Por Violant Muñoz i Genovés
En un panorama poético que oscila entre la experimentalidad y el retorno a lo esencial, Carlos Zanón irrumpe —o más bien, regresa— con Trizas, un libro de poemas que se convierte en un exorcismo de recuerdos, emociones y heridas aún abiertas. Publicado por Espasa el 14 de mayo de 2025, este volumen de 80 páginas no solo marca la vuelta del autor al verso tras Banco de sangre (2017), sino que lo hace con una intensidad que estremece.
Zanón, cuya voz narrativa ha sido celebrada tanto en la novela negra como en la lírica urbana, entrega aquí un conjunto de poemas que dialogan con la pérdida, el amor, la soledad y la memoria, trazando una cartografía sentimental que es también generacional y personal. Trizas no se limita a ser un compendio de versos; es una bitácora emocional de una vida hecha fragmentos, como bien sugiere su título.
La poética de lo roto
Desde el primer poema se percibe un tono confesional que permea todo el libro. Zanón no escribe desde la altivez del poeta sabio ni desde el hermetismo del vanguardista; lo hace desde el desgarro cotidiano, desde el insomnio, desde la cocina compartida y el cuarto piso que bien podría ser el nuestro.
En el poema inicial —ese desayuno en el que renace la esperanza tras una noche sin ternura— ya se insinúa la tensión entre el desencanto y la fe en los vínculos humanos. Esta ambigüedad, que habita entre la ferocidad emocional y el lirismo contenido, será una constante a lo largo del libro.
Hay en Trizas un equilibrio muy difícil de lograr entre la crudeza del lenguaje y la elaboración estética. La melancolía se expresa sin solemnidad, lo íntimo se convierte en colectivo, y lo que podría ser banal se transmuta en epifanía. Zanón ha conseguido lo que pocos: escribir desde la herida sin caer en la autocompasión.
Fragmentos de un yo múltiple
Uno de los grandes logros del poemario es su estructura aparentemente libre pero coherente. No hay secciones explícitas, pero sí una evolución emocional clara. Desde los poemas donde la figura del padre muerto o la madre sobrevuelan con un pudor respetuoso, hasta aquellos donde el amor perdido se convierte en arqueología emocional, el lector asiste a una exposición de los afectos rotos de un hombre que no renuncia a seguir sintiendo.
“Desvelo” y “Cuarto piso” son, quizás, dos de los textos más representativos del conjunto. En el primero, la evocación de la figura amada durante una noche insomne se convierte en una reflexión sobre el deseo, el recuerdo y el paso del tiempo. En el segundo, la metáfora del piso elevado y la ventana abierta funciona como símbolo de la precariedad emocional, de esa frontera tenue entre el impulso de vivir y la tentación de desaparecer.
Carlos Zanón escribe como quien hurga en una herida sabiendo que el dolor es necesario para cicatrizar. Sus versos no buscan el consuelo fácil, sino la honestidad descarnada. En ese sentido, Trizas es también un ejercicio de valentía literaria. Prueba de ello es esta imagen tan poderosa como doliente:
“la vajilla de tu risa cayendo desde los armarios,con todo el estrépito, en la cocina”(Desvelo)
O este otro verso, cargado de una ternura suspendida en el tiempo:
“esperanzado en que la vida grandepase de largo sin vermey la vida pequeña me encuentre cuando llegues”(La espera)
Ambas citas condensan el espíritu del libro: una mezcla de belleza rota, deseo suspendido y esperanza que se niega a morir.
Un lenguaje sin adornos, una verdad sin filtros
La elección del lenguaje es fundamental para entender el impacto de este libro. Zanón opta por una sintaxis directa, con imágenes poderosas pero nunca impostadas. La comparación de una risa con “toda la vajilla cayendo desde los armarios” o la descripción de una espera como “una vida pequeña” son ejemplos de cómo logra condensar emociones complejas en expresiones de aparente sencillez.
Esta sobriedad formal no implica frialdad. Todo lo contrario: cada palabra está cargada de afecto, cada pausa contiene una vida entera. Hay un dominio absoluto del ritmo, una musicalidad soterrada que emerge sin necesidad de rima o artificio.
Se nota, además, la influencia de sus años como letrista y crítico musical. Hay una cadencia en muchos poemas que recuerda a la canción urbana, al rock introspectivo, a ese tipo de poesía que se canta y se llora al mismo tiempo.
Ecos de una tradición, voz propia
Si bien Trizas es un libro profundamente personal, también se inscribe en una tradición literaria reconocible. Hay ecos de Gil de Biedma en la mirada irónica sobre el propio desencanto; de Ángel González en la mezcla de ternura y desilusión; de Luis García Montero en la cotidianidad elevada a categoría poética.
Pero Zanón no imita: transforma. Su voz es única, inconfundible, marcada por una experiencia vital que no se disfraza. El paso del tiempo, la paternidad, la muerte, el amor que ya no está y el que aún duele: todo eso está aquí, sin grandes alardes, pero con una autenticidad que desarma.
Una lectura necesaria
Trizas es un libro necesario. No solo porque reafirma la vigencia de la poesía como herramienta para decir lo indecible, sino porque lo hace con una honestidad que escasea. En un mundo saturado de ruido, estos poemas son un susurro que cala hondo. No buscan impresionar, sino acompañar; no dictan verdades, sino que las sugieren desde la fragilidad.
La edición de Espasa es sobria y cuidada, en consonancia con el contenido del libro. Su formato compacto y el diseño elegante refuerzan la idea de que estamos ante una obra íntima, casi secreta, destinada a ser leída en silencio, con lentitud, como quien descifra un diario ajeno.
Conclusión: una poética de la supervivencia
En última instancia, Trizas es un acto de resistencia. Frente a la banalidad, ofrece profundidad; frente al cinismo, ternura; frente a la desesperanza, la belleza de seguir sintiendo. Carlos Zanón ha escrito no solo uno de sus mejores libros de poemas —como él mismo intuye en su nota final—, sino una obra que quedará como testimonio de una época en la que la poesía no fue un adorno, sino una forma de supervivencia.
Para lectores exigentes, para amantes de la buena poesía, para quienes aún creen en la literatura como espacio de redención, este libro es un regalo. Y como todo regalo, no debería pasar desapercibido.








