En una era en la que los algoritmos dictan qué leemos y las listas de los más vendidos eclipsan las verdaderas joyas literarias, El club de la niebla, la nueva novela de Leticia Sánchez Ruiz, irrumpe con un misterio brumoso, de resonancias borgianas y atmósfera dickensiana, para recordarnos que la literatura es, ante todo, un arte de la sospecha. En su quinto libro, la autora asturiana —escritora, crítica literaria, periodista y librera— construye un artefacto narrativo que funciona como homenaje a la lectura y, al mismo tiempo, como thriller psicológico impregnado de melancolía, memoria y deseo de redención.

Leticia Sánchez Ruiz no es una desconocida en el panorama literario. Finalista del Premio Ateneo Joven y ganadora del Premio de Novela Ateneo de Sevilla por Cuando es invierno en el mar del Norte, su voz narrativa ha destacado siempre por una prosa lírica y una estructura exigente. Pero es en El club de la niebla donde alcanza una madurez estilística e intelectual singular, tejiendo una historia que desafía géneros —mezcla de intriga, metaliteratura y drama intimista— y que atrapa tanto al lector avezado como al devoto de las novelas de misterio.
Una ciudad cercada por el silencio
La historia se sitúa en una ciudad que, aunque nunca nombrada con insistencia, responde con fidelidad a Oviedo. Una ciudad con casas antiguas, callejones empedrados y una niebla que no es sólo atmosférica, sino también simbólica: lo que se oculta, lo que se calla, lo que no se escribe. Esta ciudad enclaustrada, rodeada de peligrosos acantilados, evoca a la vez el escenario de las novelas góticas y el mapa afectivo de quien conoce su historia de primera mano.
Hace más de veinte años, el escritor chileno Gabriel Vargas Montseny —célebre, excéntrico, admirado y temido— desapareció misteriosamente después de acudir como invitado a una sesión de un peculiar club de lectura. Desde entonces, su nombre se ha vuelto mito, y su ausencia, leyenda. No hubo cuerpo, ni carta, ni testigos. Sólo niebla.
Ahora, dos décadas después, la muerte trágica de uno de los miembros de aquel club reaviva las sospechas y despierta a los fantasmas. Alana, testigo casi accidental de aquella noche funesta, se convierte en el eje narrativo de la novela. Ella no es detective ni periodista: es una mujer de silencios, obsesionada por los objetos que heredan memoria, por las casas que guardan secretos, por los libros que han sido olvidados.
La escritura como mecanismo de investigación
Uno de los grandes aciertos de la novela es que la investigación no avanza al estilo clásico del policial. No hay interrogatorios, ni pesquisas con linternas, ni persecuciones. Lo que hay es lectura: de textos, de símbolos, de recuerdos. Alana, en su pesquisa íntima, desempolva papeles, relee cartas, recorre estanterías. La intriga se construye a partir de la intuición, no de la lógica deductiva. En este sentido, El club de la niebla se emparenta con obras como La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón o El nombre de la rosa de Umberto Eco, donde el acto de leer es también un acto de desentrañar el mundo.
Sánchez Ruiz juega además con los espejos literarios. El escritor desaparecido, Vargas Montseny, es una figura entre Cortázar y Bolaño: un autor inclasificable, con un pasado enigmático y una obra desbordante. Su desaparición remite no sólo al misterio físico, sino a una pregunta más radical: ¿puede una obra sobrevivir a su autor? ¿Y qué ocurre cuando el creador decide borrarse voluntariamente de la historia?
Un club que no es lo que parece
El Club de la Niebla, como entidad, funciona a la vez como comunidad y como máscara. Sus integrantes —personajes delineados con precisión y sin caricatura— comparten el amor por la lectura, sí, pero también otros vínculos más oscuros: silencios cómplices, heridas no cerradas, secretos cruzados. La novela despliega con cuidado sus personalidades: el profesor que ya no enseña, la joven heredera de una librería que teme a sus recuerdos, el anciano coleccionista de primeras ediciones… Cada uno tiene algo que perder si el misterio de Vargas Montseny se esclarece. Cada uno tiene algo que callar.
