En su segunda novela—tras el aplaudido debut La noche de arena—Trifón Abad confirma su prometedor paso por el thriller español con La víctima perfecta (Grijalbo, julio de 2025). En sus 352 páginas se articula un secuestro tan extraño como angustioso, un rompecabezas psicológico que revela a una potente voz en el panorama nacional de novela negra.
La premisa inicial es sencilla pero potente: Gonzalo, un niño adoptado, alumno de altas capacidades, retraído, rodeado de admiradores por su talento —su profesor de ajedrez, su familia adoptiva—, se convierte en la “víctima perfecta”. No por su debilidad, sino justamente por sus características: los abductores lo eligen por ser un objetivo improbable, fuera del radar. El narrador, implícito entre las líneas, lanza una pregunta que late en cada página: ¿quién puede secuestrar a un niño así?
Lo que sigue es una “angustiosa cuenta atrás”, como lo describe la contraportada: una forma de contar la tensión sin arquetipos, sin policía novelado ni héroes simbólicos, sino testigos atrapados entre el miedo y la impotencia.
Trifón Abad nos habló de ella:
La víctima perfecta gira en torno al secuestro de un niño especial. ¿Cómo nació la idea de este personaje, Gonzalo? ¿Qué buscabas explorar con él?
Desde una perspectiva psicológica, me interesan los perfiles que se salen del molde habitual. La idea de desarrollar una trama que tuviera como elemento central a un preadolescente brillante, capaz de detectar detalles o secretos de la gente de su entorno que otros no percibirían, me pareció una idea muy sugerente, además de un reto desde el punto de vista narrativo.
En esta novela hay una tensión sostenida sin necesidad de violencia gráfica. ¿Crees que el thriller psicológico aún tiene espacio en un mercado saturado de giros y crímenes espectaculares?
Sí, absolutamente. Me gustan las historias en las que se evocan la inquietud o la tensión sin necesidad de que se muestren escenas de violencia explícita. Si logras esa resonancia emocional en el lector, es porque funciona lo que propones. Vivimos tan saturados de estímulos que lo invisible, lo inexplicable, puede resultar muy desasosegante. Eso es lo que esperamos de un buen thriller, ¿no? Ese momento perturbador en el que nos sentimos perdidos, pero al mismo tiempo confiamos en que pronto comenzaremos a ver cierta luz.
La estructura del libro recuerda a un tablero de ajedrez, con movimientos silenciosos pero decisivos. ¿Qué importancia tiene el ritmo narrativo en tu escritura?
Me parece muy interesante lo que sucede con el ritmo narrativo, al menos lo que me sucede a mí. Desde el punto de vista estructural, necesito dominarlo a la hora de arrancar con la historia, de presentar a los personajes, de articular el conflicto…, pero llega un momento en el que todo se me va de las manos. Si no pierde el control, me aburro, y creo que eso es lo peor que le puede suceder a un escritor. Pasa como con esas partidas de ajedrez, sean del nivel que sean, en las que todo comienza despacio, a modo de tanteo, hasta que en un momento determinado el juego se desata: intercambio de piezas, errores fatales en los que no hay vuelta atrás, movimientos inesperados, la tensión ante el próximo paso del rival… Ese es el momento más divertido de todo el proceso. Después siempre habrá tiempo para ajustar y reestructurar escenas, giros o subtramas, pero ese momento en el que todo comienza a fluir es el mejor.
¿Cómo fue el proceso de documentación o inmersión en temas como la infancia, el trauma o los secuestros reales? ¿Consultaste casos reales?
Sí, tuve que investigar principalmente sobre las altas capacidades en la infancia, así como acerca de algunos aspectos puntuales sobre casos reales similares, pero únicamente lo hice para confirmar que no me desviaba de la realidad. Para mí, lo fundamental era lograr verosimilitud en el clima emocional que se desencadena ante la pérdida en el entorno familiar.
El libro plantea una pregunta inquietante: ¿puede alguien convertirse en víctima por ser “demasiado perfecto”? ¿Qué te interesaba de ese planteamiento moral?
