El sello Istoría nos propone un viaje en el tiempo de la mano de Javier Pérez Bolet y su nueva novela «El fratricida».
Durante siglos, la historia ha recordado a uno de ellos como Pedro el Cruel y al otro como Enrique el de las Mercedes, pero la realidad, como suele ocurrir, fue mucho más compleja que los apodos con los que los vencedores bautizan a sus enemigos. El Fratricida nos traslada a la Castilla convulsa del siglo XIV para narrar uno de los enfrentamientos más feroces y decisivos de nuestra historia: la guerra entre dos hermanos, hijos del mismo rey y condenados a disputarse no solo una corona, sino también el relato que la posteridad haría de ellos. Pedro I y Enrique de Trastámara crecieron bajo la sombra de un padre poderoso, el rey Alfonso XI, y de una familia fracturada entre la legitimidad y el amor extramatrimonial. Lo que comenzó como una rivalidad dinástica terminó convirtiéndose en una guerra civil que desangró Castilla, dividió a la nobleza, atrajo a mercenarios de toda Europa y acabó cambiando para siempre el rumbo del reino. Pero más allá de las batallas, las conspiraciones y las alianzas cambiantes, El Fratricida es también una reflexión sobre el poder, la ambición y la fragilidad de la memoria histórica, porque nos recuerda que la historia no siempre la escriben quienes tienen razón, sino quienes sobreviven para contarla.
Hoy conversamos con su autor para descubrir cómo se construye una novela que devuelve la vida a uno de los episodios más apasionantes, violentos y decisivos de la Edad Media peninsular, y para preguntarnos si, siete siglos después, seguimos siendo tan diferentes de aquellos hombres que fueron capaces de sacrificarlo todo por el poder.
1. Pedro I ha pasado a la historia con dos apodos aparentemente irreconciliables: «el Cruel» y «el Justiciero». Cuando comenzó a escribir la novela, ¿tenía claro cuál era su mirada sobre este personaje o fue cambiando a medida que avanzaba la documentación y la escritura?
Prefiero usar “El justo”, más que “el Justiciero”, para así diferenciarlo de su padre Alfonso XI.
Al comenzar la investigación, no, no sabía que se le llamó también de ese modo, sino que en seguida se me venía a la cabeza lo de Pedro “El Cruel”. Desde mi infancia (aunque no es algo que recuerde haber estudiado en la EGB pero sí en una colección de cromos histórica de esa época), así como en el instituto, siempre lo conocí como “El Cruel”. Muchos años más tarde, en mi paso por la Universidad por segunda vez (en este caso, la UAM, grado de Historia), es cuando, si bien sin incidir mucho en ello, la figura de Pedro “El Cruel” aparece también como “El Justo”, y Enrique “el de las Mercedes” lo hace como “El Fratricida”. Eso me llevó a profundizar en el tema y, por supuesto, mi imagen de Pedro y de Enrique fue cambiando según analizaba los hechos, las motivaciones, la legalidad o no de lo decretado, y, sobre todo, si comparaba las acciones de ambos (y también con las del tercer pilar de la historia, Pedro IV de Aragón El Ceremonioso) para, en justicia, ver el grado de crueldad de cada personaje.
2. En El Fratricida el enfrentamiento entre Pedro y Enrique de Trastámara es mucho más que una guerra sucesoria: parece una lucha entre dos formas de entender el poder y hasta dos maneras de construir el relato histórico. ¿Qué le fascina especialmente de esta rivalidad entre hermanos?
En realidad, los dos tienen la misma forma de entender el poder, ya que ambos son hijos de un mismo padre, Alfonso XI “el Justiciero”, que fue uno más de los reyes que, ya desde su bisabuelo Alfonso X “el Sabio”, establecían más medidas y controles para reforzar la autoridad real frente a una poderosísima nobleza (no podemos imaginarnos soberanos absolutos en estas épocas; hasta los Reyes Católicos el poder real no llega a algo ligeramente parecido).