Alana, con su mirada limpia y su dolor contenido, se convierte en un contrapunto emocional. A través de ella, Sánchez Ruiz ahonda en temas universales: la pérdida, la culpa, la necesidad de reconstrucción. La protagonista no busca justicia ni venganza, sino sentido. Y en ese trayecto, el lector avanza con ella, no como espectador, sino como partícipe.
La memoria como arquitectura
Uno de los pilares estéticos de la novela es la memoria. No como simple evocación del pasado, sino como arquitectura frágil que se construye con fragmentos, con objetos, con ecos. Las casas antiguas —escenarios constantes en la novela— se convierten en personajes. Tienen susurros, resistencias, grietas. Cada habitación puede albergar una clave. Cada mueble, una confesión.
La autora conoce bien este terreno. No es casual que su escritura esté impregnada de detalles sensoriales, de matices texturales, de silencios llenos de resonancia. Hay pasajes donde los muebles parecen respirar, donde una caja de cartas olvidadas desencadena un huracán de revelaciones. Este modo de narrar recuerda al de otras escritoras que han explorado el misterio íntimo, como Chantal Maillard, Sara Mesa o Clara Usón. Pero Sánchez Ruiz se distingue por una capacidad casi visual para evocar atmósferas. La niebla, en su prosa, no es decorado: es el verdadero antagonista.
Una prosa depurada y sin concesiones
Leticia Sánchez Ruiz escribe con una elegancia que nunca cae en el manierismo. Su estilo es contenido, sin afectación, pero con una cadencia musical que envuelve. Sabe cuándo detenerse en una imagen y cuándo dejar que la acción avance. Su manejo del ritmo es impecable. Alterna escenas introspectivas con diálogos tensos, fragmentos poéticos con descripciones escuetas. Y, sobre todo, confía en el lector: no explica en exceso, no subraya, no teme dejar cabos sueltos que cada lector deberá atar por sí mismo.
Esto se percibe con especial fuerza en los pasajes dedicados al propio Gabriel Vargas Montseny. El escritor ausente nunca aparece del todo, pero su voz flota sobre cada página. Fragmentos de su obra, citas apócrifas, anotaciones marginales… todo construye una figura fantasmagórica y, a la vez, fascinante. Vargas Montseny no es un personaje: es un mito que se escribe a medida que la novela avanza.
Una crítica cultural velada
Aunque la novela no pretende sermonear, sí contiene una crítica velada a la banalización de la literatura. El club de lectura —aparentemente inofensivo— funciona como espejo de un mundo donde la lectura se ha convertido en pose, y donde el verdadero conocimiento ha sido reemplazado por citas sacadas de contexto. Vargas Montseny representa una forma de entender la literatura como acto de riesgo, como desafío ético, como viaje sin retorno. Su desaparición es también la desaparición de una forma de leer.
Sánchez Ruiz, que conoce como pocas autoras el ecosistema literario español desde dentro —como escritora, pero también como periodista y librera—, lanza preguntas incómodas sobre el lugar que ocupa la cultura en nuestras vidas. Y lo hace con la mejor herramienta posible: una gran novela.
Conclusión: una novela de niebla y fuego
El club de la niebla es una obra que se lee con deleite y se recuerda con inquietud. Es una novela de misterio que no renuncia a la profundidad psicológica. Una historia sobre desapariciones que, en el fondo, habla de lo que permanece. Un homenaje a los libros que nos transforman y a los silencios que nos definen.
Leticia Sánchez Ruiz ha escrito una novela envolvente, ambiciosa y emocionalmente poderosa. Una novela para lectores exigentes, para amantes de las bibliotecas antiguas, de las ciudades con alma, de los enigmas sin resolver. Una novela, en fin, que nos recuerda que entre las brumas de la vida, aún hay palabras capaces de iluminarnos.








