Buenos Aires, Argentina – Guillermo Sullings
En los últimos años, hemos presenciado un notable avance de las derechas y ultraderechas a nivel mundial. Estas fuerzas políticas han ganado terreno electoral en numerosos países, llegando incluso al poder en varios de ellos. Desde una perspectiva económica, el neoliberalismo ha sido dominante durante décadas, representando los intereses del poder económico concentrado. Tradicionalmente, esta ideología presionaba tanto a gobiernos conservadores como progresistas para implementar políticas que favorecieran a la banca y al capital concentrado, manteniendo al mismo tiempo una apariencia de “corrección política” para adaptarse a los nuevos tiempos.
Así, hemos visto gobiernos que aplicaron políticas neoliberales mientras adoptaban posturas más modernas en otras áreas, como los derechos de las minorías, la protección ambiental y ciertas políticas públicas de contención social. Sin embargo, en tiempos más recientes han emergido los llamados “populismos de derecha”, que no solo reivindican un capitalismo salvaje y depredador, sino que también atacan abiertamente las conquistas sociales, convirtiendo ese ataque en su principal bandera política.
A través de la manipulación del discurso mediático y el uso estratégico de las redes sociales, estos movimientos logran que una parte significativa de la población cuestione la validez de dichas conquistas. Incluso movilizan a militantes que promueven el odio hacia inmigrantes, el colectivo LGBT, los ecologistas, el feminismo y, por supuesto, lo que denominan “populismo de izquierda” y sus políticas redistributivas.
El término “wokismo”, originalmente utilizado para expresar la necesidad de estar alerta ante la discriminación racial, especialmente hacia los afroamericanos, ha sido resignificado por la derecha. Hoy se emplea de forma peyorativa para describir lo que consideran una “dictadura cultural del progresismo”, enfocándose en exageraciones, dogmatismos y cancelaciones para atraer a sectores de la población que se sienten incómodos con el discurso progresista.
En este contexto, la derecha impulsa una nueva “Batalla Cultural”, opuesta a la formulada por el pensamiento gramsciano, con el objetivo de establecer una hegemonía ideológica conservadora.
Como en toda batalla, se definen dos bandos. A través de sus medios de comunicación y la manipulación digital, se demoniza y estigmatiza a quienes defienden los derechos humanos, la justicia social y el cuidado del medio ambiente, etiquetándolos como “seres miserables”, “escorias comunistas” y otros insultos que buscan deshumanizar al disidente, incluso justificando la violencia contra ellos.
Muchos jóvenes, quizás cansados de un progresismo “políticamente correcto” —y en ocasiones hipócrita—, encuentran en la derecha una nueva forma de rebeldía, adhiriendo a estos neofascismos. Esta estrategia maniquea no difiere mucho de la utilizada por el fascismo hace un siglo, que culminó en atrocidades históricas. Al igual que entonces, cuenta con el respaldo del poder económico, que se beneficia doblemente: por un lado, explota y depreda con la complicidad de los gobernantes; por otro, lo hace con el aval del apoyo popular de quienes, paradójicamente, respaldan a sus propios verdugos.
Ante este panorama, algunos —desde ambos bandos— se preguntan cómo ganar la batalla cultural para alcanzar la hegemonía que permita gobernar. Pero quizá la verdadera pregunta sea si la solución pasa realmente por librar esa batalla en ese terreno. O incluso más importante: ¿para qué se quiere ganar una batalla cultural y obtener la hegemonía? ¿Con qué propósito?
Una reflexión sobre hegemonía, poder y manipulación
Cuando Antonio Gramsci volcó su pensamiento en los cuadernos escritos durante su encarcelamiento bajo el régimen fascista italiano, los comunistas de la época no dudaban de que el comunismo era la solución política y económica. El desafío principal era cómo llegar al poder para aplicarlo: ¿a través de golpes palaciegos?, ¿mediante revoluciones y alzamientos populares?, ¿por procesos democráticos respaldados por masas proletarias organizadas en sindicatos?
La pregunta era cómo conquistar el poder y mantenerlo, cómo lograr que la sociedad lo respaldara y se convenciera. Pero pocos se preguntaban qué hacer con ese poder una vez obtenido, porque se suponía que la respuesta ya estaba clara: el comunismo era la solución.
Un siglo más tarde, tras la caída del socialismo real y el fracaso estrepitoso de las economías centralizadas, esa certeza ha quedado obsoleta. Hoy, quien se pregunte cómo alcanzar la hegemonía que permita gobernar con apoyo social, debería primero preguntarse qué hará con ese poder, ya que no parece estar muy claro, considerando las reiteradas frustraciones con gobiernos de distinto signo.
Tal vez sea hora de comprender que los bandos que hoy se disputan la hegemonía no son más que diferentes avatares de un mismo poder que permanece incólume, rigiendo los destinos de la humanidad bajo distintos disfraces. Desde hace tiempo, gobierne quien gobierne, la riqueza se concentra en pocas manos, el poder financiero domina el mundo, el planeta se sigue destruyendo, la violencia se perpetúa y escala, y cada vez más seres humanos son marginados del sistema.
Gobierne quien gobierne, todos parecen aceptar esta marcha hacia el abismo de la civilización: algunos lo hacen por convicción, otros por resignación. Algunos pisan el acelerador, otros intentan frenar sin éxito, pero todos sostienen el volante en la misma dirección.
Por eso, frente al avance de las ultraderechas, es un error pensar que la solución pasa por redoblar esfuerzos desde el progresismo para ganar la batalla cultural y recuperar la hegemonía. Toda batalla implica encerrarse en bandos, y lo que se necesita es comprender que el 99 % de la población comparte problemas similares, sufre los mismos temores y angustias ante un futuro incierto. La responsabilidad de esta situación no recae en ese 99 %, sino en el 1 % restante, que tiene un interés claro en dividirnos para que nos responsabilicemos mutuamente.