Por definición, en las novelas negras y en los thrillers, el suceso desencadenante aflora por un móvil. Gonzalo es el núcleo en torno al que orbita una serie de personajes que esconden miserias personales, secretos o emociones oscuras que el lector irá descubriendo. Me atraía la idea de plantear la inteligencia como una posible amenaza. No se trata de que la perfección sea la causa del móvil necesariamente, sino de explorar el hecho de que esto pueda generar tal rechazo, envidia o desconfianza en los demás que les lleve a perpetrar el crimen.
En tu primera novela, La noche de arena, había una tensión existencial cercana al minimalismo emocional. ¿Crees que esta nueva obra amplía ese universo o supone un giro?
La víctima perfecta conecta con el universo narrativo iniciado en La noche de arena, ampliándolo. Aunque ambas se sitúan en la Región de Murcia, esta segunda novela se desplaza del entorno rural a la capital, y de un mundo más periférico al de las familias aparentemente intachables, donde todo brilla solamente en la superficie. Si La noche de arena era más introspectiva y contenida, aquí el tono es más oscuro, más maduro y también más arriesgado. Además, a diferencia de la anterior, La víctima perfecta introduce a figuras policiales como la inspectora Alarcón y el subinspector Suances, ampliando el espectro narrativo hacia el thriller más clásico, pero sin perder la carga psicológica ni la complejidad emocional. En cuanto a quienes leyeron La noche de arena y echen de menos al detective Robles, se llevarán una sorpresa que conecta ambas historias.
En la historia, el tiempo pesa casi como un personaje más. ¿Cómo trabajas la temporalidad en tu escritura?
Me propuse que el tiempo en La víctima perfecta no actuara como simple marco, sino que funcionara como un elemento narrativo activo. Desde que Gonzalo desaparece, el paso de los días adquiere un peso emocional, de urgencia, que cae sobre los personajes y también sobre el lector. Existe una cuenta atrás que, aunque no se menciona explícitamente, late en el hilo narrativo. También iremos descubriendo elementos del pasado a medida que avanza la investigación. Por otro lado, la novela está planteada en capítulos cortos con su propio título, lo que de alguna manera los dota de cierta unidad, y procura establecer un ritmo marcado.
¿Cómo fue tu experiencia trabajando con Grijalbo en esta segunda novela? ¿Ha cambiado tu relación con la edición desde tu primer libro?
He de reconocer que en esta segunda novela me he exigido más como autor. La complicación de la trama hizo que el trabajo de corrección fuera bastante laborioso. Es ahí donde más he agradecido la profesionalidad del equipo editorial de Grijalbo. Ha sido un proceso basado en el diálogo, la colaboración y la confianza en mantener mi voz, incluso cuando eso implicaba alejarse un poco de lo convencional.
¿Qué autores, dentro o fuera del thriller, han influido en la escritura de La víctima perfecta?
Me atraen los autores que anteponen la ambigüedad moral o la tensión psicológica a la acción pura y dura, aunque este sea un elemento necesario. Suelo citar a Patricia Highsmith porque sus novelas me marcaron y sigue siendo una influencia evidente por su habilidad para moverse en zonas grises y generar desasosiego sin necesidad de epatar artificialmente. Por otro lado, me ha servido a Jo Nesbø como referencia en el ritmo, por su forma de estructurar los capítulos, breves y adictivos, que ayudan a mantener una tensión constante. También siento como influencia la capacidad de Toni Hill para combinar la profundidad emocional y el suspenso en escenarios cercanos y reconocibles.
¿Hay alguna escena o pasaje del libro que te haya resultado especialmente difícil o doloroso de escribir? ¿Y alguna que te dejara especialmente satisfecho?
Algunas escenas de acción policial las tuve que reescribir varias veces porque quería que fueran verosímiles y tensas, pero al mismo tiempo temía caer en lo efectista. Para esto pedí ayuda a amigos policías que me orientaron sobre los procedimientos y sobre ciertos matices del lenguaje. También algunos interrogatorios fueron difíciles de escribir, más que por dolorosos, por tener que dosificar la información a cuentagotas manteniendo la tensión. Por otro lado, disfruté ideando los giros de la trama, también las escenas en las que se va estableciendo la conexión personal entre Suances y Alarcón y, por supuesto, los capítulos en los que aparece Robles. Es muy satisfactorio tomar conciencia de que todo acaba encajando porque forma parte de un mismo universo narrativo.








