Entrevista de Violant Muñoz Genovés
1.»La mujer de Judas» vio la luz por primera vez hace más de 25 años. ¿Qué te impulsó a recuperarla ahora, y por qué crees que este es el momento ideal para que conecte con el gran público?
El impulso provino de la insistencia de mi círculo cercano, y de un hecho sorprendente: durante estos años muchos lectores, tanto aquí como en el extranjero, se me acercaron con la novela en las manos para que se la firmara. La habían comprado por internet y sus opiniones me abrumaron. Al final, volví a leerla, algo muy inusual en mí, y descubrí varias cosas que me dejaron aturdido. La primera, que contenía de forma muy sutil todo el “universo Malart”; ¿te imaginas mi estupor? La segunda, que el paso del tiempo la había respetado; es decir, que es tan actual, o más, de lo que fue en su día. Y por último, que me incomodó y sacudió y perturbó como pocos textos lo han conseguido…, y yo la había escrito. De ahí la razón de recuperarla ahora. Hoy asistimos en directo a una normalización del mal que está llegando a unas cotas insoportables, insufribles, irritantes. El ser humano, como tal, se encuentra dividido en dos extremos antagónicos: los que se niegan a perder la humanidad, y los que ya la han perdido definitivamente. Y en medio restan los silenciosos, los que miran hacia otro lado, los que parecen no darse cuenta de lo que realmente está ocurriendo. La novela va dirigida a estos últimos. Y no me engaño, precisamente por esta razón veo inviable conectar con el gran público. Es un texto radical, sin ternurismos bobos e inanes, duro y directo, que no deja indiferente a nadie: o lo detestas, o lo aplaudes.
- Jabo Ciendones, protagonista de esta novela, es un personaje inquietante, oscuro, con una lógica perturbadora. ¿Cómo nace un personaje así? ¿Qué representa para ti respecto al inspector Milo Malart, su evidente reverso?
Nace de una idea, la de describir el vacío. Con su lógica, con su vértigo. Y con sus consecuencias. La novela es una gigantesca negación, de ahí que cada uno de los nueve capítulos comience con “No”. Para desarrollarla, necesitaba un personaje que viviera en la linde de ese abismo, que encarnara la indefensión y la fragilidad del ser humano a la hora de enfrentarse al sinsentido de la vida, a sus miedos, a una conciencia saqueada del sentimiento de existir. Y para arrancarla, requería una situación que sirviera de detonante: la inminente paternidad. Así surgió Jabo, un joven que no encaja en la sociedad, sin habilidades sociales, negado (y por tanto, negador), que ansía afirmar y ser afirmado. Es decir, una incoherencia con piernas pero, paradójicamente, el más coherente de todos. Sin yo saberlo entonces, este perfil fue el germen de Milo. Tal vez por este motivo Jabo me resulta “entrañable”. Hasta tal punto que, si él quiere, podríamos escribir juntos una trilogía…
- La mirada crítica a la sociedad atraviesa tanto «La mujer de Judas» como la tetralogía de Malart. ¿Qué te interesa explorar al combinar la tensión psicológica con una radiografía social?
El objetivo es indagar en el ser humano, con sus luces y sus sombras. Y como lo social está conformado por individuos, para comprender el “todo” considero que antes hay que analizar las partes. En mi opinión, solo desde la exploración interna podremos acceder a las claves de lo externo. La novela negra es el marco ideal para llevar a cabo la crítica social. Y la psicología, una grandísima herramienta para tratar de esclarecer por qué hacemos lo que hacemos. Por último, si pones a los personajes bajo prensión creciente, además de obtener una valiosa tensión narrativa, resuelves de paso la mayor parte de las variables de la ecuación. Al menos, en principio.
- El estilo narrativo de «La mujer de Judas» es directo, veloz, con una intensidad que se mantiene de principio a fin. ¿Cómo trabajas el ritmo en tus novelas? ¿Eres un autor de estructuras previas o de escritura intuitiva?
