Hay biografías que se leen como crónicas deportivas, otras como memorias íntimas, y unas pocas como manuales de supervivencia emocional sin proponérselo. Surfear la vida, el nuevo libro de Aitor Francesena, entra en esta última categoría: es la historia de un hombre que no solo aprendió a montar olas, sino a montar la vida incluso cuando esta decidió arrollarlo sin miramientos.
Es un relato construido desde la sinceridad más descarnada, una narración que mezcla la pasión deportiva con el dolor físico, la pérdida de control con la necesidad de reconstruirse desde cero, y sobre todo, una convicción que lo atraviesa por completo: la única manera de seguir adelante, incluso cuando la oscuridad es literal, es mantener el impulso de levantarse.
El libro no es una biografía convencional. Aunque recorre la vida del legendario surfista adaptado, seis veces campeón del mundo, fundador de la primera escuela estatal de surf en España y referente internacional, su formato y su tono se alejan del memorial heroico para adentrarse en un territorio más emocional, más humano y más universal.
Está estructurado en diez capítulos, cada uno dedicado a una palabra que funciona como principio vital: miedo, pasión, fracaso, perseverancia, gratitud, confianza, disciplina. Pero más allá de esos conceptos, lo que sostiene el relato es una voz que no intenta dar lecciones de vida, sino compartirlas. Su intención no es inspirar, pero inspira. No quiere aleccionar, pero acompaña. No pretende convertirse en un libro de crecimiento personal, pero termina siéndolo para cualquier lector que haya vivido una caída lo suficientemente grande como para creer que no podría volver a levantarse.
Una infancia entre hospitales y miedos
Aitor Francesena creció acompañado por una palabra que condicionó sus primeros años: miedo. Desde muy pequeño, su vida estuvo marcada por constantes visitas al hospital debido a un grave problema de visión. Cada dos semanas, o en el mejor de los casos cada mes y medio, debía enfrentarse a exploraciones, diagnósticos, intervenciones y rutinas médicas que cualquier niño hubiera vivido como una amenaza inabordable. Para él, el hospital se convirtió en una extensión de su vida cotidiana, un escenario donde el miedo no era una emoción pasajera, sino un compañero insistente.
Ese miedo infantil se amplificaba como solo se amplifican las cosas cuando uno es niño. El miedo se convierte en gigantes, los pasillos en túneles infinitos, los médicos en figuras misteriosas que parecen desatar destinos. Ante cada revisión, su cuerpo reaccionaba como si el peligro fuese inminente: hiperactividad, nerviosismo, fugas elaboradas para escapar de la cita médica. Pero incluso en ese contexto, la energía que parecía un obstáculo se convirtió en su primera herramienta de supervivencia. Canalizó su temor hacia la actividad física. Empezó con el monopatín, después descubrió las largas caminatas, luego la bicicleta… hasta que un día, casi sin darse cuenta, encontró su lugar en el mar.
Ese encuentro con las olas fue más que un descubrimiento deportivo: fue un refugio emocional. En el mar, el miedo se transformaba en impulso, la inquietud en equilibrio, la vulnerabilidad en una especie de fortaleza inexplicable. Ese contraste entre la fragilidad médica y la plenitud física sería el motor de su adolescencia.
El primer golpe decisivo: perder la visión del ojo derecho
A los 14 años, su vida experimentó un giro inesperado y duro: perdió por completo la visión del ojo derecho. Ese acontecimiento hubiera bastado para quebrar la trayectoria vital de cualquier adolescente. Para él, supuso un golpe devastador que llevó su relación con el miedo a un territorio más adulto y más profundo. La oscuridad parcial no solo afectaba su capacidad de ver, sino también su percepción del futuro.
Pero lejos de detenerlo, esa pérdida afianzó su vínculo con el deporte. No abandonó el surf. No abandonó su deseo de aprender. Encendió una nueva llama de determinación. Transformó el miedo en empuje. Como él mismo narra, la sensación de urgencia se volvió permanente. Vivía cada día como si el tiempo fuese finito, como si la ceguera total fuese una sombra silenciosa que podía alcanzarlo en cualquier momento.
