DEL PAPEL A LA NUBE
Los consorcios, barrios cerrados y urbanizaciones crecieron en las últimas décadas como forma de vida para millones de personas en nuestro país. Sin embargo, en muchos consorcios, el modelo de la administración de la vida comunitaria no logró evolucionar al ritmo de las necesidades de sus habitantes.
Todavía hay edificios donde se reparte papel puerta a puerta, se firman planillas a mano y se hace una asamblea anual que pocos entienden y menos aún disfrutan.
Como especialista en tecnología aplicada a la vida en comunidad, he visto cómo lo que debería ser simple se vuelve frustrante por falta de organización y herramientas adecuadas. La administración de consorcios fue, durante años, una actividad artesanal: llena de papeles, planillas de Excel y procesos largos y poco claros», indica Martin Eliçagaray, especialista en Tecnología aplicada a la Propiedad Horizontal
Eso no solo perjudica la eficiencia, también desgasta el clima de convivencia: «Porque, seamos honestos, pocas cosas generan más malestar que una expensa mal explicada o una decisión inconsulta sobre un gasto común», añade el especialista y Founder Simple Solutions.
Hoy, la tecnología nos permite dar un salto cualitativo. Gestionar un edificio o un barrio privado con herramientas digitales no es solo una comodidad: es una necesidad. La digitalización permite transparencia, trazabilidad, agilidad y control; todos valores que los vecinos agradecen cuando se trata de su dinero y de los espacios donde viven sus hijos.
«Simplificar no es hacer menos, sino hacer mejor», sentencia Eliçagaray.
Automatizar procesos, permitir pagos online, enviar notificaciones móviles, agendar reuniones virtuales o controlar el acceso con un código QR son gestos que pueden cambiar la relación que tenemos con nuestro entorno.
Todo esto permite devolver la confianza en una administración transparente, ordenar el día a día y evitar conflictos innecesarios.
Pero este cambio no depende solo de la tecnología. Requiere una transformación cultural.
El profesional resalta que hay administradores que llevan años haciendo las cosas “a la antigua” y sienten que cambiar es perder control: «Hay vecinos que desconfían de lo nuevo por miedo a no entenderlo».
El desafío, entonces, es doble: construir soluciones fáciles de usar, pero también acompañar a quienes deben implementarlas con capacitación, escucha y paciencia.
Como sociedad, deberíamos pensar la vivienda como algo más que metros cuadrados. Vivir en comunidad implica aprender a organizarnos, comunicarnos, respetarnos y decidir juntos. Y para eso, la tecnología es una aliada.
No hay fórmulas mágicas, pero sí una convicción firme: cuanto más simples y transparentes sean los mecanismos de gestión, más sano será el vínculo entre vecinos y más fuerte, la confianza en lo colectivo. Porque al final del día, todos queremos lo mismo: un lugar donde vivir tranquilos, sabiendo que las cosas funcionan.
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