Una lectura de “Lo infinito de un verbo”, el poemario de la bailarina y escritora Montserrath Oteguí.
El arte es un territorio de transmutaciones, de sutiles fuerzas que se expresan en diversas tonalidades. Estábamos acostumbrados a ver a Montserrath Oteguí habitar el espacio a través de la danza clásica, la coreografía y la docencia; una disciplina donde el cuerpo es el vehículo absoluto del sentido. Sin embargo, en su ópera prima, Lo infinito de un verbo (MareMium Pequeña Editorial), la artista decide recurrir a otra fuente creadora: la poesía escrita. Como ella misma ha deslizado, en su vida “empezó primero la palabra”. Este poemario de 131 páginas es el testimonio de una madurez estética que encuentra en cada verso su resonancia más profunda.
Montserrath nos entrega el código de acceso para descifrar su universo íntimo. La autora advierte que este libro nace de “la certeza de que en lo más humilde del lenguaje habita lo que es eterno”, y al hacerlo deja traslucir su propia interioridad.
La poeta habla de un modo simple, quita la ornamentación, utiliza términos esenciales, arquetípicos y desnudos: el invierno, la lluvia, el silencio, el sol, la tristeza. Sus versos, generalmente cortos e impregnados de sentimiento, caen con el peso de verdades desenterradas, recordándonos que lo trascendente no necesita adjetivos complicados para conmover.
Es en esta economía del lenguaje donde el libro revela su segunda naturaleza: “Este libro es una plegaria, un deseo de que el poema sea también un camino”. Los cortes de verso, las pausas y los espacios vacíos no son azarosos; son las respiraciones propias de una oración o de una suite de ballet. El poema es un “camino” no solo para quien escribe, sino también para que el lector no quede en el mismo sitio donde empezó: lo invita a transitar por la geografía de la ausencia, a reconocer lo que falta y a comprender que el arte es también una peregrinación.
La obra se sostiene sobre una urgencia vital: la poesía como “una forma de redención”. La redención exige, por definición, la existencia de una herida previa, y Montserrath no elude ni soslaya su vulnerabilidad. En varios pasajes asoma la memoria de una infancia desgarrada (“Yo solo era una niña triste que amaba la poesía”), la melancolía por lo perdido o el dolor ante la incomprensión. Sin embargo, el acierto de Lo infinito de un verbo radica en que el sufrimiento nunca es exhibido de manera catártica.
“Alguna vez la belleza salvará al mundo”, dice esperanzada, y es una oración hecha de pedido y de certeza.
Montserrath practica una suerte de alquimia espiritual: toma el dolor, lo disciplina a través del rigor del verso y lo devuelve convertido en belleza. El poema redime porque le otorga un sentido al desgarro; el sufrimiento deja paso a la integración de la experiencia para transformarse en luz.
Lo infinito de un verbo es un poemario impecable que descubre a Montserrath Oteguí como una artista completa. Su lectura está recomendada para aquellos que buscan en la poesía una reflexión y un refugio amigable.
Al cerrar el libro, queda la reconfortante sensación de que la promesa originaria de la autora ha sido cumplida: no estamos ante una publicación que busca la vanidad, sino ante un puente invisible construido sobre silencios y confidencias, donde la palabra más humilde se vuelve, exactamente, el vehículo capaz de rozar lo eterno.
Redacción Mar del Plata, Argentina.








