Una voz que agita el thriller español
Alexandre Escrivà, nacido en 1996 en Tavernes de la Valldigna (Valencia), irrumpió en el género thriller con El último caso de William Parker (2023), debut que le dio reconocimiento rápido: finalista del Premio Morella Negra, elogios de crítica y lectorado, y la sensación de que hay una nueva generación que pisa fuerte. El misterio Hannah Larson, su segunda novela, confirma esa impresión: no solo un autor joven con pulso narrativo, sino alguien que ha meditado bien su apuesta, que conoce los resortes del suspense moderno, que sabe manejar atmósferas y personajes, y que, en este título, añade complejidad moral, ambición estructural y un manejo más depurado de tensiones literarias y emocionales.
Desde su publicación, la novela ha recibido reseñas mayoritariamente positivas, tanto en medios de género como blogs literarios, quienes destacan su capacidad para enganchar y su ritmo sostenido, aunque también se subrayan algunas sombras, especialmente en lo que toca a la fluidez en ciertos tramos o en la originalidad frente a modelos del género.
El arranque es potente, casi cinematográfico. Patrick Howard, célebre periodista de true crime, se suicida en directo durante uno de los programas con mayor audiencia de Estados Unidos, acto que funciona como detonante. Ya en el prólogo el lector comprende que no se trata de un thriller convencional: hay un suicidio mediático, pero también algo que se esconde detrás. Howard estaba investigando un crimen sin resolver: el asesinato de Hannah Larson, una adolescente de diecisiete años ultimada en 1993 cerca del Hudson. Su libro estaba en marcha, pero desaparece el manuscrito. ¿Existió realmente? ¿Por qué alguien quiere que no se sepa?
A esto se suma la novedad de que la inspectora Alison Hess, recién ascendida al rango de inspección de homicidios, toma el caso como su primera gran responsabilidad, lo cual añade tensión personal, dudas profesionales, inseguridades, expectativas y errores. Y todo ello ocurre en una ciudad, Nueva York, que Escrivà dibuja con pulso visual, con contraste entre la luz mediática y las sombras del poder.
Uno de los aciertos más comentados en reseñas es la alternancia temporal: la novela se mueve entre el presente (2025‑o cerca de eso, en la narración) y el pasado (1993, el momento del asesinato de Hannah Larson). Esa alternancia está articulada con fragmentos del libro que Howard estaba escribiendo (o se supone que estaba escribiendo), entrevistas, expedientes policiales, declaraciones, grabaciones mediáticas ficticias. Este mosaico le permite al autor no solo mostrar pistas, sino jugar con lo que se ve y lo que se oculta, con lo que se dice y lo que permanece en blanco.
También en blogs se resalta que los capítulos son cortos, que hay mucho diálogo, que la novela empuja al lector a “solo un capítulo más” hasta que descubrimos la siguiente pista. Esa ligereza formal no merma la complejidad del entramado, pero sí hace que la lectura fluya con rapidez, fomentando la tensión.
Lo que funciona bien
Lo difícil de dejar el libro, en que el arranque atrapa y que los giros finales retuercen la historia aun cuando parecía que se habían aclarado muchas cosas. El misterio se construye poco a poco, con pistas sembradas, con múltiples capas (suicidio mediático, crimen viejo, manuscrito perdido, poderes sociales) que se entrelazan. Y Escrivà no se demora innecesariamente; hay capítulos de avance acelerado, otros de pausa reflexiva, lo que ayuda a no saturar ni cansar. Nueva York aparece como escenario que no es solo postal, sino lleno de tensión: contrastes entre riqueza visible e influencias invisibles, medios de comunicación, ética periodística, fama, verdad pública vs secreto privado. El true crime, el periodismo mediático, la televisión (el suicidio en directo) sirven como recursos efectivos para mostrar cómo la imagen puede esconder más que revelar. Reseñistas elogian que Escrivà no se quede en lo superficial del ambiente “oscuro”, sino que muestre las luces vistosas, el ruido mediático, la presión… y la forma en cómo todo eso pesa en los personajes. No todo es puro entretenimiento: muchos lectores y críticos valoran que detrás del rompecabezas haya reflexión: sobre la verdad, sobre quién controla los relatos (medios, poder, elites), sobre lo que se olvida o se borra, sobre qué significa contar una historia del pasado. También sobre los efectos personales de investigar lo traumático, lo oculto: para Alison Hess, no es solo un caso profesional, también hay impacto emocional, moral, ético. Si bien algunos de los finales son previsibles, lo que se valora es que los giros no estén forzados, que haya pistas, que se dé lógica interna. El clímax resulta sorprendente para varios lectores, pero no gratuito: los elementos sembrados reaparecen, las revelaciones tienen base, los silencios son tan importantes como lo dicho.