Respecto a la segunda pregunta, depende. Con las novelas de Milo, y debido a la dichosa línea de investigación, me veo obligado a hacer una planificación exhaustiva de todo el artefacto, lo que incluye la línea temporal, el diseño de la trama principal y las subtramas, los giros, los sembrados y demás. En cambio, con Jabo, nada de esto fue necesario. Me enfrenté a solas con la idea, el personaje y la página en blanco, sin una sola ficha ni escaleta ni dosier sobre la mesa. No te imaginas el gozo de la escritura intuitiva. Fue tan mágico que, de hecho, por eso me dedico a lo que me dedico desde entonces. Sigo anhelando encontrar aquella sensación tan climática en todo lo que escribo. Por ello, cuando estoy en pleno volcado de un Malart, dejo que Milo tome el mando de vez en cuando con sus diálogos y réplicas para recuperar así el placer absoluto de la escritura. Lo curioso es que, años después, soy capaz de detectar qué escenas fueron escritas “por él” y cuáles por mí. Por cierto, no me duele reconocer que las “suyas” me parecen mejores que las mías. Respecto a cómo trabajo el ritmo, la respuesta vuelve a ser la misma: depende. Con Milo, todo está estudiado previamente, de manera pormenorizada, incluso a veces hasta el extremo de medir el minutaje. En definitiva, yo marco el ritmo. Con Jabo fue muy diferente. Me puse en su piel, empaticé con su situación y perfil, y luego me dejé llevar por su voz y punto de vista. Él marcó el ritmo. Fue un trayecto mucho más corto, pero la intensidad me dejó estragado, como si hubiera vuelto de un largo viaje por el infierno.
- La adaptación televisiva de «El verdugo de Gaudí» para Netflix marcará sin duda un antes y un después. ¿Cómo ha sido para ti el proceso de ver el universo Malart cobrar vida en pantalla? ¿Has participado directamente en la adaptación?
El proceso fue muy emocionante. Ver a más de cien profesionales afanándose en recrear una escena que tú habías escrito en la soledad de tu estudio, y que solo habías visto en tu mente, me puso la piel de gallina. Es difícil describir la sensación. Un ejemplo: hubo ocasiones en que me quedé sin habla, con los ojos empapados y el corazón desbocado (y procurando disimular). Ahora está en fase de montaje y me muero de curiosidad por ver el resultado final. Hubo también, como es lógico, momentos completamente opuestos. El lenguaje de la pantalla es diferente al del papel, y la sensibilidad del director y guionistas no tienen por qué coincidir con la mía. Me costó procesar que ahora la criatura era suya. Una vez logrado, asistí a los rodajes como un niño ante la cabalgata de los Reyes Magos. Y sí, me dejaron participar en la adaptación. Pude sugerir, apuntar, proponer, objetar…, pero ya sabes, donde manda patrón, pocas veces manda marinero.
- En Francia has vendido miles de ejemplares y cuentas con una base de lectores sólida. ¿A qué atribuyes este éxito internacional? ¿Qué lectura crees que hacen fuera de España de tus novelas?
La verdad, no me lo explico. Después de pensarlo mucho he llegado a varias hipótesis. La primera, porque tal vez el perfil de Milo encaja como un guante con el perfil de muchos franceses. Ellos lo definen como électron libre, y es una descripción bastante acertada por su carácter ingobernable y rebelde ante la jerarquía. Si a esto le añades su profunda humanidad, su firmeza guerrera a situarse siempre al lado de las víctimas, su vehemencia en contra de cualquier tipo de injusticia, y le sumas su peculiar eficacia a la hora de resolver los casos, más basada en la empatía que en la criminalística, ahí podría estar una de las posibles razones. Otra sería la localización: Barcelona. La adoran, y puede que les haya sorprendido descubrir la otra, la ciudad que se esconde detrás de la postal turística. Si además las tramas son algo diferentes a las habituales, y los registros están en constante evolución, tal vez les haya supuesto un acicate de lectura. Pero insisto en que solo formulo hipótesis. Para mí, esto que denominas “éxito internacional” es un regalo inmenso y muy generoso. En Rumanía también funciona muy bien y ahora van a publicar la segunda entrega. Vamos a ver qué ocurre en Italia, Polonia, Alemania, Hungría, China…, unos países con perfiles muy distintos. En fin, cruzo los dedos.
- En «La mujer de Judas», la violencia no solo es física, sino también mental, emocional, sutil. ¿Te interesa más ese tipo de violencia invisible y cotidiana que la explícita?
Sin ninguna duda. Pero vayamos por partes. Como escritor, lo que me interesa es analizar el proceso que conduce hasta la violencia contra un semejante, sea esta la que sea. La explícita, de entrada, me supone un desafío menor. El punto de partida puede ser el mismo, y por supuesto me interesa investigar el escalado de tensión hasta llegar al estallido final. Sin embargo, la violencia sutil y emocional me resulta un reto mayor ya que requiere otro tipo de mentalidad mucho más compleja. Poner bajo el microscopio a una persona capaz de llevarla a cabo, estudiar sus motivaciones, tratar de averiguar el origen, sus demonios y traumas (si los tiene), cómo alguien puede llegar a ejercerla de manera tan fría y despiadada, los mecanismos que se activan en su mente, el progresivo desarrollo de deshumanización, etcétera, etcétera, me supone un terreno mil veces más enigmático y sugerente. Te cambio una docena de barriles de sangre por una sola frase de P. Highsmith.