Lo que ocurre es que Enrique pacta con esa nobleza arribista, cede y otorga grandes privilegios, tierras y títulos (de ahí el apodo benigno con el que pasa a la historia como
“el de las Mercedes”) para hacerse con el trono. No porque él quiera de verdad ese statu quo entre monarca-nobleza, sino porque es el medio para llegar al trono. Donde sí que hay una diferencia es en el modo de gestionar la propaganda y cómo construir el relato histórico. Enrique gana esa partida, entre otras cosas porque Pedro no la necesitaba (su legitimidad era clara, por sangre y ungido por la Iglesia y Dios), mientras que su rival ha de justificar un regicidio (que era un delito no solo penal en la época, sino espiritual y religioso, porque el rey es elegido por Dios). Enrique usa todo lo que tiene a su alcance para hacer aparecer a Pedro como un tirano, un amigo de moros y judíos… todo lo que podía levantar la opinión del pueblo en su contra y encajar en las mentes ambiciosas de la nobleza. Un tiranicidio, a diferencia del regicidio, era algo que la Iglesia podía justificar, y ahí dirige todos sus esfuerzos.
Y, si hay algo que me fascina de esa rivalidad entre hermanos, es la evolución de la misma, con un Pedro paciente y clemente al principio, y un Enrique pertinaz y resistente, que desemboca en un odio profundo entre ambos, en un Pedro endurecido por las traiciones, y un Enrique con el corazón de piedra al ver cómo se suceden las ejecuciones de familiares.
3. Solemos imaginar la Edad Media como una época lejana y casi ajena a nosotros, pero leyendo la novela resulta inevitable pensar en cuestiones muy actuales: propaganda, polarización política, alianzas cambiantes o manipulación de la opinión pública. ¿Ha tenido la sensación de estar escribiendo sobre el siglo XIV y, al mismo tiempo, sobre nuestro presente?
Por supuesto que he tenido esa sensación. Al final, el ser humano se comporta según unos patrones, especialmente cuando de la lucha por el poder se trata. Pero no ha sido una sorpresa (el sentir esa sensación de “actualidad”) porque ya aprendí hace mucho tiempo que los que nos gobiernan (o los que aspiran a ello) nos intentan manipular, y, por desgracia, lo consiguen casi siempre.
4. Una de las ideas más sugerentes del libro es que la historia suele ser escrita por los vencedores. Enrique gana la guerra, funda una dinastía y condiciona la imagen que heredamos de Pedro. ¿Hasta qué punto cree que seguimos siendo víctimas de los relatos construidos por quienes ostentan el poder?
¡Estamos haciendo espóiler para los que no conozcan la historia! Sí, Enrique gana y cuenta “su historia”, algo que refuerzan más tarde sus descendientes. Piénsese que es una dinastía que no tiene legitimidad y han de construirla. Lo de “Pedro El Cruel” (que, por cierto, no usa Enrique, sino que es obra de un cronista italiano un siglo más tarde, Lucio Marineo Sículo, que trabajaba para los Trastámara) es lo que nos ha llegado fundamentalmente.
Y esto sigue pasando en la actualidad. ¿Un ejemplo palpable? Las leyes de memoria Histórica y de Memoria Democrática (esta última de 2022, ampliando la primera). Yo he vivido algunas cosas que esa ley aborda, y sé lo que verdaderamente pasó. ¿Me van a decir que los gudaris de ETA no eran unos asesinos sino “luchadores por la libertad” y en plenos “años de plomo”? Yo tenía entonces 11 a 14 años, vivía en Madrid y sabía lo que eran las bombas y atentados de la banda terrorista, pedirle a mi padre que no se acercase mucho a un zeta de la policía o un vehículo de la guardia civil por si acaso tocaba. Para alguien del futuro que estudie esos hechos y se ciñese a esa ley, la historia estaría totalmente distorsionada. Este es solo un ejemplo (quizá el más sangrante) de cómo somos víctimas de los que gobiernan en algo tan delicado como nuestra historia y memoria colectiva.
5. Usted ya había recreado con enorme ambición el mundo de las Cruzadas en la saga Deus Vult, pero aquí se adentra en un episodio quizá menos conocido por el gran público y, sin embargo, decisivo para la historia de Castilla. ¿Por qué eligió precisamente este momento histórico y no otro?
