por María José Luque Fernández
Ella dormía con su camisón de leopardo y su peluche blanco, una osita que ella misma hizo hacía ya muchos años en un taller de manualidades, en un cumpleaños al que asistió.
La luz se colaba a través de las rendijas de la habitación y se reflejaba en el espejo que utilizaba para perfeccionar las piezas de sus coreografías de baile, danzando gracias al empuje del viento que aquella mañana se había levantado; tormenta auguraban.
Se había acostado tarde, ya casi en la madrugada, tras una larga sesión de audiciones aún debió terminar el dossier de su proyecto, un sueño que había decidido convertir en realidad, si el sino así lo quería o mejor aún dicho, si a alguno de los miembros del consejo le parecía atractivo. Había utilizado todo su ingenio e imaginación, le había dado un toque de profesionalidad e incluso había apostado por la innovación; todas las cartas a una, ahora solo cabía esperar.
Con aquella taza de color rosado entre las manos, revisó cuidadosamente el dossier, el portafolio y la carta de presentación y contenta con su trabajo decidió enviarlo sin más preámbulos. Apuró su té y se otorgó el placer de un baño relajante con sus sales preferidas de olor a manzana y jazmín durante el cual no pudo evitar que su mente gobernará por un momento sus pensamientos tiñéndose de malos augurios. Aquello, al fin y al cabo, tenía su razón de ser; en un mundo donde el machismo aún estaba instalado, el dossier de una joven mujer frente al de un hombre (sin distinción en la edad) era menos considerado. Aún así, ella era optimista y decidió zanjar aquel inconveniente diálogo y se centró en el orden del día. Lo que ocurriera ya se vería en unos días.
El fuerte sonido del trueno la acompañó mientras se dirigía de nuevo a la habitación, y colocándose delante de aquel espejo, que había sido el reflejo de sus ensayos trasnochados y al ritmo del viento que ahora entraba por la ventana abierta sin pedir permiso, desafiándolo marcó sus pasos. Su camisón la acompañaba en los movimientos que sobre aquel tablero, en el que había decidido ser depredadora en vez de presa, realizaba. El olor a Jazmín flotaba en la estancia y ella se sentía la coreógrafa de su destino.
Y días después llegó su momento, debía defender su proyecto ante la junta y aunque no estaba nerviosa sentía que no todo podía estar a su favor. Miró a su osita que estaba sobre la cama y se dio cuenta de que ella era todo, la tenacidad de la niña que confeccionó esa osita y la mujer fuerte que afronta con decisión su futuro.
Eligió con calma cada una de las prendas que cubrirían su cuerpo esa mañana y salió de casa, el mundo tenía que despertar y ella estaba preparada para ser escuchada.
@María José Luque Fernández
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