por María José Luque Fernández
Hay silencios que pesan y otros que liberan. Hay silencios impuestos nacidos del miedo o la costumbre y silencios buscados que son construidos como refugio frente al ruido del mundo.
Pero sabed que existe también una música más sutil: aquella que no se oye, pero que transforma. En esa región íntima donde el sonido desaparece y queda solo la conciencia, a veces surge una verdad que no admite adornos. Allí se gesta la voz más auténtica.
Ese espacio es el que explora este poema:
En la música del silencio
encontré mi ser,
desperté sin ruido
caminé sin ver,
sendas que mentiras
tallaron ayer,
navegando entre las brumas
en los farallones me oculté
como buitre, allí oteaba,
ocultas mecen tras el islote
crujiendo mis entrañas,
banquetes de inocencias
momentos de verdades
mi llegada precedían,
eterna espera que barruntas
contra el acantilado feneces.
Quedan esas imágenes de introspección y de acecho interior en las que él yo poético avanza “sin ver”, guiado no por certezas, sino por la necesidad de desenredar aquello que el pasado dejó tallado “con mentiras”. No es un viaje heroico sino instintivo, casi visceral, donde el silencio no es ausencia sino brújula. El buitre que “otea” no simboliza destrucción, sino vigilancia: observar las sombras para comprenderlas, sin permitir que vuelvan a gobernar.
La bruma, los farallones y el islote nos muestran una geografía emocional: lugares donde uno se esconde para luego emerger, donde la verdad cruje antes de revelarse. Y en esa mezcla, la música del silencio aparece como una forma de escucha profunda: escuchar lo que queda cuando cae el ruido de otros, cuando ya no guían las expectativas externas ni los miedos heredados.
El poema sugiere que la verdad no irrumpe con estruendo, se asoma y llega lentamente, como una marea que primero insinúa y luego arrastra. “Eterna espera que barruntas / contra el acantilado feneces”: la imagen final es la del oleaje que insiste hasta romper lo que se creía sólido. Así actúa la introspección: erosiona, revela, libera.
La música del silencio, entonces, no es un vacío. Es un pulso. Una vibración interna que acompasa la caída de las máscaras y el surgimiento del ser propio. Escucharla implica atravesar sombras, aceptar grietas, comprender el origen de los viejos temores. Pero también permite recuperar la inocencia perdida, no como ingenuidad, sino como claridad.
Este ensayo y el poema dialogan en un mismo propósito: dar voz a aquello que solo se descubre cuando la palabra se detiene y, aun así, seguimos escuchando.
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