La caña, una planta exótica e invasora que abunda en las riberas de muchos ríos, balsas y canales, puede favorecer el crecimiento de las poblaciones de mosquito común en ausencia de depredadores naturales.
Cuando la hojarasca de esta planta se acumula, cambia radicalmente las propiedades químicas del agua y la composición de las comunidades biológicas en el medio, lo que facilita el desarrollo de las larvas de mosquito en los ecosistemas de agua dulce.
Esta es una de las conclusiones de un estudio publicado en la revista ‘NeoBiota’ y dirigido por Alberto Maceda, miembro del grupo de investigación Forestream de la Facultad de Biología y el Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio), de la Universidad de Barcelona (UB).
En el trabajo colaboraron expertos del Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA-UAB), el Servicio de Control de Mosquitos (SCM) del Consejo Comarcal del Baix Llobregat, la Universidad de Sevilla, la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) y las universidades de Fráncfort (Alemania), Florida (Estados Unidos) y Cardiff y Chester (Reino Unido).
Aún no se conocen bien los impactos ecológicos de las plantas invasoras de ribera a escala de ecosistema, más allá del impacto en algunos grupos de organismos concretos o en las condiciones ambientales. Además de alterar la biodiversidad y la composición del entorno natural, la vegetación de ribera exótica e invasora puede afectar al bienestar humano.
ACUARIOS
En el estudio, el equipo utilizó unos acuarios experimentales (microcosmos) para analizar el impacto ecológico que tendría sustituir el carrizo autóctono (‘Phragmites australis’) por la caña (‘Arundo donax’), una especie catalogada como invasora y de aspecto similar.
En presencia de ‘A. donax’, las larvas de mosquito sobrevivieron y crecieron más y con mayor rapidez. La causa de este incremento es el porcentaje de hojarasca de ‘A. donax’, que alteró la fisicoquímica del agua y la composición de las poblaciones de organismos conocidos como microeucariotas -protozoos, hongos y otros organismos microscópicos-, que son básicos para el funcionamiento del ecosistema.
El estudio refleja un efecto ecológico drástico, incluso con concentraciones bajas de ‘A. donax’ en comparación con ‘P. australis’. “Este efecto lo catalizaron los cambios en la calidad del agua y en la abundancia de ciertos grupos de microeucariotas, como los flagelos y las amebas, que forman parte de las redes tróficas microbianas de las que se alimentan las larvas de mosquito común ‘Culex pipiens’”, detalla Maceda.
“El mosquito común puede ser vector de enfermedades de relevancia médica y veterinaria. Identificar qué plantas favorecen la proliferación de los mosquitos contribuye a conocer las complejas relaciones que establecen las especies en la naturaleza y, de paso, ayuda a los servicios de control a predecir dónde pueden encontrar más larvas y aplicar métodos de control, en su caso, por el riesgo para las personas”, añade Maceda.
GESTIÓN AMBIENTAL
La caña, que resiste a las altas temperaturas estivales, suele producir una gran biomasa y se está utilizando incluso para producir fuentes alternativas de energía.
En estudios anteriores, el equipo había descrito los potenciales efectos positivos de la especie, puesto que proporciona refugio y protección a los peces nativos en ríos con una cobertura típicamente pobre de vegetación de ribera alta.
Ahora, los resultados del nuevo trabajo aportan una inesperada dimensión de los efectos ecológicos de esta planta invasora en las zonas de ribera. “En los ecosistemas de agua dulce más alterados por la contaminación química, a menudo faltan los depredadores acuáticos naturales de las larvas, como los peces y los odonatos. Muchas larvas implican muchos mosquitos adultos, que pueden llegar a causar molestias a los humanos, e incluso problemas sanitarios”, indica Maceda.
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