Mónica Aramendi es abogada y escritora, nacida en Banfield, Argentina. Reside en la ciudad de Miramar, General Alvarado, Provincia de Buenos Aires. Publica desde 1995 y ha recibido numerosos premios y distinciones nacionales e internacionales.
El libro de poemas “Sabiéndome otoño”, de Mónica Aramendi (Editorial Lepidoptera, Mar del Plata, 2025), cumple lo que su título proclama: el otoño no como decorado melancólico sino como verbo, como un modo de estar en el tiempo. Ya en el poema inaugural la autora lo declara sin rodeos: “Ya no corro al tiempo. / Lo acodo a mi lado / y juntos miramos hacia atrás y adelante / conjugados en el hoy”. No hay lamento por los años que pasaron, sino reconciliación: “no sólo envejecen los ojos. Envejece la mirada, / envejece sabia”.
Aramendi no llora el tiempo que se fue; lo acompaña, lo interroga, lo deja hablar.
El libro está dividido en dos movimientos («Visiones laterales» y la sección que da título al conjunto), y esa partición no es solo formal. La primera mitad observa el mundo de costado: la lluvia, la ciudad gris, el parque vacío, el hombre que ya no escribe historias sobre el tobogán. Son poemas de mirada oblicua, casi cinematográfica, donde la voz se corre un paso del centro de la escena para que el paisaje hable por sí mismo. La segunda mitad gira hacia adentro: el espejo que deja de reflejar, las cicatrices que solo la poesía sabe nombrar, la identidad que se pregunta “¿Quién es la que, hoy, / se recuesta en el jardín desierto / de una casa sin espejos?”. Es un tránsito legítimo -de lo lateral a lo íntimo- que le da al volumen una arquitectura original.
Hay una vena metapoética notable: varios textos no hablan del otoño sino de la dificultad de escribir sobre él. “Cada vez que quiero escribir / acerca del dolor, / mi lapicera, papel y escritorio / se desarman en llanto”. Y el tratamiento de la ausencia: “No hay soledades. / los que partieron son / arco iris en las gotas / sobre el asfalto”, propone una permanencia de lo perdido en la textura del mundo cotidiano, una intuición de trascendencia (“Como el fugaz instante / en que una luciérnaga / prende y apaga su luz… / así, como todo lo efímero, / renazco”) que asoma también en pasajes como “Todo se abraza en el inquebrantable / espíritu primordial, / en una fibra de eternidad”, trabajada de manera más intuitiva que confesional, con un imaginario de ángeles y dioses en plural.
Hay poemas breves («La lluvia siempre está sola… / Es el nacimiento del llanto») y otros quedan como apuntes sin cerrar. Pero incluso ahí hay coherencia de proyecto: no se busca el poema perfecto sino el registro fiel de una conciencia que avanza y vuelve. “Sabiéndome otoño / la mirada me abre una ventana / al mismo paisaje / pero son ojos diferentes”.
Esas sensaciones es lo que el poemario transmite intensamente, y el libro nos deja reflexionando sobre los afectos y la madurez.