Ese 1 % manipula la información y la subjetividad de las personas, utilizando sentimientos como el odio, la envidia, el revanchismo y la discriminación para conformar bandos enfrentados que se distraen luchando entre sí. La historia ya ha mostrado lo que ocurre cuando se exacerban los peores sentimientos para incentivar la lucha entre bandos: varios genocidios comenzaron así, con gobiernos de distinto signo. Se ha deshumanizado a otros por su raza, clase social, religión, nivel educativo o nacionalidad, hasta llegar a una cosificación que justificaba cualquier matanza.
Esto ocurrió en la Europa dominada por los nazis, en la Unión Soviética, en China, Camboya, Ruanda, Sudáfrica, India, los Balcanes… solo por citar algunos ejemplos. Aunque hoy supongamos que no se llegará a tanto, la polarización actual ya es suficiente para impedir que las mayorías se reconcilien y abracen un proyecto común. La polarización demoniza al otro bando, y por lo tanto ningún razonamiento, argumento, fundamentación ni dato concreto puede ser considerado válido si proviene del bando contrario.
Giuliano da Empoli, en su libro Los ingenieros del caos, analiza cómo las redes sociales han sido utilizadas para manipular a las personas y lograr que apoyen determinados candidatos o políticas. La ultraderecha ha sido quien más provecho ha sacado de esta manipulación, sin reparos en difundir noticias falsas o apelar a los peores sentimientos humanos. Como bien señala el autor, la propaganda digital se alimenta de emociones negativas, porque estas aseguran mayor participación.
Las fake news que apelan a emociones negativas se viralizan rápidamente, mientras que sus desmentidas apenas se difunden. Si antes decíamos que el crecimiento actual de la ultraderecha tiene similitudes con los fascismos del siglo pasado, esta es otra coincidencia: la táctica de Goebbels del “miente, miente, que algo quedará”.
Este tipo de propaganda no se enfoca tanto en las virtudes del bando que la emite, sino en los defectos imperdonables del bando opuesto, al punto de deshumanizarlo por completo. Así, se llega a un punto en el que buena parte de la población apoya y tolera al peor de sus verdugos, con tal de que no gane el otro bando, al que le enseñaron a odiar.
Por todo esto, si realmente se busca una transformación profunda en las sociedades y un cambio sustancial en la dirección que lleva la civilización, no podemos plantearlo en términos de batalla cultural ni de puja entre bandos. Lo que se necesita es un salto evolutivo. Y eso implica muchas cosas, pero sobre todo, la épica de una ética que supere la mediocridad actual.
Más allá de bandos y mediocridad
Cuando hablamos de mediocridad, no nos referimos únicamente al individualismo, al odio, a la discriminación o a la crueldad de la ultraderecha. También incluimos las palabras huecas y la hipocresía del progresismo. Ambos extremos, aunque opuestos en apariencia, comparten una falta de profundidad ética que limita cualquier transformación real.
Tal vez sea momento de redefinir conceptos y utilizar palabras que reflejen con mayor precisión la necesidad de una nueva ética social. Por ejemplo, hablar de reciprocidad en lugar de solidaridad. Este último término suele asociarse al humanitarismo limosnero, mientras que la reciprocidad implica un sistema de relaciones comunitarias donde los miembros se comprometen a ayudarse mutuamente.
También deberíamos hablar de humanizar la mirada hacia los demás. Esto significa aplicar la antigua regla de oro: tratar a los demás como queremos ser tratados. De esa premisa se desprenden múltiples acciones y consideraciones que podrían desactivar la trampa de los bandos y fomentar una comprensión más empática de las ideas y sentimientos ajenos.
Asimismo, convendría hablar de liberación más que de libertad. La liberación es un proceso continuo, especialmente en una sociedad compleja y cambiante. La diferencia entre la libertad teórica y la libertad concreta nos obliga a revisar constantemente los términos en los que se plantea.
En cuanto al concepto de igualdad, es indiscutible que todos deben tener los mismos derechos y oportunidades. Sin embargo, la falta de oportunidades reales motiva propuestas compensatorias que suelen ser criticadas por los defensores de la meritocracia, quienes rara vez reconocen la desigualdad estructural de partida. Por eso, habría que plantear la igualdad de oportunidades como un requisito sine qua non para sostener un régimen de propiedad privada. En ese marco, el derecho de propiedad debería estar condicionado por el derecho a la igualdad de oportunidades, y no al revés. Si la concentración de riqueza impide esa igualdad, entonces es legítimo replantear el uso y la legitimidad del capital concentrado.
Pero por encima de todo, también deberíamos preguntarnos por el verdadero sentido de la vida humana, en contraste con el materialismo consumista y alienante que hoy se acepta como el principal organizador de la sociedad y la realización individual.
En definitiva, si de los laberintos se sale por arriba, entonces habrá que empezar a volar hacia nuevas utopías que resuenen con los sentimientos más profundos del ser humano. Porque no será suficiente con cambiar las prácticas democráticas, las técnicas económicas o la legislación. Todo eso debe ser consecuencia de un verdadero salto evolutivo.

Guillermo Sullings
Economista, miembro del Movimiento Humanista de Argentina, autor de varios libros entre los que destaca «Economía Mixta» y «Encrucijada y Futuro del Ser Humano – Los pasos hacia la Nación Humana Universal», publicados en diversos idiomas www.encrucijadayfuturo.org
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