En el corazón de los Pirineos, entre aromas de romero y laurel, se esconde una novela que funciona como un artefacto de memoria, misterio y materia oscura. El juego de la muerte. Los secretos y misterios de Canfranc, de Xabier Gutiérrez (Libros Cúpula, 2025), se presenta como una novela negra, pero no tarda en revelarse como algo mucho más complejo: una narración de múltiples capas temporales y emocionales, una reflexión sobre la identidad, la resistencia, los ecos de la guerra y las nuevas formas de (re)construir el pasado desde la tecnología más puntera.
Gutiérrez, cocinero, psicólogo y escritor, conocido por su tetralogía noir-gastronómica y por décadas de trabajo en el laboratorio de innovación del restaurante Arzak, propone aquí un nuevo experimento narrativo. En lugar de emplatados, tenemos narrativas paralelas; en vez de sabores, texturas de la memoria. Y el resultado es, cuando menos, envolvente.

Canfranc como palimpsesto
El escenario es la Estación Internacional de Canfranc, situada en el Valle del Aragón, un lugar cargado de historia y simbolismo. En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, se convirtió en un enclave estratégico: una suerte de frontera difusa entre la Francia ocupada y la neutralidad franquista. Ochenta años después, en 2023, la estación ha sido transformada en un lujoso hotel mientras, muy cerca, el Laboratorio Subterráneo de Canfranc (LSC) se erige como uno de los centros más punteros del mundo en la investigación de la materia oscura.
Dos tramas separadas por el tiempo, pero unidas por el espacio —y por algo más intangible: los secretos que se niegan a morir.
Una historia de fugas y simulaciones
La primera línea temporal nos sitúa en 1943. Amira, una joven judía que huye de los nazis, busca refugio en Canfranc. Allí se encuentra con Emeterio, un mugalari que conoce las montañas como si fueran sus propias cicatrices. A su alrededor, una red de personajes: Juliano, el cocinero de la fonda; Horacio, el proveedor; Dietter, un oficial nazi con sospechas. La tensión crece, el cerco se estrecha y, en medio del invierno pirenaico, la vida se convierte en un ejercicio de resistencia.
La segunda trama tiene lugar en 2023. En el moderno Canfranc, reconvertido en destino de lujo y ciencia de frontera, un asesinato sacude los cimientos del laboratorio subterráneo. La víctima aparece en la Cueva de las Güixas de Villanúa, lugar ancestral y cargado de simbolismo. Allí trabajan Camino, doctora en física; Ismael, arquitecto de software; y un grupo de personajes que se mueven entre simulaciones de realidades pasadas, desarrolladas por una inteligencia artificial capaz de generar universos paralelos con precisión quirúrgica. Lo que comienza como un experimento inmersivo se transforma en una trama de asesinatos rituales, ecos del pasado y decisiones éticas de gran calado.
Una novela sobre la posibilidad del pasado
La premisa más brillante de El juego de la muerte es su concepción del pasado no como un archivo cerrado, sino como un espacio reconfigurable. Gracias a la simulación del LSC, los científicos pueden recrear 1943 con todos los sentidos. El lector se ve confrontado a una paradoja apasionante: ¿y si el pasado pudiera revivirse como experiencia sensorial? ¿Qué implicaciones éticas tendría? ¿Podemos intervenir en él? ¿Hay consecuencias al observarlo?
Estas preguntas atraviesan la novela como una corriente subterránea. Gutiérrez no las responde explícitamente, pero las insinúa en cada escena de transición, en cada solapamiento entre realidad simulada y realidad empírica. El pasado se convierte en una dimensión alternativa, pero no menos real. Y esa oscilación entre lo vivido y lo revivido, entre la memoria y la réplica, da a la novela una textura filosófica que trasciende los límites del género.
El noir como telón de fondo
Formalmente, estamos ante una novela negra. Hay asesinatos, sospechas, investigación. Pero Gutiérrez subvierte el canon. No le interesa tanto el «quién lo hizo» como el «por qué se oculta». No busca un giro de guion espectacular, sino la lenta acumulación de detalles que revela un sistema: de opresión, de traición, de supervivencia.
Los elementos del noir clásico están ahí: el oficial nazi ambiguo, la red de resistencia, la ambigüedad moral. Pero Gutiérrez los actualiza desde una mirada compleja, que incorpora ciencia, tecnología, inteligencia artificial y gastronomía. Sí, gastronomía: en ambas tramas, la comida juega un papel fundamental, como marcador temporal, como refugio emocional y como hilo simbólico que une las dos épocas.
