El silencio en casa de mi madre fue siempre como una especie de refugio que me ayudaba a ser yo misma, a dejar a un lado otras cosas pero nunca lo ví como dolor. Era algo normal escuchar el zumbido del refrigerador y el tintineo de las cucharas dentro del cajón. Ahora en mi vida actual, el silencio llega como una amenaza, esa es mi vida en este apartamento que comparto con Daniel. Es ese silencio suyo, él que me da miedo.
Esos pequeños detalles a los que restas importancia porque parecen bromas, esas investigaciones continúas de mis quehaceres diarios, esos comentarios sobre mi vestir…Todo empezó así con pequeñas cosillas que se terminaron convirtiendo en un enorme saco de horribles momentos. Hubo un día en que me dijo que estaba demasiado guapa con una falda que recién estrenaba y al día siguiente como por arte de magia, la falda había desaparecido de mi armario.
No es ya el hecho de lo que se dice sino de cómo se dice o incluso de lo que no se dice.. él como se deja uno convencer de que esas cosas son todas hechas por amor y conscientemente llega uno a permitir incluso la reclusión.
No volvió a ser tranquila mi vida, tenía que analizar cada palabra, cada gesto para intentar no hacerle enojar nunca. Recuerdo como si fuera ahora mismo el instante en que me gritó por primera vez, no se bien porque me eché a llorar, creo que intuía que aquello era el principio del fin de mi existencia, el comienzo de mi agonía. El nunca se disculpaba pues siempre era culpa mía, sí, yo le provocaba con el tono de mi voz y lo peor de todo es que yo llegué a creérmelo.
Mi vida era una medida continúa de su humor, a veces podía respirar, otras debía contener la respiración amargamente. Recuerdo que el simple hecho de dejar las llaves en la entrada, podía representarlo todo, estaba tan pendiente de como lo hiciera, si las dejaba suavemente tal vez la noche pudiera transcurrir tranquila, si las lanzaba con fuerza comenzarían los gritos sin dilación alguna.
Dejé de tener vida propia, de salir con mis amigas e incluso de ir a trabajar, al principio inventaba excusas infantiles para hacerlo pero llegó el momento en que nada podía ser justificado y de todos, aunque mantuvieran el silencio, eran los hechos conocidos.
Como cada noche, lavaba los platos con cuidado de no hacer mucho ruido, especialmente si él estaba tumbado en el sofá viendo la televisión. Al abrir el cajón para dejar las cucharas que recién había limpiado y secado, llegaron a mi mente recuerdos, de ese hogar mío que tanto añoraba ahora. Eran cuatro las cucharas brillantes ordenadamente colocadas como las de mi mamá. Y desee escuchar el silencio aquel que habitaba mi casa y romperlo con el tintineo de las cucharas, como antaño. Sentí romperse el alma, rasgarse algo en mi interior mientras continuaba lavando la vajilla que habíamos, bueno realmente, que él había utilizado para cenar. Pensé incluso en dejar caer una de aquellas cucharas al suelo y romper ese mustio silencio que me cercaba cada día más.
Algo despertó en mí aquella reminiscencia que en aquel momento me hizo temblar de la cabeza a los pies y me dije a mi misma en ese momento una promesa que debía cumplir, ir a la mayor brevedad posible, esa noche sería la última que callara por miedo.
Pero el tiempo fue pasando y se convirtió en algo difícil de lastrar, promesas vacías, incumplidas….
Aquella mañana de primavera observando desde la ventana de nuestra (pronunciaba ese «nuestro» con pesar) habitación con una profunda melancolía como las hermosas flores de las más variadas especies y colores florecían en ese jardín sobre el que pocas veces había plantado mis pies sentí que apenas podía respirar, paralizada y con una preocupante arritmia que cesó cuando regrese a mi casa, a esas brillantes cucharas y sonó en mi mente el tintineo, ese que rompió el silencio en el que estaba envuelta la habitación en aquel momento. Respire profundamente varias veces y poco a poco mis latidos fueron tranquilizando, entonces sin más preámbulos cogí mi chaqueta y mi bolso y me dirigí hacia la puerta de entrada de «nuestra» casa y salí de ella.
Y me sentí libre.
Aunque el miedo aún habitaba en mí, esperaba escuchar sus gritos en cualquier momento, estaba segura de que me buscaría y me haría algo aún peor…
Pero no, no fue así y yo aprendí a respirar de nuevo.
La casa de mi amiga Lucía era muy pequeña pero me acogió en silencio y con ternura, de esa que hacía tiempo estaba tan necesitada. Un sofá y una manta junto a una taza de té me reconfortaron enormemente y especialmente el hecho de no tener que justificarme como era costumbre ya adquirida. En ese reconfortante silencio en que se sumió mi primera noche fuera de casa no hubo lágrimas ni tan siquiera esa temida ansiedad que desembocaba en aquellas arritmias en la que que parecía desbocado mi corazón.
