Por Malena Gepeto | Opinión – Globatium
Durante el último siglo, las fuerzas armadas de Estados Unidos han demostrado una eficiencia técnica incuestionable. Su capacidad logística, supremacía aérea, dominio tecnológico y coordinación operativa han sido exhibidos en decenas de intervenciones militares alrededor del mundo. Desde bombardeos quirúrgicos hasta invasiones a gran escala, el aparato militar estadounidense ha probado, una y otra vez, que sabe cómo destruir objetivos, doblegar ejércitos y alterar el curso político de otros países.
Sin embargo, esa demostración de poder duro contrasta con una pregunta incómoda: ¿por qué esa misma institución, que se proclama defensora de valores superiores, no muestra una supuesta “valía moral” para remover a un líder que muchos consideran peligroso, un aprendiz de tirano tintado de naranja como Donald Trump?
Poder militar y límites democráticos
La respuesta no radica en una falta de coraje ni en incoherencia ética, sino en los límites que impone el propio sistema que las fuerzas armadas dicen defender. En su diseño formal, no son un actor político autónomo. Su lealtad no está puesta en una persona ni en una idea abstracta de moralidad, sino en la Constitución y en el orden civil que de ella emana.
Esa distinción, que suele diluirse cuando se observan intervenciones en países del sur global, se vuelve central puertas adentro. En Estados Unidos, el relato fundacional se construyó sobre el principio del control civil sobre las fuerzas armadas, considerado un pilar irrenunciable de la república.
Lecciones desde América Latina
La historia latinoamericana ofrece ejemplos de sobra sobre lo que ocurre cuando los militares deciden erigirse en árbitros morales de la política. Golpes de Estado justificados en nombre del orden, la patria o la salvación nacional terminaron, casi siempre, en dictaduras sangrientas y sociedades traumatizadas.
Estados Unidos, que ha promovido o tolerado muchas de esas rupturas institucionales en el exterior, ha mantenido hacia adentro una narrativa distinta: la neutralidad política como disciplina institucional.
¿Qué significa actuar moralmente?
La pregunta no debería ser por qué los militares no derrocan a un líder perturbado, sino qué significa realmente la valía moral en una democracia. Para el alto mando militar estadounidense, actuar “moralmente” no implica corregir por la fuerza lo que consideran un desvío político, sino precisamente abstenerse de hacerlo.
Esta postura no elimina las contradicciones. Resulta difícil sostener un discurso de superioridad ética cuando el mismo ejército que se declara fiel a la Constitución ha participado en guerras preventivas, ha respaldado regímenes autoritarios aliados y ha causado millones de muertes civiles en nombre de la libertad.
El peligro de abrir la puerta
Permitir que los militares decidan cuándo un presidente deja de ser legítimo abre una puerta que, una vez abierta, es casi imposible de cerrar. Hoy podría tratarse de un dirigente autoritario y grotesco; mañana, de cualquier otro que incomode a los uniformados.
La fidelidad a la Constitución, entendida como obediencia al orden civil incluso cuando este produce resultados indeseables, es el dique que impide esa deriva.
Conclusión
La eficiencia técnica de las fuerzas armadas de Estados Unidos es evidente y medible. Su supuesta valía moral, en cambio, no se expresa en la capacidad de derrocar tiranos domésticos, sino en la renuncia consciente a hacerlo. Esa renuncia no absuelve sus crímenes en el exterior ni borra sus hipocresías, pero explica por qué, frente a un líder tintado de naranja y con pulsiones autoritarias, el uniforme permanece en el cuartel y no en el palacio.
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