Lo primero, porque en “Deus Vult. La Primera Cruzada”, apenas puede encontrar un antepasado hispánico que participase en ella (lo que era algo natural: los papas no querían que castellanos, aragoneses ni navarros descuidasen su deber de reconquista, que también tuvo en muchas ocasiones bula papal de cruzada, aunque a las campañas contra los musulmanes en la Península Ibérica no se las denomine como tales).
Quise acercarme a lo sucedido en nuestra historia como país y aprovechar todo lo que sabía sobre la Edad Media. Cuando me encontré con una guerra civil (porque eso es literalmente lo que ocurre en la pugna, sobre todo al final, entre Pedro y Enrique), me dije: ¿Qué es más español que matarse entre hermanos? Así que este episodio, que no es tan conocido, inmediatamente atrajo mi atención. Y luego, al investigar y ver que la historia “no es como nos la han contado” ya quedé totalmente atrapado.
6. La novela está llena de grandes personajes masculinos, pero también concede un papel decisivo a mujeres como María de Padilla, Leonor de Guzmán, Blanca de Borbón o María de Portugal. ¿Le interesaba reivindicar la influencia política y emocional de estas figuras, a menudo relegadas a un segundo plano por la historiografía tradicional?
Cualquiera que lea el libro (que es fiel, sin licencias artísticas, a la historia) apreciará que no hace falta reivindicar nada. Pero en mis presentaciones sí que me gusta dirigir la mirada del futuro lector, por si va con las “orejeras” de fijarse sólo en los personajes masculinos y poderosos. Así que siempre digo que esta no es solo la rivalidad entre dos príncipes hermanos sino la gran pugna entre dos familias: la de la concubina Leonor de Guzmán “La Favorita” y su hijo Enrique, frente a la de la reina María de Portugal y su vástago Pedro I. Y que después de ellas, cuando esos dos adolescentes (pues eso eran a la muerte en 1350 de su padre el rey Alfonso XI) crecen y maduran, su camino tampoco hubiera sido el mismo sin las mujeres que amaron y con las que se casaron. Dos mujeres tan distintas como las madres que tuvieron cada uno. Doña Juana Manuel de Villena, de sangre real, que se casa siendo una niña con Enrique y se revela al madurar como una mujer fuerte, decidida y con el mismo objetivo que su marido: el trono. Y doña María de Padilla, el amor de Pedro I por el que lo arriesga todo, la corona misma, y se enfrenta a todos, con el apoyo calmado y balsámico de su amada.
Otra cosa que siempre destaco al hablar de la novela es algo que se ve ya desde su comienzo: en la partida de ajedrez que se juega, no son los reyes sino las damas (la reina María de Portugal y la poderosa noble Leonor de Guzmán) las que mueven primero. Ellas lo inician todo. Disfruté mucho descubriendo y dando forma a todos esos personajes femeninos más enérgicos e inteligentes que muchos de los masculinos que salen en la historia.
7. Hay escenas de enorme violencia, pero da la impresión de que la verdadera brutalidad no siempre ocurre en el campo de batalla, sino en los despachos, en las alianzas rotas y en las traiciones familiares. ¿Es la política medieval mucho más despiadada de lo que solemos imaginar?
Desde luego que es más despiadada que lo que, a priori, nos imaginamos. En esa época estaban acostumbrados a que, caso de resistirse una villa a un asedio, el vencedor pasase a cuchillo a la población en represalia y vendiese como esclavos a los supervivientes. O que, por delitos que ahora consideramos menores, la pena fuera de mutilación o muerte. Si eso era así en lo que se veía día a día, no es difícil colegir que tras los focos todo era brutal y, en gran medida, pasional (el honor mancillado también impulsa muchas acciones que, hoy en día, veríamos como una reacción excesiva y fuera de lugar).
