Por Patrocinio Navarro Valero
Afinidad es sinónimo de proximidad: mental o espiritual, parentesco sutil en diferentes grados aspectos y matices en cuanto al modo de pensar, sentir y actuar, que facilita la comunicación espontánea y el tomar acuerdos, el interés por compartir situaciones, pensamientos, sentimientos, contrastar criterios, cooperar, mantener el contacto.
Los seres humanos, como todos los demás seres , poseemos la energía llamada » vida» que nos permite existir y hasta configurar nuestros cuerpos biológicos según la cualidad de nuestros pensamientos y de los contenidos de conciencia de los que hablaremos. Lo importante ahora mismo es constatar que somos seres de energía dotados de conciencia y por tanto emitimos y recibimos cada uno en nuestra propia frecuencia, que puede ser distinta o coincidir con la de un semejante. Igual que sucede con las ondas de radio sintonizamos o no con otros debido a la ondas de frecuencia electromagnética presentes en nuestras más íntimas sensaciones, y en la emisión de pensamientos, sentimientos, palabras y acciones externas que provienen de nuestras almas de energía-vida de acuerdo con el estado de conciencia correspondiente.
Estados de conciencia semejantes facilitan la unidad con almas afines. Afines no quiere decir “iguales”, pues cada una tiene su propio nivel de conciencia escrito en su propio » libro de la vida del alma» a lo largo de encarnaciones, y su correspondiente karma, o asuntos pendientes a resolver, y por ello su propio grado de evolución espiritual y cualidades propias que la identifican como única.
El doble valor de la afinidad espiritual
Espíritus afines son el punto de partida imprescindible para la existencia de una verdadera amistad, lo que significa una verdadera relación, que puede llegar a ser muy duradera. Las redes de amistades desinteresadas son muy importantes, porque forman una verdadera atmósfera de invisible energía positiva y sanadora que tiende a expandirse y mejorar la condición del mundo.
Con los grupos humanos sucede algo semejante si entre sus miembros- siempre diversos- existe, sin embargo, esa sutil aproximación llamada afinidad, que produce entre ellos una fácil comprensión y complicidad en las situaciones que se viven en común, lo que sirve de gran alivio y ayuda en los momentos difíciles y retroalimenta a la vez la relación entre quienes lo forman, haciéndola más firme y saludable.
Los beneficios personales y sociales a gran escala de esta noble conjunción energética no puede más que favorecer climas sociales favorables a la edificación de sociedades y países donde reinen la armonía y la ayuda mutua y se desprecie la violencia y la desigualdad. Por supuesto, son escudos antifascistas y anti autoritarios en el más amplio sentido, que en la medida que crecen aumentan las posibilidades de cambiar la faz de este mundo en todos sus aspectos.
Lo semejante atrae a lo semejante
Un partido político u otra organización cualquiera no jerarquizada facilita mucho el desarrollo entre sus miembros de ese tipo de actitudes que producen una fuerte cohesión emocional que facilita las acciones comunes y las dota de sentido. Con esta energía compartida entre personas o entre grupos tiende a crecer la amistad, atrayendo fácilmente hacia sí a otras personas con diferentes grados evolutivos pero compatibles con las facetas que caracterizan al grupo o partido político. Aquí nos encontramos ante una ley universal: Lo semejante atrae a lo semejante.
Exceptuando las relaciones obligadas, determinadas por las necesidades sociales ligadas a la supervivencia (como los grupos de trabajo o similares), las elecciones personales basadas en afinidades emocionales y en el altruismo cooperativo son las más duraderas, las más saludables y las que más contribuyen al crecimiento personal de sus miembros. Suelen darse estas más intensa y fácilmente entre gentes con intereses espirituales, místicos, artistas, profesionales vocacionales y en general entre personas de elevada moral, donde priva la búsqueda del sentido trascendente del trabajo y de la vida. Cuando no se dan estas condiciones entre personas o en un grupo, se debe a que las motivaciones de sus miembros son egocéntricas, personalistas, donde cada uno busca su propio interés, lo que obstaculiza la cooperación y la sustituye por la competición, siembra recelos, envidias, deseos de reconocimiento, y climas de desconfianza.
