Luís Silva falleció el último 11 de abril. Su amigo Sergio Pascual escribe esta nota, recordándolo y despidiéndolo.
Nunca había pensado cuánto definía esta frase a Luís. Cuando la publiqué en diciembre de 2015 estaba a su lado. Me había convencido para cerrar la campaña de las elecciones de aquel año en El Madroño, el pueblo con menos habitantes de la provincia de Sevilla… A quién sino a Luís se le habría ocurrido una propuesta al tiempo inútil en términos electorales e inmensamente eficaz en términos humanos.
Ese era Luís. Para él echar una mano no era una cuestión de escala. Empujaba proyectos pequeños con más pundonor que los grandes. Estaba en su esencia. Se alzaba contra las injusticias, allá donde estuvieran, a 10.000km o a 100 metros. Aunque a veces pareciera imposible para un par de manos. Él siempre lo intentaba.
Otra de las grandes virtudes de nuestro amigo era su inmensa capacidad para irradiar comunidad. Todo a su alrededor acababa tejido por miles de lazos invisibles que, como un artesano, iba urdiendo sin que te percataras de ello. Cuando te dabas cuenta estabas enredado dando una charla con su otra familia, los humanistas, o participando en una red de municipalismo, o en una comida popular en el local de su organización en La Rinconada. Enredar. Revisando nuestras conversaciones en redes sociales he descubierto que tenía hasta 23 grupos distintos en común con él: servesita, feria Gallega, próxima quedada, 10 años de cuando quisimos cambiarlo todo, familia piña, cotilleo melón… casi todos organizando un próximo encuentro, un próximo en-red-o. Cuánto me hace falta otra servesita, otra feria, otra próxima quedada contigo amigo.
Luís era incansable, como un Quijote moderno. Llevaba solidaridad y altruismo en el ADN y lo combinaba con una energía y una capacidad organizativa descomunal. Esa combinación lo convertía en un titán a la hora de esparcir lo bueno y el bien a su alrededor. Cuando lo conocí en 2014, se había echado a los hombros la organización del primer encuentro de simpatizantes de círculos de Podemos en la provincia de Sevilla. El encuentro se celebraba, por supuesto, en su pueblo, en La Rinconada. Lo había organizado en un centro social que había recuperado de la ruina para convertirlo en un espacio gravitante para quienes más lo necesitaban en el municipio. Aquel día, aquel espacio, estaba lleno a reventar de gente de todo tipo. Luís los conocía a todos y venían de los cuatro costados de la provincia. Desde entonces no hubo día que no pensara que con un Luís por provincia Podemos habría gobernado en 2015.
Desde aquel encuentro ya no pude desengancharme de la atracción de su infinita energía en-red-adora y -por cierto- nunca, jamás, lo vi pedir reconocimiento alguno por la inmensa labor que realizaba.
Hoy, escribiendo estas líneas, confieso que me resulta difícil concebir el mundo sin él. Siento su ausencia en demasiadas pequeñas cosas de mi cotidianeidad, desde una imposible visita a Sevilla sin un café con él, a una reflexión sobre la enésima reunión de las izquierdas, desde una conversación para iluminar un camino oscuro a sus palabras de ánimo para alejar la ira que nos corroe ante los horrores del mundo…
Tu partida nos recuerda que hay una forma de ser mejor, de entregarse más, de luchar con más denuedo y desinterés… en el enorme vacío que nos dejas solo me queda una forma de honrarte amigo, seguir tu ejemplo y mostrarlo, humildemente, y lo mejor que pueda, a las generaciones venideras.



