Ana Solanes debuta en la ficción literaria con una novela que desafía las clasificaciones. Con la naturalidad de quien ha vivido muchas vidas narrativas —como periodista cultural, directora de documentales, locutora y guionista—, Solanes convierte su primera novela, Andar por casa (Lunwerg Ediciones, 2025), en una poderosa indagación sobre el duelo, la identidad, la memoria y el misterio inextricable de quienes nos criaron. Este libro no se limita a contar una historia: interroga la forma en que las historias familiares se silencian, se reinventan y, a veces, se heredan como cajas de herramientas —o de Pandora.
La autora, conocida por su podcast Familia de libro (nominado al Premio Ondas), parte de una premisa sencilla pero perturbadora: ¿qué ocurre cuando descubrimos que nuestros padres eran radicalmente distintos de lo que creíamos? ¿Y si, al morir, nos obligan a reescribir lo que sabíamos de ellos —y de nosotros mismos?

Una novela escrita con el cuerpo
La narradora, Julia, es pintora de murales. Y no es casual. Porque esta novela no solo se escribe con palabras: se pinta, se huele, se toca. En ella, el duelo no es una abstracción filosófica, sino una experiencia física. El cuerpo de la protagonista —su espalda quemada por el sol, sus manos manchadas de pigmento, su piel pelada por el verano— nos recuerda que la tristeza también es materia.
Entre visitas al hospital para acompañar a su madre moribunda, Julia se traslada a una casa mediterránea donde debe pintar un mural. Ese espacio, atravesado por el silencio, el canto de las cigarras, una piscina y una gata esquiva, se convierte en refugio, laboratorio y espejo. Allí la pintura —el arte del buon fresco, con sus rituales, tiempos y pigmentos— actúa como catarsis y como palimpsesto de los secretos que empiezan a aflorar.
La autora maneja con maestría este paralelismo entre creación y revelación. A medida que Julia avanza en su mural, también reconstruye los fragmentos de una historia familiar que le fue escamoteada. Los objetos —una cabeza jíbara, un guerrero íbero, libros antiguos— se convierten en pistas. La casa misma parece un escenario de Agatha Christie, pero con el tono íntimo y nostálgico de Call Me by Your Name.
La madre como enigma
Eva, la madre, es la gran ausente presente. Irónica, elegante, excesiva, negada para lo práctico, heredera de una generación de mujeres que supieron resistir sin heroicidades visibles, es también una figura compleja que nunca termina de desvelarse. La narración escapa de los maniqueísmos de madre idealizada o madre monstruosa: Eva es ambas cosas, y ninguna.
La relación madre-hija es el núcleo de la novela. Una relación que ha pasado por todos los estados —idolatría, conflicto, distancia, ternura, resentimiento— y que se reactiva en el momento más desgarrador: la despedida. “Quería conocerla mejor antes de que se marchara, para que no terminara nunca de irse”, dice Julia. La frase condensa el deseo contradictorio de quien ama y al mismo tiempo reprocha, de quien quiere entender pero no siempre está preparada para lo que va a descubrir.
La novela encuentra su fuerza en la honestidad con que aborda esta tensión. Solanes no busca redimir a la madre, sino comprenderla. Y, en ese proceso, también se dibuja a sí misma como hija: observadora, crítica, nostálgica, herida.
El humor como resistencia
Pese a la tristeza latente, Andar por casa es una novela con un humor muy fino. Un humor que nunca frivoliza el dolor, pero que lo vuelve más humano. En este tono, heredado tal vez de la propia Eva —“mirar el mundo con ironía como mecanismo de defensa”—, encontramos algunos de los pasajes más brillantes del texto. Desde el recuerdo de una perra que casi mata a un vecino con un huevo de mármol, hasta los espaguetis lanzados por la terraza en un séptimo piso, los episodios familiares están teñidos de una absurda ternura que conmueve.
Este sentido del humor, lejos de neutralizar la intensidad emocional, la amplifica. Porque al reírnos, empatizamos. Y al empatizar, entendemos mejor la soledad, el miedo, el desarraigo, el dolor de Julia. Y entendemos, también, que cada familia es rara cuando se la mira de cerca.
