La situación en la Franja de Gaza ha alcanzado niveles de sufrimiento que desafían cualquier justificación política o militar. Más de dos millones de personas sobreviven entre escombros, sin agua potable, sin medicamentos, sin alimentos, y ahora, sin acceso a la ayuda humanitaria que podría aliviar mínimamente su tragedia. El retraso en la reapertura del paso de Rafah, anunciado por las autoridades israelíes, no es solo una decisión logística: es una negación directa del derecho a la vida.
La ayuda humanitaria no puede ser moneda de cambio. Condicionar el ingreso de suministros básicos a la entrega de cadáveres es una práctica que deshumaniza a las víctimas y convierte el dolor en herramienta de presión. Hamás ha devuelto nueve cuerpos, y ha solicitado equipos especializados para recuperar los restos de otros 19 rehenes. Pero Israel no autoriza el ingreso de esos equipos. ¿Qué sentido tiene exigir algo que se impide realizar?
Mientras tanto, el alto el fuego se desangra lentamente. Al menos tres palestinos han muerto por disparos israelíes en las últimas horas, según Al Jazeera. ¿Qué tipo de tregua permite que continúe la violencia? ¿Qué tipo de paz se construye sobre amenazas y condiciones imposibles?
Miles de palestinos desplazados han regresado a sus hogares solo para encontrar ruinas. Umm al-Abed al-Fioumi, una residente de Gaza, lo expresa con una claridad que no necesita interpretación: “No hay trabajo, ni comida, ni bebida, ni vivienda, y ahora se acerca el invierno. No tenemos mantas. Me fui y mi casa fue destruida, y todavía estoy en la misma situación.” Su testimonio no es una excepción: es el reflejo de una catástrofe colectiva.
La comunidad internacional no puede seguir mirando hacia otro lado. La reapertura de Rafah debe ser inmediata y sin condiciones. La ayuda humanitaria debe fluir libremente. Los equipos de rescate deben ingresar. Y el alto el fuego debe respetarse con rigor. No hay excusas válidas cuando la vida de millones de civiles está en juego.
Este medio defiende una salida basada en la noviolencia, en el respeto a los derechos humanos y en la reconstrucción social. Gaza no necesita más armas, necesita mantas, pan, agua, medicinas y dignidad. La política debe estar al servicio de la vida, no de la venganza.
La historia juzgará a quienes hoy tienen el poder de aliviar el sufrimiento y eligen prolongarlo. Que no sea demasiado tarde para cambiar el rumbo. Porque cada día que Rafah permanece cerrado, cada hora que la ayuda se bloquea, cada minuto que la tregua se rompe, es una condena silenciosa para quienes ya han perdido casi todo.
Gaza no puede esperar más. Y nosotros tampoco.
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