Aquella huida significó un nuevo comienzo en mi vida, no poseía nada en absoluto, ni dinero, ni ropa, solo quedaban mis recuerdos…
Sabía que había actuado correctamente, que aquella decisión tomada de abandonar «mi hogar» era la certeza de que aún quedaba algo de mi vivo. No todo mi ser había sido anulado por «ese mal nacido
Deje de estar tan pendiente del teléfono, de mirar en cada esquina, de ver su rostro en cada escaparate, en definitiva fui recobrando la confianza en mí misma desapareciendo por tanto ese miedo a que apareciera en cualquier momento reclamando aquello que él consideraba de su propiedad.
Lógicamente necesitaba un trabajo, no podía Lucía mantenerme mucho más tiempo y tuve suerte, lo encontré en una pequeña cafetería, a dos calles del piso de Lucia. El dueño era un señor mayor que en ningún momento me hizo ninguna pregunta y eso era muy agradable teniendo en cuenta mi situación.
Tras la barra servía el café mientras se iban curando mis heridas y encontré gusto en algo tan simple y repetitivo como el hecho de enjuagar unas tazas. El vapor que iba acariciando mi rostro iba limpiando esa culpa mía que realmente sólo llegó a existir en su enajenada mente.
Aquellos gritos aún se asomaban algunas veces a mi mente, eran susurros como un lejano eco que buscaba despertarme, tal vez… «No eres nadie si mí » ¿quién va a quererte si no lo hago yo? Y era en esos momentos cuando me daba cuenta de cuánto dolían aquellas palabras, mucho más que un insulto y cuánto tiempo puede llevarte que toda esa violencia desaparezca de tu vida.
No se bien como pero en pocos días me encontraba inmersa en una terapia para las mujeres que habían sido maltratadas que era organizado por el municipio donde ahora vivía.
Andrea era la psicóloga, una joven mujer con una enorme paciencia pero sobre todo un alto nivel de empatía, no se trataba sólo de escuchar, había mucho más por hacer. Yo no sabía cómo contarle en palabras como me sentía, solamente era capaz de relatarle los hechos acontecidos desde que Daniel y yo nos fuimos a vivir juntos al apartamento. Intenté comprender lo que me decía pero aún me costaría unas sesiones hacerlo por completo: —No puedes entender-te ni escuchar-te en un solo día, aprender a quererse es un proceso lento que lleva un tiempo al igual que aprender a vivir sin miedo.
El camino de vuelta a casa fue calmo parecían mis pasos ir redescubriendo el suelo que pisaban sin pedir permiso alguno, sintiendo ese profundo cansancio que aquello vivido había producido en mi cuerpo y que se traducía en una pesada carga. Ya no había vergüenza en mi mirada…
A cada día que pasaba me iba reencontrando con la vida en esos pequeños instantes: el calor del sol en mi rostro, al escuchar aquella antigua canción que no recordaba y algo que me ayudó mucho más aún, «escribir» en una pequeña libreta como antaño hacía, antes de conocer a Daniel, mi torturador.
Y aprendí a decir «no» sin dar explicaciones y con ello, sin apenas darme cuenta, dejé de mirar hacia atrás cuando iba caminando.
Y aunque todo y todos me decían que era una locura, que eso no se debía hacer nunca; una mañana me encaminé hacia mi casa, mi antiguo barrio seguía exactamente igual, nada había cambiado allí, el azul descascarillado de las paredes, las cortinas gris sucio que cubrían las ventanas… pero algo sí era distinto, yo. Yo no sentí miedo, ese negro sentimiento había tornado a una triste ternura y sucedía que era como si estuviera contemplando una vieja fotografía de otra persona, tan distinta.
Y en ese instante comprendí que mi huida era la forma en que comenzaba de nuevo a habitar-me.
Me instalé al poco tiempo en una habitación de un piso compartido, aquello era una extraña situación para mí aunque fue muy beneficioso pues significaba un gran paso en mi independencia.
Aquella primera noche después de prepararme la cena, abrí el cajón de la cocina y cual fue mi grata sorpresa, que casualidad, había cuatro cucharas limpias, relucientes y ordenadas. Una sonrisa se desplegó en mi rostro mientras iba recogiéndo-las en mis manos y las fui dejando caer una a una sobre la mesa de la cocina…
» El principio de algo nuevo y hermoso puede ser perfectamente el sonido de algo que parece resquebrajarse»
Las pesadillas tardaron más tiempo en desaparecer, cerca de un año había pasado ya cuando yo conseguí aprender a convivir con mis cicatrices. A veces me despertaba empapada en sudor con el corazón desbocado por ese sueño en el que él llegaba a casa y tras abrir la puerta, me sonreía, con su falsa sonrisa esperando el momento de comenzar mi martirio.
Ser parte de algo es fundamental en casos como el mío y yo tuve personas a mi lado que me hicieron integrarme en el equipo de una grata manera. Aprendía rápido y eso me supuso un ascenso en la cafetería, ahora ya servía el café con perfectos corazones y algunos de los habituales clientes comenzaron a llamarme por mi nombre, brotando poco a poco de nuevo, esa confianza en mí misma.
