elige un registro crudo, oral, cargado de un lunfardo rural que nunca se impostura: ahí reside buena parte de su eficacia. Los sucesos que se acumulan (una desaparición sin rastros, una espiral de cenizas que amenaza con cobrar forma de serpiente, un ganado que muere en masa salvo el resuelto por un ritual, una tormenta de polvo que nadie más que el narrador ve nacer de la mujer) sostienen una ambigüedad deliberada entre brujería y fuerza natural. El recurso literario funciona aquí como devolución simbólica: cuando el intento de violencia contra Amankáik se revierte sobre el agresor, el texto logra un episodio de justicia poética narrado con pudor, sin golpe bajo, que es de lo más logrado del libro.
El prólogo de Carola Villalba, generoso y bien escrito, anticipa buena parte de la clave interpretativa, ayudando a que el lector la complete por sí mismo. La economía de capítulos brevísimos deja a personajes secundarios apenas con trazo grueso. El cierre, sin embargo, redime esta objeción.
Frontera (Lepidoptera, 2026), es una novela con una pregunta genuina detrás: qué queda enterrado bajo las palabras con las que aprendimos a llamar desierto, cautiva o barbarie a lo que simplemente no comprendíamos. Iarritu, formada en la disciplina de leer lo que el tiempo sepultó, aplica ese mismo oficio a la ficción, y el resultado vale la excavación.








