Hay momentos en la historia en que el centro de gravedad del mundo se desplaza. No de golpe, no con el estrépito de una guerra declarada, sino lentamente, como las placas tectónicas que reorganizan la geografía sin previo aviso. China está en el epicentro de ese movimiento.
El gigante asiático cerró 2025 con un crecimiento económico del 5% anual, sostenido principalmente por sus exportaciones, a pesar de los aranceles que la administración Trump le impuso como parte de su guerra comercial. No es un número cualquiera, es la confirmación de que una economía de ese tamaño, sometida a presiones externas de enorme magnitud, mantiene su rumbo con una resiliencia que merece una mirada sin prejuicios.
Pero lo más revelador no está en las cifras del pasado reciente, sino en la hoja de ruta del futuro. El XV Plan Quinquenal chino, que rige el período 2026-2030, marca una inflexión estratégica profunda: ya no se trata de crecer fabricando para el mundo, sino de liderar innovando para el futuro. Inteligencia artificial, robótica, biomedicina, computación cuántica, comunicaciones 6G e industria aeroespacial son los ejes de lo que Beijing denomina “nuevas fuerzas productivas de calidad”, una expresión que enuncia una apuesta civilizatoria de largo aliento.
En lo social, el desafío es igualmente colosal. China arrastra una prolongada crisis en su sector inmobiliario, debilidad en el consumo interno y un preocupante desempleo juvenil. Contradicciones que el propio sistema reconoce, y que el nuevo plan intenta revertir apostando por el fortalecimiento del mercado doméstico. Una sociedad de mil cuatrocientos millones de personas no puede depender indefinidamente de vender al exterior lo que sus propios ciudadanos aún no pueden comprar. Estas tensiones internas son señales de madurez histórica: todo proceso de transformación estructural produce fricciones, pero lo que importa es la dirección y la voluntad de corregir los desequilibrios.
Ahora bien, China no actúa sola en este reordenamiento global. Los BRICS son hoy mucho más que una sigla. Nacidos como agrupación de cinco economías emergentes (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) se han expandido hasta once miembros de pleno derecho, incorporando a Egipto, Etiopía, Indonesia, Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Según datos del propio bloque, representan más del 42% de la población mundial y cerca del 30% del territorio del planeta. Una masa humana y geográfica que ya no puede ser ignorada por ningún canciller ni por ningún organismo financiero internacional.
Sus objetivos se han vuelto más nítidos y ambiciosos: reformar el sistema financiero internacional, ampliar la presencia de las economías del Sur en el FMI y el Banco Mundial, construir una gobernanza multipolar y avanzar hacia la reducción de la dependencia del dólar estadounidense como moneda de reserva global. Son metas que no se alcanzarán en un lustro, pero cuya sola enunciación colectiva ya modifica los equilibrios del tablero mundial.
Para América Latina, este proceso abre preguntas que no pueden seguir eludiéndose. Cuba y Bolivia fueron incorporados como países socios en enero de 2025, y México, Uruguay y Colombia participaron como invitados en la cumbre de los BRICS celebrada en Río de Janeiro en julio de ese año. La región empieza a asomarse a este nuevo escenario, aunque con la cautela propia de quien ha dependido durante décadas de las instituciones del orden anterior.
Por supuesto que se puede objetar que China tiene sus propias contradicciones internas, sus déficits en materia de libertades civiles, sus tensiones con minorías y con la disidencia política. Los BRICS son un bloque heterogéneo, con intereses que no siempre convergen y con miembros que sostienen conflictos entre sí. Pero reconocer todo esto no impide ver algo igualmente verdadero: por primera vez en mucho tiempo, el Sur Global dispone de instrumentos propios para negociar en condiciones menos asimétricas.
El mundo que viene no será unipolar ni bipolar. Será, si tenemos la lucidez necesaria, un mundo de múltiples voces. Y eso, para quienes creemos en la dignidad de todos los pueblos y en la necesidad de una convivencia basada en el diálogo y no en la dominación, es una esperanza que merece ser cuidada y defendida.



