Montreal, Canadá – Claudia Aranda
Algunas guerras se justifican con mapas, otras con dogmas y otras con petróleo. Pero las más peligrosas se alimentan de símbolos. Y no hay símbolo más inflamable que un templo ancestral disputado por dos pueblos heridos.En el corazón selvático de Asia, la piedra tallada de los templos de Shiva ha vuelto a resonar bajo fuego cruzado. Preah Vihear y Ta Muen Thom ya no son solo ruinas sagradas: son trincheras. Y lo que está en juego no es solo territorio: es la dignidad nacional, la memoria colonial y el derecho a nombrar la historia.
En la mañana del 24 de julio de 2025, seis puntos fronterizos entre Camboya y Tailandia estallaron en combates reales. Cohetes BM-21 lanzados desde el lado camboyano impactaron en la provincia tailandesa de Surin, matando a once civiles, incluido un niño de ocho años. La respuesta tailandesa fue inmediata: aviones de combate F-16 sobrevolaron la frontera y bombardearon posiciones militares camboyanas cerca del templo Prasat Ta Muen Thom. La guerra dormida había despertado.
No era la primera vez. Desde el fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de 1962, que otorgó a Camboya la soberanía sobre el templo de Preah Vihear, ambos países arrastran un desacuerdo latente sobre las tierras adyacentes. Esta disputa, agravada por mapas coloniales, intereses políticos internos y recuerdos nacionalistas sin resolver, ha convertido a los templos hindúes del siglo XI en epicentros del conflicto contemporáneo.
Preah Vihear no es solo un complejo arquitectónico. Ubicado a 525 metros sobre el nivel del mar en las montañas Dângrêk, representa para Camboya un símbolo sagrado de su herencia jemer, y para Tailandia, una parte irremplazable de su imaginario nacional. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008, lo que reavivó las tensiones regionales. El punto de conflicto más reciente es Ta Muen Thom, otro santuario hindú del siglo XI, rodeado de selva y estratégicamente ubicado a lo largo de una de las rutas militares históricas entre ambos países.
Este conflicto no puede entenderse sin examinar la arquitectura oculta del poder que lo sustenta. Tailandia, gobernada por una coalición inestable y marcada por crisis internas, ha instrumentalizado el nacionalismo fronterizo como válvula de escape. Camboya, bajo el primer ministro Hun Manet, hijo del veterano líder Hun Sen, recurre a la defensa del patrimonio como estandarte de su soberanía. Ambas naciones han utilizado los templos no solo como marcadores geográficos, sino también como monumentos de guerra que confieren legitimidad política y consolidan narrativas identitarias.
La dimensión humanitaria es alarmante. Los enfrentamientos del 24 de julio dejaron al menos doce muertos, decenas de heridos y obligaron a evacuar entre 40.000 y 86.000 personas, según diversas fuentes regionales. Las aldeas cercanas a los templos han quedado vacías; los hospitales han sufrido daños, las escuelas han cerrado y las fronteras están completamente selladas. Se han retirado las embajadas. Las acusaciones mutuas se intensifican.
Y mientras los proyectiles vuelan, el mundo reacciona como si ya lo hubiera previsto. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), presidida este año por Malasia, ha llamado al diálogo. Estados Unidos emitió una advertencia formal. Israel, irónicamente, ha aconsejado a sus ciudadanos evitar las zonas fronterizas debido al «grave riesgo de inestabilidad». Pero es China quien ocupa el centro silencioso de esta escena.
El papel de China es estratégico y revelador. En el corto plazo, su ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, se ofreció a mediar en la disputa, apelando a una postura justa e imparcial y a los principios de cooperación regional. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Guo Jiakun, declaró públicamente que China está profundamente preocupada por los enfrentamientos y confía en que las partes resolverán sus diferencias mediante el diálogo. Más allá de la retórica, la postura de China responde a intereses geopolíticos estructurales.
Durante más de una década, Pekín ha cimentado su influencia en el Sudeste Asiático no solo con ferrocarriles y préstamos, sino también con narrativas. En un mundo cada vez más fracturado, China se posiciona como garante de la estabilidad frente al caos occidental. Su aparente neutralidad en esta guerra es, en realidad, un sofisticado acto de posicionamiento: mediador de paz y actor indispensable. Si Camboya y Tailandia se sientan a la mesa, no será por la ONU, sino por el peso de Pekín en el tejido económico y diplomático de la región.
Pero más allá de cumbres y cancilleres, algo más profundo está en juego. ¿Puede un templo ser motivo de muerte? ¿Puede un muro de piedra tallada con figuras de Shiva convertirse en una sentencia de desplazamiento masivo? ¿Qué clase de civilización hemos construido, cuando la espiritualidad ancestral se convierte en el detonante de la guerra moderna?
Camboya ha solicitado la intervención urgente y una resolución vinculante del Consejo de Seguridad de la ONU. También ha solicitado a la CIJ una nueva delimitación precisa de las tierras adyacentes a los templos, como continuación de la sentencia de 2011 que ordenó la retirada de las tropas de la zona de Preah Vihear. Tailandia, por su parte, ha acusado a Camboya de “violación territorial y agresión civil”, reforzando el despliegue militar en las provincias fronterizas de Sisaket y Surin.
En esta disputa, no hay invasores extranjeros ni ocupaciones coloniales, pero sí heridas coloniales sin resolver. La frontera entre Camboya y Tailandia se trazó con la tinta de los imperios: francés, siamés, británico. Y aunque los mapas han cambiado, la herida persiste. Preah Vihear es también la historia de cómo un pasado sin resolver envenena el presente.
Lo que presenciamos hoy no es un incidente aislado, sino un síntoma. Una advertencia. Y un reflejo.
Un espejo que refleja los mecanismos mediante los cuales las naciones manipulan los símbolos religiosos para galvanizar voluntades, justificar ofensivas y reprimir la disidencia. Un espejo donde la diplomacia pierde su sentido si no va acompañada de verdadera justicia y memoria. Un espejo donde, si nadie interviene con claridad y fuerza, los templos volverán a ser ruinas, no por el paso del tiempo, sino por el peso implacable de las bombas.
Claudia Aranda
Periodista, forma parte del equipo de la Redacción Chile de Pressenza.
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