Eran cerca de las once y media. La ciudad seguía despierta, como siempre. Desde el piso 7, Micaela miraba por la ventana de su cocina. El vidrio estaba sucio, pero eso no importaba: veía igual las luces intermitentes de la calle, los colectivos que seguían pasando como si no se cansaran nunca, y a lo lejos, el cartel azul de la farmacia de guardia que parpadeaba cada tanto como un ojo nervioso.
Tenía una taza de té en la mano, aunque ya estaba frío. Había terminado de trabajar hacía un rato, pero no lograba desenchufarse. Se sentía tensa, como si algo —no sabía bien qué— la tuviera en vilo.
Fue entonces cuando lo escuchó. Un ruido. No fuerte, no violento, pero sí… fuera de lugar. Como si alguien hubiera rozado muy despacio la manija de la puerta del balcón.
Se quedó quieta. No por miedo inmediato, sino por ese reflejo tan humano de pensar «no puede ser nada». Pero volvió a sonar. Un clic leve, como de metal, como si alguien estuviera tanteando desde afuera.
Pensó en su vecino. El del 8° B. Siempre la saludaba con una sonrisa que no le gustaba. Muy blanca, muy medida. Recordó que una vez, en el ascensor, él le dijo que desde su ventana se veía directo a su living. Que ella se movía como bailando. Se lo dijo así, con una voz ronca. Ella se rio por compromiso, pero le quedó algo clavado en el pecho.
Dejó la taza en la mesada, fue al pasillo, apagó la luz. Se acercó en silencio a la puerta del balcón. El corazón le latía en la garganta, pero intentaba mantener la respiración pareja.
Otro ruido. Esta vez, un golpecito seco. Como si alguien hubiera perdido el equilibrio y rozado el vidrio con la punta del zapato.
Sintió cómo le subía el calor por la nuca. Pero no gritó. No corrió. Se obligó a pensar. El celular estaba en el cuarto. Si salía a buscarlo y hacía ruido, tal vez esa presencia —si era alguien, si no era su imaginación— se daba cuenta de que ella sabía.
Respiró hondo y volvió a la cocina. Fingió normalidad. Encendió la radio, bajito. El locutor hablaba de tránsito, del corte en la 9 de Julio. Como si todo fuera normal.
Pasaron tres minutos.
Cinco.
Siete.
Y entonces, el portero eléctrico sonó.
Una vez.
Dos.
Tres timbrazos largos, insistentes.
Ella no se movió. No respondió.
Un cuarto timbrazo.
Y luego, silencio.
Fue a la ventana. Miró hacia abajo, entre los huecos de los edificios. No vio a nadie. Hasta que, desde el reflejo del vidrio de la cocina, notó algo detrás de ella. No era una figura. No era un rostro. Era una sombra.
Apenas una sombra, moviéndose en la pared contraria. Como si alguien, muy quieto, estuviera ahora adentro.
La taza seguía sobre la mesada. Temblaba un poco por el eco de la radio. Y en la pantalla del microondas, los números digitales marcaban una hora que ya no tenía sentido.
00:01.
La ciudad seguía viva. Allá afuera, todo parecía igual. Pero Micaela sabía que algo, esa noche, había cruzado una línea.
Y ya no estaba sola.
@ María José Luque Fernández
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