Cuando el espejo de la vida es el propio ombligo
Las relaciones basadas en el «mío, el mí y el para mi», bandera individualista, solo pueden conducir a relaciones conflictivas entre personas o grupos de trabajo amplios como sucede también entre naciones. Ocurre cuando se establecen relaciones comerciales, de pareja, laborales, o de cualquier género donde cada uno busca el interés del ego por recibir, y que solo da en cuanto espera recibir y sólo en ese caso y en la misma medida. Es así como tantos grupos- al igual que los individuos que los forman- viven instalados en un vaivén de zozobras y encontronazos de intereses particularistas que convierten al conjunto en telarañas de energía negativa, en grupos tóxicos, en cruces de mil trenes cargados de toxicidad que chocan. Este tipo de grupos tiende a ser muy poco estable y poco cohesionado y termina disolviéndose con facilidad. Ejemplos muy comunes: el mundo político, el empresarial, el mundo de las religiones y cualquier otro donde reine la competencia, la envidia, el querer tener, el querer destacar, ser admirado y premiado y cosas de ese estilo. Por desgracia, la mayor parte de la humanidad tiene este planteamiento relacional: dar si espera recibir, y sólo por esta razón. De lo contrario, cierra la mano y el corazón. Así no existe jamás relación, sino componenda.
El resultado global de estas conductas es bien visible: destrucción medioambiental, conflictos entre grupos empresariales, entre partidos políticos y empresariales y un clima prebélico mundial atizado por los grandes poderes armamentísticos y empresariales al más alto nivel que solo pueden llevar a la guerra comercial o a las trincheras.
Ególatras clase preferente.
Nuestra sociedad contemporánea, por tanto, se compone de una inmensa red de estructuras de todo tipo de componendas interconectadas por los lazos del ego individual de miles de millones de personas que tienen intereses particulares a los que intentan dar satisfacción de un modo que nunca pierdan su su propia energía y gane las de otros. Estas energías son de muchos tipos: dinero, emociones, atención, tiempo de otros y variadisimos modos de saqueo de las energías ajenas en cualquiera de sus formas materiales, mentales o espirituales
Atrapar la energía de un semejante para hacerla rentable o simplemente para satisfacción propia es la máxima aspiración de casi todo el mundo en esta sociedad mercantilizada. Unos pretenden rentabilizar su dinero, su gestión social, su ascendiente personal, su capacidad intelectual, y así cada cual. Pero si pudiéramos penetrar la motivación de sus esfuerzos veríamos que casi siempre suele ser la misma: yo, yo, yo: un YO enorme, donde no tienen cabida un tú, ni un para ti, sino un tú para mí y para satisfacer mis necesidades.
Esta es la pauta casi universal de las conductas humanas del yoismo, hasta el punto que aquellos que no parecen seguirla y que suelen ser todo lo contrario, son mirados con desconfianza, deseando descubrir en ellos el lado oscuro de una conducta altruista, de un gesto de bondad o compasión del que carece el yoísta.
A tal grado de desconfianza en las relaciones humanas han llegado conceptos como bondad y altruismo que pocos admiten la posibilidad de que existan personas que no practiquen esas virtudes en beneficio propio y perjuicio de terceros, así que casi nadie cree en nadie por más que existan todas esas normas sociales y buenos modos corteses de lo que llamamos » urbanidad» hasta que que algo o alguien nos saca «de nuestras casillas» porque toca nuestros intereses egoicos o porque es nuestro propio espejo.
Hemos inventado una civilización de escépticos. Hemos creado un mundo a imagen y semejanza de cada uno de nosotros (y el que esté libre de pecado… ya sabe), donde se vive a menudo inmersos en laberintos personales donde apenas si se sabe lo que se busca, y aún menos qué camino elegir para liberarse a sí mismo de preocupaciones, miedos, y ansiedades, y llegado el punto de madurez preciso convierte en imprescindible la búsqueda para saber de nosotros más allá de de » qué somos» y de nuestro papel social, y entonces comenzar a vivir haciéndonos las típicas preguntas de quiénes somos, qué hacemos aquí y los misterios de la muerte y el Más allá.
Es absurdo vivir creyendo lo que no somos y fabulando nuestra vida para sacarle provecho aunque sea en perjuicio de terceros. Ese descubrimiento del papel del falso yo es el revelador fotográfico que nos permitirá descubrir a la vez a personas afines con las que podamos contactar y establecer puentes que alcancen finalmente a construir una inmensa red planetaria donde reine la paz basada en el amor, el altruismo, la bondad y la justicia que tanto necesitamos en nuestro maltratado Planeta provisional.De lo contrrio ya sabemos lo que nos espera: miren las noticias y hagan pronósticos.
Lo mismo que nos hemos habituado a resetear nuestros programas informáticos, deberíamos aprender a resetear nuestra alma para tenerla a punto y ponerla en disposición de servir en lugar de desear ser servida, porque estas actitudes solo benefician al capitalismo, a las Iglesias, y a cualquier otra forma organizada únicamente para para servirse de la energía ajena y vivir de los individuos y de los pueblos como cualquier parásito de su huésped. Si queremos tener esos parásitos, solo tenemos que hacer una cosa muy sencilla y de amplia aceptación colectiva como especie: seguir como hasta ahora.
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