8. Alfonso XI aparece casi como una sombra que planea sobre toda la novela. Su doble familia, la legítima y la bastarda, acaba provocando una fractura imposible de cerrar. ¿Diría que el verdadero origen de la tragedia está en las decisiones del padre más que en el odio de los hijos?
En una lectura apriorística se podría atribuir esa culpa a Alfonso XI por todo lo que hizo, y no faltaría razón en verlo como el gran culpable. Es muy acertada la apreciación que has hecho sobre que es una sombra que planea sobre toda la novela. Pero también podemos preguntarnos sobre el libre albedrío que tienen los afectados (tanto la amante como la reina legítima, y también cada uno de sus hijos) para haber reaccionado de un modo u otro. No solo el odio entre los hijos sino, como he dicho, entre las madres, es determinante también de lo que sucede, y eso viene condicionado por el carácter de ambas, tanto de Leonor de Guzmán (ambiciosa, orgullosa y segura de que ese era su estatus, el de reinar, aunque fuera de facto) como el de María de Portugal (paciente, resistente y también orgullosa, consciente del derecho a su posición, para lo que desde pequeña la habían criado). Sus hijos son reflejo de las madres. Pero también hubiera podido pasar que uno de ellos no hubiera tenido el carácter para desencadenar todo. Tenemos un par de ejemplos en la novela: Fadrique (que es gemelo de Enrique, pero solo es igual por fuera) y Tello (el otro hermano) son hijos bastardos también de Leonor y por sus acciones a lo largo de la historia no parece que sin Enrique hubieran llevado el reino a la guerra.
9. Usted ha sido abogado, directivo de Recursos Humanos, piloto de helicópteros y actualmente cursa estudios de Historia. Es una trayectoria vital poco habitual para un novelista histórico. ¿Cree que todas esas vidas anteriores le han ayudado a comprender mejor las pasiones humanas que mueven a sus personajes?
Sí, sin ninguna duda. Vivir varias vidas en una, como yo he hecho desde un modo profesional, te da un bagaje muy importante para ponerte en la piel de otro. Además, he viajado mucho y he vivido bastante tiempo fuera del confort del hogar, de esta cálida y bonita España. Por último, en el ámbito personal privado, también he sufrido mis avatares: amigos que descubres que no lo eran en realidad, un divorcio no buscado e inesperado, una muy feliz paternidad con la custodia completa de mi hijo desde que él no llegaba a los dos años… todo eso forma un “inconsciente” que ayuda, casi sin darte cuenta, al describir situaciones, pasiones y emociones de los personajes.
10. La guerra entre Pedro y Enrique termina en Montiel, en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo que posee una fuerza casi shakespeariana, porque concentra odio, ambición, resentimiento y tragedia familiar en un solo instante. ¿Fue esa escena el motor inicial de la novela o la historia fue creciendo alrededor de ella?
La escena (que conocía desde niño con los cromos a los que me referí antes) es tan fuerte que es difícil sustraerte a ella al narrar la historia. Pero lo conseguí y fue exactamente la última que escribí. Y así fue mucho mejor porque, como comentas, la novela fue creciendo y dando más fuerza a los personajes (no solo a los dos protagonistas, sino a los presentes, Men de Sanabria y Du Guesclin). Me salió del tirón, no tuve que retocar nada, porque yo mismo estaba llegando al culmen, precipitado desde los dos capítulos anteriores al ver ya a esos dos poderosos y obstinados hombres viajar por un único carril que desembocaba en ese choque trágico y desgarrado. ¡Qué mejor cierre para una novela o película se podía haber imaginado! Y, resulta, que la Historia, con mayúsculas, es la que nos lo proporciona. Mi mano ha estado en narrarlo con la fuerza y la pasión necesarias para que al lector se le erice el cabello y se le acelere el corazón mientras contempla el desenlace.
11. Mientras escribía El Fratricida, ¿hubo algún personaje que le sorprendiera especialmente, alguien al que inicialmente juzgaba de una manera y terminó comprendiendo o incluso admirando?
Pedro I sería ese personaje que juzgaba de una manera y, tras escribir su historia, mi imagen ha cambiado por completo. Además, es un personaje muy hispánico, pues él, como la tierra que lo vio nacer y donde reinó, tiene su propia leyenda negra.
