Paredes blancas, el color blanco es el de la pureza, aporta calma y confort, silencio, pero al mismo tiempo frío, será por eso. Las sillas verdes, el color de la esperanza, de la salud, del crecimiento, dicen que quien espera desespera, será por eso de que la pera es verde, y si no es pera y es amarillo como la manzana.
Vaya sarta de tonterías, la mente divaga, cuando permanece demasiado tiempo en un lugar como este. El tiempo es eterno, aquí no hay distinción entre pasado, presente y futuro. Todo es igual, la nada.
Bullicio, gente que murmulla, no se dan cuenta pero producen más ruido que si hablaran normalmente. Es como el zumbido ensordecedor de las abejas enfurecidas que retumba en tu cabeza. Claramente no han leído o no se han detenido a mirar el gran cartel que hay en la pared de enfrente, una enfermera con un dedo sobre sus rojos labios. El Concierto de Aranjuez, El Himno de Andalucía, The Rthythm of the Night, todas melodías de móviles que según el cartel que hay en la puerta de entrada habría que mantener apagados.
Los envoltorios de los sándwich en el suelo, la lata de coca cola tirada en el asiento próximo, mientras una papelera espera medio vacía junto a las máquinas expendedoras. ¿Cuál es el problema? Ninguno, para ellos no existe. Y esto ocurre en un hospital, en un colegio, en el centro de trabajo. ¿De qué nos extrañamos? Todo un respeto hacía las normas, hacía los demás.
Es nuestra libertad de poder hacer lo que nos place en cualquier lugar. Donde está la tolerancia, hay mucha, la de los demás hacia estos inadaptados que no son capaces de tener una mínima señal de educación ni de respeto por los demás, por sus propios seres o amigos que están allí, por los demás que no tenemos otra cosa mejor que hacer, que esperar en estas salas inmensas, blancas, llenas de desesperanza.
@ María José Luque Fernández
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