- Milo Malart es ya uno de los grandes personajes de la novela negra española contemporánea. ¿Qué te queda por contar con él? ¿Veremos una quinta entrega?
En primer lugar, te agradezco mucho tus palabras. Y respondiendo a tu pregunta, puedo asegurarte que Milo Malart no ha hecho más que empezar. En su día lo diseñé para que tuviera un largo recorrido, por aquello de estar preparado ante los inescrutables caminos del destino, y ya tengo una quinta entrega a punto de volcado. En la última página de la cuarta ya puse en sobre aviso al lector de los cambios que Milo podía experimentar. Para cualquiera de nosotros, crecer es evolucionar, y como él, al menos para mí, es un ser vivo, también está en constante proceso de crecimiento. Llevo conviviendo con Milo cerca de quince años, a todas horas; duermo con él, me levanto a su lado, nos duchamos juntos, comemos, paseamos, escribimos, pedaleamos en tándem…, así pues no te extrañe que lo considere un ser vivo. Y no, no he perdido un tornillo, es solo mi manera de entender este oficio. Pues bien, a pesar de lo mucho que le conozco, confieso que a día de hoy todavía se me escapa, que hay salidas suyas que no me espero y que algunas de sus reacciones me descolocan. Si te paras a pensar, no es algo tan inusual. ¿Cuándo podemos afirmar que conocemos completa y realmente a una persona? Si no somos unos ilusos, la respuesta es “nunca”. En resumen, me quedan muchísimas cosas que contar de Milo. Y no lo dudes, las sorpresas están aseguradas para el lector (y para mí).
- Has dicho que la novela negra psicológica es tu universo preferido. ¿Qué posibilidades encuentras ahí como escritor que no te ofrece el policial más clásico o el thriller convencional?
Básicamente, me abre la posibilidad de caminar por senderos menos trillados, alejarme del “más de lo mismo” y adentrarme por territorios distintos a los clásicos y convencionales. Adoro complicarme la vida, y de paso complicársela a Milo. De ahí que cada entrega tenga una estructura diferente y un cambio de registro. El día que me vea tentado de describir una persecución a tiros por las calles, o necesite incluir una femme fatale con zapatos de tacón y vestido ajustado, cuelgo los hábitos. Aunque ahora que lo pienso, una novela negra psicológica con estos dos elementos tampoco estaría mal como experimento, ¿no crees?
- ¿Eres un autor caótico u ordenado?
Con los Milo Malart, ordenado, muy ordenado, exageradamente ordenado. Pero por necesidad, no por elección. Una novela negra contiene tantos elementos y tan variados que no podría, o al menos yo no sabría, levantar todo el edificio de otro modo. Empleo un año entero como mínimo en la preparación, diseño y documentación. Una vez lo tengo todo decidido, me la explico por escrito paso a paso, por orden, sin dosificar la información. Esto me permite comprobar si me dejo algún detalle o algo no acaba de encajar, y así verificar la solidez del artefacto. Y cuando logro estar convencido de principio a fin, desordeno las piezas, dosifico la información para el lector y comienzo con el volcado. Sin orden, me sentiría perdido. Además, del caos ya se encarga Milo. Con un personaje tan imprevisible como él, capaz de desbaratarte cualquier hoja de ruta con una sola de sus réplicas, más me vale ser ordenado para no acabar en un psiquiátrico.
- En el eterno debate entre el libro electrónico, el audiolibro y el libro en papel, como lector ¿por cuál te inclinas?
Por el papel, sin duda. Y no es por romanticismo, sino porque cada libro que cae en mis manos normalmente termina lleno de pósits y anotaciones a lápiz en los márgenes. Soy un lector que estudia lo que lee, que analiza los textos para descubrir las maquinarias internas y que trata de aprender nuevos recursos narrativos así como desechar los más manidos. De esta forma, luego, una vez ya en la estantería, los puedo encontrar con un simple golpe de vista. Esto solo me lo permite el papel. Y sí, el hábito de leer con ojos de autor es un fastidio, pero también muy útil para evolucionar.
- ¿Qué libro te espera en tu mesita de noche hoy?
“La chica muerta favorita de todos”, de Beatriz García Guirado, publicado por la editorial Libros del K.O. La idea de la autora me parece magnífica: contar un true crime desde el punto de vista de la víctima, en este caso Elizabeth Short, conocida como la Dalia Negra, y mostrarla como una persona real y no como un mero cliché sensacionalista y macabro.
Muchas gracias por la entrevista, Violant.