En cuanto a personajes que me han sorprendido, hay muchos. Leonor de Guzmán me ha parecido fascinante y, de otro modo, la reina María de Portugal. Los femeninos en general me han gustado: la desdichada Blanca de Borbón (a la que comprendo), la dulce María de Padilla (de la que admiro su bondad en medio de todas esas traiciones e intrigas despiadadas). Y, de los masculinos, tendría que nombrar muchos secundarios en los que el honor y la lealtad son su guía sin descanso: el gran caballero don Alfonso Fernández Coronel, el repostero fiel don Gutierre Fernández de Toledo, el belicoso conde Fernando Ruiz de Castro, el leal maestre Martín López de Córdoba…
Mención aparte, que merece una novela sola para él (igual me animo) ha sido descubrir a Pedro IV de Aragón El Ceremonioso. ¡Menudo personaje!
12. Después de sumergirse en las Cruzadas y ahora en la Castilla convulsa del siglo XIV, uno tiene la sensación de que le atraen especialmente los períodos en los que todo parece estar a punto de derrumbarse. ¿Es ahí, en los tiempos de crisis y de cambio, donde cree que la novela histórica encuentra sus mejores historias?
No lo había pensado así. Al elegir la temática no tuve conciencia de estar escribiendo sobre un tiempo de crisis, pero, bien mirado, creo que sí, que es en las épocas convulsas, cuando tantas cosas están pasando, donde la novela histórica tiene más fértil campo. ¿Te imaginas una novela sobre un convento y su día a día, en una época en la que en el exterior de los muros tampoco sucedan grandes acontecimientos? Seguramente existe esa novela, y tendrá su autor y su público, pero, por ahora, no es lo mío.
13. ¿Eres un autor ordenado o caótico?
En la fase de investigación, muy ordenado. Primero agrupo todo lo que tengo, me leo los libros más referentes sobre un tema (a ser posible, los más cercanos a los hechos), luego los documentos y artículos complementarios (epístolas, crónicas, ensayos, artículos arqueológicos, museos, imágenes de edificios, planos, museos). Y también me hago una lista inicial de posibles títulos de los capítulos que quiero abordar. Todo ese material lo ordeno por temas a tratar.
Pero luego, a la hora de empezar a novelar, si bien intento seguir el orden cronológico de la propia historia, en cuanto se me ocurre una escena, salto al futuro y empiezo a esbozarla, dejando un borrador con las ideas que se me han ocurrido. Y vuelvo a donde estaba. Tampoco me hago, como otros autores, unas fichas de los personajes: los tengo en mi cabeza a grandes rasgos y van actuando y evolucionando (aunque, al ser históricos, siempre reviso lo que se ha escrito de ellos, tanto para bien como para mal, para reflejar su carácter y acciones de un modo lo más riguroso posible). Así que en la fase creativa soy más caótico, supongo. Dejo que las palabras fluyan al ritmo de las acciones y los sucesos.
14. En el eterno debate entre el libro electrónico, el libro en papel o el audiolibro, como lector, ¿por cuál te inclinas?
Papel, sin ninguna duda. Entiendo la función de los otros dos formatos (tengo un amigo que no ve muy bien y en el electrónico encuentra el modo de no agotarse con la lectura). Pero, para los que podemos elegir, tener el libro entre las manos, sopesarlo, incluso olerlo, es otro mundo. Seguramente será porque ya tengo una edad, aunque en mi mente siga considerándome joven.
15. ¿Qué libro te espera en tu mesita de noche hoy?
Pues saltándome mi regla de ir libro a libro, tengo dos. Uno es de novela negra española, “Tú bailas y yo disparo” (de Manuel Marlasca, Ediciones Destino) que me ha enganchado y sacado del medievo. Y otro, cuya portada me mira con paciencia de soslayo, es “Doña Urraca: Emperatriz de Hispania” (de Alfonso Solís, Editorial Istoría), una mujer que siempre quise llevar a la novela.