Lo que podría mejorarse o los puntos débiles
Con 512 páginas, El misterio Hannah Larson es una novela volumétrica. Para algunos lectores esto significa más desarrollo, más pistas, más atmósfera; para otros, tramos algo largos, momentos en los que el ritmo disminuye, en los que la acumulación de personajes secundarios, subtramas o descripciones podrían sentirse redundantes. Como ocurre a menudo en thrillers con entramados complejos, algunos personajes secundarios se sienten más funcionales que vivos. Hay quienes opinan que ciertos antagonistas, ciertos miembros de la élite implicados, tienen motivaciones algo esquemáticas, o que podrían haber tenido más matices. No es que estén mal trazados, pero la novela a veces apuesta más por la escenografía moral (poder, silencio, corrupción) que por la complejidad individual de todos los implicados. Aunque Escrivà logra varios giros sorprendentes, algunos elementos del género (manuscrito perdido, crimen de hace décadas, élite corrupta, periodista suicida) recuerdan clichés o modelos ya usados. El mérito de esta obra no está tanto en inventar algo completamente nuevo sino en hacerlo bien.
Más allá de la mecánica del thriller, El misterio Hannah Larson despliega reflexiones que trascienden el género:
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El poder del silencio: qué se oculta, qué se oculta por miedo, por conveniencia, por vergüenza, por poder. ¿Quién se beneficia de que ciertas verdades no circulen? El suicidio del periodista Howard puede interpretarse no solo como gesto extremo, sino como metáfora del silencio forzado, del riesgo de quién indaga demasiado.
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La responsabilidad del narrador/investigador: Alison Hess no es solo un personaje policial; simboliza también la ética de quien cuenta historias peligrosas, la presión de descubrir la verdad, el riesgo personal de desenterrar lo olvidado.
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Memoria histórica y consecuencias sociales: el crimen de Hannah Larson en 1993 no es solo un hecho aislado; toca influencias políticas, escándalos que se sofocaron, élites sociales implicadas, elecciones. Lo que ocurrió hace décadas sigue repercutiendo, y lo que se prefirió olvidar sigue vivo.
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La relación entre la verdad mediática y la verdad real: el true crime, los reportajes, la televisión, los protocolos mediáticos, todo eso aparece como difusor pero también distorsionador. La novela pregunta qué poder tienen los medios para construir narrativas, cuáles silencios imponen y cuáles verdades obstruyen.
Leer El misterio Hannah Larson es como sumergirse en un laberinto bien construido: cada pasillo te devuelve una sombra distinta, cada giro revela que no viste la esquina, cada personaje pone una pieza distinta del puzzle. Pero no es un laberinto barroco o decorativo, sino uno funcional, que exige al lector una mezcla de atención y disposición emocional: aceptar dudas, tolerar silencios, convivir con secretos. Me impactó especialmente cómo Escrivà articula el prólogo: ese suicidio en directo que parece definitivo, pero que abre muchas más preguntas que que respuestas inmediatas. Es un acto de puesta en escena que obliga: ¿por qué? ¿Qué descubierto lo quebró?
Y Alison Hess me pareció un personaje bien construido, con debilidades verdaderas, con momentos de inseguridad pero también de determinación. No siempre acierta, pero su humanidad pesa más que sus fallos. Esa tensión entre lo que se espera de ella como policía y lo que ella siente como persona da verosimilitud emocional. La ambientación neoyorquina y el trasfondo mediático se sienten creíbles: los medios, el espectáculo televisivo, la fama, el circuito de escándalo-política-personalidad. Esa tensión entre lo público y lo privado, lo que se dice y lo que se tapa, está bien trabajada.
Sí, en ciertos tramos el ritmo decae un poco, hay descripciones, episodios secundarios que se podrían haber acortado, algunas motivaciones de personajes menos exploradas. Pero no son defectos graves: más bien síntomas de una novela ambiciosa, de autor que quiere abarcar muchas capas, y lo hace con tal dominio del género que las concesiones no rompen la experiencia.
Al cerrar el libro, la sensación que queda no es de complacencia, pero sí de satisfacción: la promesa de misterio se cumple en buena medida, sin falsas resoluciones fáciles, con una apertura moral, con eco en lo cotidiano.