El misterio y la estructura
Si algo distingue a Andar por casa de otras novelas del duelo es su construcción como relato de misterio. Porque aquí hay, efectivamente, un secreto por resolver. Un secreto que Eva ha guardado hasta el final. La novela mantiene un suspense emocional que no descansa en sobresaltos narrativos, sino en la progresiva acumulación de signos, pistas, omisiones.
La narración avanza como una investigación íntima. Julia reconstruye el pasado a través de recuerdos, conversaciones, objetos, fragmentos de vida. Pero, al final, entiende algo fundamental: no todo puede ni debe saberse. “Hay un punto en que el deseo de saber se convierte en traición”, parece sugerir la novela. Y la renuncia a resolverlo todo se vuelve, paradójicamente, la forma más profunda de comprensión.
El arte como vía de salvación
A lo largo de la novela, Julia encuentra en la pintura no sólo una profesión, sino una forma de existir. El mural que pinta en la casa mediterránea es un reflejo —y un refugio— de su propio proceso de transformación. Los colores, los materiales, los rituales de la pintura al fresco adquieren un carácter casi litúrgico. Como si el arte pudiera transmutar el dolor en algo habitable.
Solanes narra estas escenas con una precisión sensorial que deslumbra: los olores, las texturas, los sonidos. Pintar no es sólo un acto estético; es una forma de reconciliación con la vida. En este sentido, la novela recuerda a obras como El arte de la resurrección de Hernández o Los colores del incendio de Lemaitre, donde la creación artística emerge como herramienta de supervivencia.
Personajes secundarios que iluminan
Andar por casa está poblada de personajes secundarios que, sin restar protagonismo a la voz principal, enriquecen el universo narrativo. La amiga-sororidad, el sabio alemán, los maestros pintores, la mujer inesperada que aporta una versión distinta de Eva… Todos ellos dibujan un mosaico coral que amplifica el sentido de comunidad, de red emocional, de pertenencia incluso en la orfandad.
Hay, también, presencias marginales —personas sin hogar, falsificadores, un misterioso japonés— que aportan una dimensión casi fabulosa. Y animales. Una gata y una perra que no son simples mascotas, sino testigos silenciosos. En esta novela, todo tiene voz, si se sabe escuchar.
Un estilo que acoge y conmueve
Lo que más llama la atención en la prosa de Ana Solanes es su capacidad de mezclar lo íntimo con lo narrativo, lo poético con lo cotidiano. Su estilo es limpio, fluido, emocionalmente preciso. Sin afectación. Cada frase parece escrita desde un lugar de verdad, de memoria encarnada. Y esa verdad se transmite.
El uso del fragmento —como en un diario no confesional— le permite alternar registros, avanzar y retroceder, abrir espacios de reflexión sin perder el hilo narrativo. Hay páginas enteras que se podrían leer en voz alta como poemas. O como cartas nunca enviadas.
Una ópera prima que ya es madurez
Aunque se trata de su primera novela, Andar por casa no tiene nada de obra inicial. Es una ópera prima con la solidez de quien ha escrito muchas veces sin firmar. La madurez narrativa se percibe en el equilibrio, en la sobriedad, en la capacidad de sugerir sin empujar.
No es un libro estridente. No aspira al escándalo ni al artificio. Aspira, simplemente, a contar una historia de forma honesta. Y en esa honestidad radica su belleza.
Lo más íntimo es también, lo más literario.
Andar por casa es una novela sobre los vínculos que nos definen y nos desafían. Una historia sobre lo que no se dice, sobre lo que se hereda sin querer, sobre cómo reconstruirse después de una pérdida sin caer en el sentimentalismo. Ana Solanes entrega una obra conmovedora y luminosa, que mezcla humor y emoción, pasado y presente, pintura y palabra, vida y despedida.
Una novela para quienes aún buscan comprender a sus padres. Para quienes aman los libros que no sólo se leen, sino que se sienten. Para quienes saben que el misterio más profundo siempre está en casa.







