Por: Marcial Hernández Rodríguez Useche Crespo bisnieto del General
Venezuela no solo ha perdido parte de su patrimonio. También ha ido perdiendo la conciencia de que la historia pertenece a todos y que conservarla es una responsabilidad colectiva.
Hay países que conservan su historia en sus edificios, en sus plazas, en sus monumentos y hasta en sus cementerios. No porque pretendan vivir en el pasado, sino porque entienden que una sociedad que conoce de dónde viene tiene más posibilidades de comprender hacia dónde va.
Venezuela posee un patrimonio extraordinario. Sin embargo, durante décadas hemos permitido que una parte importante de esa memoria sea modificada, deteriorada, abandonada o simplemente desaparezca sin que exista una explicación clara de lo ocurrido.
Un ejemplo especialmente significativo es el Palacio de Miraflores
A finales del siglo XIX, Joaquín Crespo adquirió el terreno conocido como La Trilla y construyó allí una residencia familiar. Aquel palacio no nació como sede del poder, sino como la casa de una familia y como expresión de una época de la historia venezolana.
Después vendrían los presidentes, los gobiernos, las transformaciones políticas y los cambios arquitectónicos. En 1901, durante el gobierno de Cipriano Castro, la Asamblea Nacional Constituyente autorizó al Ejecutivo a adquirir el Palacio de Miraflores para convertirlo en residencia presidencial. La documentación histórica demuestra, sin embargo, que aquella autorización no significó que la propiedad pasara automáticamente al Estado en ese momento. La adquisición definitiva se produjo años después, en el contexto de un proceso judicial y una subasta en 1911.
Ese detalle puede parecer menor, pero demuestra algo fundamental: la historia no debería construirse sobre versiones repetidas durante generaciones, sino sobre documentos.
Miraflores también permite comprender cómo se puede perder patrimonio sin que necesariamente desaparezca un edificio.
Con el paso del tiempo fueron modificados elementos de su arquitectura y decoración. Durante la modernización realizada bajo Marcos Pérez Jiménez, desaparecieron o fueron retirados numerosos elementos vinculados a la decoración original de la época de Crespo. Algunas piezas fueron recuperadas posteriormente, mientras que el destino de otras merece todavía una investigación patrimonial seria.
Eso es precisamente lo que debería hacer un Estado moderno: documentar, inventariar y garantizar la trazabilidad de su patrimonio.
Porque una pieza histórica no deja de ser patrimonio porque alguien la retire de un edificio. Si fue trasladada, debe saberse dónde está. Si fue restaurada, debe existir un registro. Si fue destruida, debe quedar documentado. Y si desapareció, la sociedad tiene derecho a conocer las circunstancias.
La misma tragedia puede observarse en otro lugar cargado de significado: el Cementerio General del Sur y, particularmente, el mausoleo de la familia Crespo.
El cementerio forma parte del patrimonio histórico venezolano y su zona central fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1982. Sin embargo, el mausoleo de Joaquín Crespo ha sufrido deterioro, profanación y pérdida de elementos, y en 2013 fueron denunciadas la desaparición de los restos de Joaquín Crespo y de su esposa, Jacinta Parejo.
No estamos hablando simplemente de una tumba. Estamos hablando de memoria nacional.
Joaquín Crespo puede despertar simpatía, rechazo, admiración o crítica. Eso pertenece al debate histórico. Pero ninguna de esas posiciones justifica destruir las huellas materiales de una época.
Conservar no significa glorificar. Conservar significa recordar
Una nación madura no elimina aquello que no le gusta de su historia. Lo estudia, lo contextualiza y lo conserva para que las generaciones futuras puedan juzgarlo con mayor conocimiento que nosotros
La Ley venezolana de Protección y Defensa del Patrimonio Cultural de 1993 es clara al considerar la defensa del patrimonio como una obligación prioritaria del Estado y de los
ciudadanos. La propia Constitución establece que los valores culturales y el patrimonio histórico forman parte de los bienes que deben ser protegidos, preservados, enriquecidos y restaurados.
Por tanto, el problema no es solamente político. Es cultural.
Un gobierno puede cambiar. Un presidente puede desaparecer de la escena. Un partido puede perder el poder. Una ideología puede quedar atrás. Pero un edificio histórico, una obra de arte, un mausoleo o un documento pueden sobrevivir durante siglos.
Por eso el patrimonio no debería pertenecer a una ideología, a un gobierno ni siquiera a una familia.
Pertenece a la memoria de una nación.
Y aquí aparece una de las grandes responsabilidades que Venezuela tiene consigo misma: recuperar la cultura del inventario, del archivo, de la documentación y de la conservación.
No basta con decir que algo es patrimonio. Hay que saber dónde está, en qué estado se encuentra, quién lo custodia, cuándo fue restaurado, qué intervenciones ha sufrido y qué ocurrió con cada pieza que alguna vez formó parte de él.
La memoria también necesita administración
Quizás esa sea una de las formas más profundas de entender el verdadero desarrollo de un país. Una sociedad desarrollada no es únicamente aquella que construye grandes edificios o inaugura modernas infraestructuras. También es aquella que sabe proteger aquello que recibió de quienes vivieron antes
Porque no somos dueños de la historia; somos custodios temporales de aquello que debemos entregar a quienes todavía no han nacido.
Nuestros hijos no podrán recuperar una pieza que hoy desaparezca. Tampoco podrán
reconstruir un documento que hoy se destruya, ni devolver a un mausoleo aquello que una generación permitió que se perdiera.
La historia no puede defenderse sola
Necesita instituciones, leyes, investigadores, archivos, periodistas, ciudadanos y, sobre todo, una sociedad que comprenda que destruir o abandonar el patrimonio es también destruir una parte de sí misma.
Venezuela no necesita vivir mirando hacia atrás. Necesita aprender a mirar hacia adelante sin borrar el camino que la trajo hasta aquí.
Porque un país que pierde sus edificios puede reconstruirlos. Un país que pierde su economía puede recuperarla.
Pero cuando una sociedad pierde definitivamente su memoria, pierde algo mucho más difícil de reconstruir: la capacidad de saber quién fue.



