En redes sociales, en conversaciones cotidianas, en mensajes motivacionales… se repite una frase como un mantra moderno: “buena vibra”. Nos la deseamos unos a otros como si fuera una fórmula mágica capaz de alejarnos de todo mal. Pero, mientras compartimos esas palabras en un café o un post de Instagram, el mundo allá afuera parece estar ardiendo en llamas más profundas. Racismo. Fascismo. Violencia. Desigualdad. Gente que pierde su humanidad en medio de discursos de odio que se hacen cada vez más aceptables.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿de qué sirve la “buena vibra” cuando la injusticia avanza sin disimulo?
La intención, claro, no está mal. Desear bienestar, paz, alegría, amor… es un impulso noble. Todos necesitamos refugios para no ahogarnos en la angustia. Pero hay algo en esta cultura de lo “positivo a toda costa” que empieza a volverse peligrosa cuando se convierte en excusa para mirar hacia otro lado. No basta con sentirse bien cuando otros están siendo silenciados. No alcanza con compartir frases lindas si no estamos dispuestos a levantar la voz por quienes están siendo aplastados.
Decir “buena vibra” y a la vez guardar silencio frente al racismo, al maltrato, a los discursos de odio, es como ponerle una curita a una herida que necesita cirugía urgente. La bondad auténtica no es solamente suave: a veces es incómoda, firme, valiente. A veces la “buena vibra” real es decir: esto está mal, esto duele, esto no lo voy a permitir. Aunque moleste. Aunque no sea “lindo de leer”.
La deshumanización crece cuando dejamos que nos convenzan de que “estar bien” es más importante que “hacer el bien”. Pero hay un punto en el que lo verdaderamente positivo, lo luminoso, se parece más a un acto de resistencia que a una sonrisa.
Ser luz no es solo brillar: es también encenderse en la oscuridad, aún sabiendo que eso incomoda. Es proteger al otro, incluso cuando eso nos saca de la zona de confort.
Así que sí, sigamos deseando buena vibra. Pero que no sea una vibra vacía, decorativa, sin compromiso. Que sea una vibra que abrace, que se indigne, que no calle. Que mire el dolor y diga: “no estás solo”. Que no escape al conflicto, sino que lo transforme.
Porque en tiempos como estos, la verdadera buena vibra no es la que evade la realidad. Es la que se planta en medio de ella y elige, con todo el corazón, seguir siendo humana.
@María José Luque Fernández.
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1 comentario
Te saludo con mucho cariño y saludo tu gran obra literaria, María José!