Olores, recetas y el alma del recuerdo
Uno de los hallazgos más sutiles de la novela es el uso de los aromas como elementos estructurales. El romero y el laurel —presentes en recetas, ambientes y recuerdos— funcionan como marcadores narrativos. Son los olores los que permiten a los personajes (y al lector) transitar entre tiempos. Gutiérrez, que conoce bien el poder evocador del gusto y del olfato, utiliza estas sensaciones para construir atmósferas densas, táctiles, profundamente humanas.
La fonda de 1943 y las cocinas del hotel de 2023 no son solo escenarios, sino dispositivos simbólicos. La leche, alimento primigenio, reaparece como símbolo de protección, de fragilidad, de inicio. El hambre —y su contraste con la sofisticación culinaria actual— revela una crítica soterrada al lujo como anestesia del pasado.
Niños, rituales y la sombra de la muerte
Otra de las subtramas más perturbadoras de la novela gira en torno a los niños. En ambas líneas temporales, aparecen como figuras espectrales, víctimas potenciales, testigos mudos. Hay referencias a la educación, al hambre, incluso al tabú del asesinato infantil. Esta dimensión añade una capa de inquietud moral a la novela: no solo se trata de sobrevivir, sino de decidir a qué estamos dispuestos para hacerlo.
A ello se suma la dimensión ritual, casi esotérica, de ciertos pasajes. La mención a símbolos como el uróboros, las runas, y la recreación de liturgias tanto antiguas como contemporáneas —con asesinatos que imitan sacrificios arcanos—, sugieren una lectura más amplia: la del eterno retorno, la repetición del trauma, la imposibilidad de cerrar del todo las heridas de la Historia.
Personajes en tensión, amor diferido
Gutiérrez se detiene en sus personajes con una mirada de psicólogo narrativo. No hay héroes puros ni villanos planos. Todos, desde Emeterio hasta Camino, desde Amira hasta Telmo, se debaten entre la lealtad y la traición, el miedo y el deseo. En ambas tramas hay historias de amor: sutiles, truncadas, diferidas. Especialmente emotiva es la que se desarrolla entre la doctora del LSC y el jefe de cocina del hotel: un vínculo marcado por la memoria y los aromas, como si el propio lenguaje del relato los llevara a encontrarse y perderse al mismo tiempo.
Un territorio como personaje
La novela es también una cartografía emocional del Pirineo. Lugares como la Cueva de las Güixas, la estación de esquí de Candanchú o el pueblo de Villanúa no son meros decorados. Gutiérrez los dota de vida, de densidad histórica y estética. El lector siente el frío de las montañas, la oscuridad de las cuevas, el peso de la nieve como una memoria petrificada. El paisaje no acompaña la trama: la genera.
Una novela ambiciosa y fragmentaria
El juego de la muerte es una novela ambiciosa, quizá demasiado. A veces su estructura paralela, sus múltiples subtramas, su voluntad de abarcar tanto (la historia, la física cuántica, la inteligencia artificial, la gastronomía, el trauma, la resistencia, el deseo) amenaza con desbordar al lector. Pero esa misma exuberancia es parte de su encanto. No se lee como un artefacto cerrado, sino como un organismo vivo, en expansión, que plantea más preguntas que respuestas.
Su ambición formal —incluir dos realidades narrativas con lógicas distintas, manejar flashbacks, construir paralelismos simbólicos— exige un lector activo, dispuesto a orientarse en un laberinto narrativo que funciona más por ecos que por causalidades claras. Pero quienes se entreguen al viaje, encontrarán en él un universo tan inquietante como bello.
El estilo Gutiérrez: precisión sensorial
El estilo de Xabier Gutiérrez es preciso, sensorial, atento al detalle. Su prosa, sin ser exuberante, tiene momentos de gran belleza. Las descripciones son táctiles, los diálogos creíbles, las transiciones entre tiempos eficaces. Hay una sensibilidad por lo simbólico que recuerda al mejor Modiano, y una densidad atmosférica que lo emparenta con las novelas negras escandinavas. Pero su voz es propia, anclada en la cocina, en el cuerpo, en la memoria afectiva.
Conclusión: una novela para leer con todos los sentidos
El juego de la muerte es una novela que desafía las convenciones del noir y expande los límites del realismo histórico. Es, a la vez, un thriller científico, una elegía de posguerra, un diario de cocina, un ensayo sobre el tiempo, y una novela de amor intermitente. Gutiérrez logra que estos ingredientes, que podrían resultar dispares, fermenten juntos en una narración coherente y emocionante.
Pocas veces una novela negra ha olido tanto a laurel y romero. Y pocas veces un asesinato nos ha llevado tan lejos, tan profundo, tan cerca del misterio último de quienes fuimos y de lo que aún podríamos llegar a ser.