El joven que soñaba con tablas y olas
Durante su juventud, Francesena se sumergió en el mundo del surf con una dedicación obsesiva y creativa. No solo montaba olas: también empezó a personalizar tablas, a diseñarlas, a venderlas, a construir una reputación propia entre los surfistas locales. Su nombre empezó a circular por la costa como el de un chico talentoso, apasionado y disciplinado.
Al mismo tiempo, encontró otra vocación inesperada: enseñar. Empezó a transmitir su pasión a los jóvenes, a guiarlos, a corregir postura, técnica, actitud. Descubrió que tenía un don para explicar lo inexplicable, para traducir la complejidad del mar a un lenguaje que otros pudieran comprender. Enseñar lo hacía feliz. Surfear lo hacía libre.
El futuro parecía abrirse ante él con posibilidades: trabajo, proyectos, competiciones, la ilusión de formar una familia. Pero siempre, en algún rincón de su mente, aparecía una inquietud inevitable: si algún día tenía un hijo, ¿heredaría sus problemas de visión?
El día que lo cambió todo: 23 de julio de 2012
Para cualquier deportista, el mar es tanto un aliado como una amenaza. Y ese equilibrio puede romperse en cuestión de segundos. El 23 de julio de 2012, durante una sesión en la que el mar estaba especialmente traicionero, Francesena tomó una decisión rutinaria: aconsejar a sus alumnos salir del agua. Las olas eran demasiado cortas, demasiado explosivas, demasiado peligrosas para surfistas jóvenes. Tras sacarlos del agua, decidió darse un baño rápido para quitarse el calor. Un par de olas, nada más.
La primera terminó sin complicaciones. La segunda cambió su vida para siempre.
Una mala caída, un impacto seco contra el agua, el ojo —el único con visión— golpeó de lleno. El globo ocular explotó. En cuestión de segundos, todo se volvió negro. La luz del sol, que esperaba encontrar al emerger, no apareció. La negrura era absoluta. Era real. Era inmediata.
Cuando logró alcanzar a los chicos, pronunció las palabras que sellarían ese momento: “Me he quedado ciego”.
La escena, que podría pertenecer al clímax de una novela dramática, fue la antesala de un proceso aún más duro: el de aprender a vivir sin ver.
Adaptarse: cuando la vida se vuelve escucha
La ceguera total transformó cada aspecto de su mundo. Lo obligó a reaprenderlo todo desde cero. La percepción del espacio, la relación con los objetos, la movilidad cotidiana, el equilibrio emocional. La oscuridad permanente, más que un estado físico, se convirtió en un estado psicológico del que había que salir a través de los sentidos que permanecían intactos.
Desde el principio, decidió no rendirse. Marcó un objetivo que puede parecer ingenuo ante semejante tragedia: quería ser feliz. Ese simple propósito se convirtió en un faro en medio de la noche. Para lograrlo, tuvo que reconstruirse a nivel sensorial, cognitivo y emocional. Desarrolló una capacidad extraordinaria para interpretar el mar a través del oído, el tacto y el olfato. Distinguía corrientes por el viento, entendía la fuerza de las olas por su rugido, percibía cambios mínimos en la superficie del agua solo por cómo vibraba la tabla bajo sus manos.
Esta adaptación, que para muchos sería imposible, para él fue un proceso de supervivencia. La vida había cambiado para siempre, pero su vínculo con el mar no.
Volver al agua: un renacimiento improbable
En los primeros meses después del accidente, pensar en volver al surf parecía absurdo. Las imágenes mentales de su caída eran brutales. El trauma era físico, emocional y simbólico. Aun así, el mar seguía siendo parte de él. Poco a poco, y contra toda lógica, volvió a entrar al agua. Empezó con sesiones mínimas: veinte minutos, luego treinta, luego cuarenta y cinco.
El proceso fue lento, agotador, lleno de retrocesos. Pero cada vez que se subía a la tabla, el cuerpo recordaba algo que la mente había olvidado: que la pasión puede más que la derrota.
Tres años después del accidente, volvió a competir. Un año después, se convirtió en campeón del mundo de surf adaptado. A partir de entonces, su carrera se llenó de títulos consecutivos que lo colocarían como uno de los referentes más importantes del mundo.