Aquel muchacho que habitualmente se sentaba en la misma mesa junto al ventanal, se llamaba Diego, pasaba horas enteras allí sentado solamente leyendo mientras tomaba su café vienés sin prestar atención alguna a lo que pudiera ocurrir a su alrededor. Me gustaba esa manera suya de estar sin invadir el espacio de nadie, sin molestar.
Un día ocurrió algo que me sorprendió mucho, se acercó a mí cuando limpiaba una mesa y me preguntó si quería acompañarle a caminar cuando saliera de trabajar. No supe qué decirle, dudé, tembleque mi voz por un instante y como si fuera una ráfaga apareció en mi mente las palabras de la psicóloga «no puedes desconfiar de todos, así que confía en ti»
Caminamos bajo la luz de la luna, el tráfico ya no era tan intenso aunque el frío se dejaba sentir. Hubo muchos silencios, pero no daban miedo. Repetimos en varias ocasiones aquellos paseos, tranquilos y agradables en los que nunca hubo preguntas incómodas con respecto al pasado porque ninguno de los dos necesitaba saber más.
Dos años después decidí ir a ver a mis mamá y cuando ella me abrió la puerta y me abrazó, sentí una paz inmensa que me calmó. Todo estaba igual que antaño, el olor a café recién hecho y el olor a jazmín en su pelo… Aquella noche dormí allí y el tintineo de las cucharas volvió a romper ese silencio que yo recordaba, tan gratificante.
Yo iba aprendiendo, a cada paso que daba, a vivir esta nueva vida que me había regalado a mi misma y comencé a atreverme a hacer cosas nuevas sin miedo a esa invisibilidad que antes ocupaba mi vida. Lo siguiente fue inscribirme en un curso de repostería el centro cultural del barrio, en el me encontré a grandes personas que se convirtieron en seres cercanos en los que prendió una gran amistad llena de comprensión, cariño y ternura. Solo una de ellas había vivido una situación semejante a la mía, las demás eran una madre soltera, una abuela que cuidaba a sus nietos y una ama de casa que quería abrir su propio negocio de repostería. Aún así, siendo tan diferentes éramos tan iguales, todas teníamos nuestras propias cicatrices.
Te juro que algunos días, llegué a pensar que no podría salir de esta «huida» eran aquellos en que una neblina que me pesaba enormemente parecía instalarse en mi cerebro y mi mente parecía estar presa de esas nubes preñadas de lágrimas secas que era preludio de la tristeza, esa suave melancolía que me acariciaba por momentos en aquellos ratos de soledad.
Como quien no quiere la cosa, aprendí, que podía ayudar a otras mujeres a dejar atrás sus días de sufrimiento, fue gracias a una de esas amigas que conocí en el curso de repostería, se llamaba Andrea y daba charlas en institutos y centros vecinales. Me pidió que la acompañara aquella mañana a dar una charla sobre la violencia de género y eso hice, les conté brevemente mi encuentro con el maltrato sin dar nombre ni detallar en demasía, solamente lo necesario.
Al terminar el encuentro una muchacha me tocó en el hombro y cuando me giré para poder verla bien, me encontré con una joven niña, a mi me pareció al menos. Una niña con la pena y el sufrimiento reflejado en el rostro y una delgadez extrema. Tenían brillo sus ojos y su mirada me pareció tierna. Me dio las gracias y me dijo algo que me quedó prendido en el alma «gracias por mostrarme el camino de salida, no era capaz de encontrarlo»
Y así fue como me convertí en una conferenciante mostrando a las demás que siempre hay una salida que basta con abrir la puerta…
Me preguntan algunas veces en estas charlas, si le he perdonado, y yo les digo que no es importante el acto en sí de perdonar, que lo realmente importante es dejar-le ir, soltar todo lo que llevamos dentro, ese miedo continuo.
Hay días más grises en los que me descubro a mi misma revisando mis cicatrices pero no con miedo ni tan siquiera con culpa, pues ya se quien soy y que elegir vivir en un mundo en el que hay luz y tinieblas, alegría y dolor pero nunca miedo.
Ahora, ya cierro yo la cafetería, soy la encargada jefe y me gusta quedarme allí un rato en ese silencio que me rodea pero ya no me atrapa y escucho…
El tintineo de las cucharas que bailan en el último lavavajillas del día.
Cuando estaba ya en la cama para dormir, aquella noche, cogí mi libreta del cajón de la mesilla y escribí :»Mi mirada no busca aprobación solo busco el horizonte y mi silencio ya no brota del miedo sino de la vida»
Cerró la libreta que devolvió a su lugar y apagó la luz. El tintineo de las llaves de la vecina sonó mientras dormitaba en ese hermoso silencio que la envolvía.
@María José Luque Fernández
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