¡Oh, sábado! ¡sábado bendito! día de descanso, de gozo, de embriaguez colectiva y, por qué no, de lluvia caprichosa que decide embadurnar calles y almas por igual. Porque si algo faltaba para coronar la grandeza del día era que el cielo mismo se hiciera cargo de dejar su firma en cada adoquín y en cada dobladillo de pantalón. Y así, como si la vida fuera un musical de Broadway mal ensayado, surgen los saltarines charcos, traviesos y democráticos, que no distinguen entre príncipes ni mendigos y que, con su salpicadura imparcial, convierten a todos en hermanitos del barro.
Las cabelleras mojadas se erigen como estandartes de la rendición ante lo inevitable, mientras los rostros desenfadados confirman que el caos tiene su propia belleza. Y la voz… ah, esa voz que en otro momento se levantaba desafiante, ahora se rinde al silencio, agotada, tal vez, de tanto reclamar a un universo que se limita a encogerse de hombros con indiferencia celestial.
Pero no nos engañemos. Este no es un simple episodio meteorológico; no, se trata de un rito sábado tras sábado repetido, en el que la jauría nocturna vomita su filosofía de bar a las aceras, decorándolas con palabras que ni el viento se digna a llevarse. Porque, claro, cuando el alcohol hace de látigo de la lengua, todo parece tener sentido, y de sus bocas emergen verdades absolutas, tan efímeras como la espuma en un vaso de cerveza caliente.
Y aquí estamos nosotros, los desafortunados testigos de esta grandiosa tragicomedia, obligados por circunstancias inciertas a ser figurantes en un espectáculo de histeria colectiva. Un mundo donde cada respiro es un acto de fe y cada paso en el fango es un recordatorio de que la libertad, esa quimera que vendemos en eslogan y compramos en silencio, no es más que una mentira bellamente disfrazada.
Pero no nos pongamos melodramáticos, que la vida sigue. Mañana volveremos a caminar estas calles, secos y renovados, listos para el próximo sábado de caos, lluvia y revelaciones de borrachos. ¡Hasta la próxima función del gran circo de los sábados lluviosos!
—Pero, pero… ¿Para cuándo dices que es? —Es en noviembre, creo, pero… —¡Ah! Entonces, ¿Cuándo es el día del hombre? —No sé, no sé… No te preocupes, solo son cosas de ella… —¿Ella? —Sí, claro, ella y la anterior y la siguiente…
@María José Luque Fernández
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