Pero para él, el mayor triunfo nunca fue un campeonato. Su mayor victoria fue volver a sentir el mar bajo sus pies.
El fracaso como profesor y el esfuerzo como brújula
Uno de los ejes fundamentales del libro es la relación entre fracaso y crecimiento. Francesena no romantiza la caída: la analiza. La desmenuza. La reivindica como parte esencial de cualquier evolución real. En sus clases, insiste en que los jóvenes deben conocer el fracaso lo antes posible, porque solo enfrentándolo se aprende a gestionar la frustración sin que destruya la autoestima.
Su filosofía es clara: cuanto antes se aprende a caer, antes se aprende a levantarse.
Él mismo es el mayor ejemplo de esa convicción. Su vida está construida sobre una colección de caídas, cada una más dura que la anterior. Pero también sobre una colección de decisiones que lo empujaron a seguir adelante incluso cuando todo parecía perdido.
La fuerza de los afectos: una familia que lo sostiene
El libro dedica un espacio esencial a las personas que actuaron como pilares durante su reconstrucción: su hermana, sus amigos, y especialmente su hija Uxue. Para cualquier padre, un cambio tan drástico podría generar distancias, incomprensión o frustración. Para ellos, significó lo contrario.
Uxue aprendió a adaptarse a la oscuridad de su padre casi de inmediato. Comprendió cómo mantener la casa ordenada para evitar tropiezos, cómo guiarlo, cómo anticipar necesidades. Se convirtió en un apoyo emocional fundamental y también en una compañera de aventuras. Surfean juntos, viajan juntos, comparten momentos íntimos y profesionales. Representa, dentro del libro, la encarnación del amor que sostiene, que acompaña y que nunca reclama.
La vida como disciplina, confianza y gratitud
Los capítulos finales del libro desarrollan una filosofía vital construida desde la experiencia. Francesena habla de la disciplina como sistema de trabajo, de la necesidad de construir metas claras, de la importancia de salir de la zona de confort. Reivindica la paciencia como virtud esencial. Y sobre todo, insiste en el papel decisivo de la confianza.
El surf no es un deporte solitario. La vida tampoco. Y él lo demuestra recordando cómo, incluso en su trayectoria profesional como surfista ciego, la figura del caddie —esa persona que ayuda con las tablas, con la orientación, con la lectura del mar— es imprescindible. Sin apoyo, no hay avance. Sin vínculo, no hay éxito. La confianza con su círculo cercano se convierte en su red de seguridad emocional.
La gratitud es otro de los pilares que sostiene su filosofía. En su visión del mundo, reconocer lo que se recibe es el primer paso para construir una vida plena. La humildad no es para él una pose, sino un modo de estar en el mundo.
Un legado que cambia la historia del surf español
Aitor Francesena no es solo un deportista de élite. Es un pionero. Fundó la primera escuela estatal de surf, ha entrenado a generaciones enteras, ha escrito otros libros, y su nombre figura en el Paseo de las Estrellas del Surf como reconocimiento a su impacto cultural. Su trayectoria deportiva es impresionante, pero su impacto humano lo es más.
Su legado es demostrar que la pasión puede más que la pérdida. Que el mar puede ser tanto un enemigo como un salvavidas. Que la vida no siempre permite controlar las olas, pero sí la manera en la que decidimos levantarnos después de que rompan sobre nosotros.
Un libro para quienes necesitan creer que todavía hay una salida
Surfear la vida no es un libro sobre surf. Es un libro sobre vivir. Sobre resistir. Sobre reconstruir. Sobre encontrar una tabla a la que aferrarse cuando la oscuridad parece definitiva. Es un libro para quienes sienten que han tocado fondo, para quienes necesitan una historia real que les recuerde que siempre existe una segunda oportunidad. Es un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles se puede aprender a avanzar con un ritmo nuevo, adaptado, intuitivo, fuerte.
En definitiva, es un libro que nos enseña que la vida —como el mar— siempre está en movimiento. Y que, aunque una ola nos hunda, siempre habrá otra esperando ser surfeada.








