Nos encontramos en un momento clave de la narrativa escrita en el idioma español debido a varios factores entre los que no pueden dejar de estar la omnipresencia de la era digital y esas plataformas en las que puedes escribir, leer y escuchar con mayor rapidez y fácil acceso.
Hay un pero o un hito sobre el que hablar en estos días y es que el hecho de contar historias es algo que sigue siendo meramente humano, nos gusta narrar historias y seguimos haciéndolo aunque sea en las redes a un formato más pequeño, a veces.
La función esencial de la narrativa tiene tres pilares que son la observación, la interpretación y la transformación de los que surgen relatos con la capacidad de emocionar, cuestionar y acompañar al lector el tiempo suficiente para que sufra ese enganche que le haga ya acompañarte hasta el final de las páginas del libro.
Gracias a su diversidad la narrativa contemporánea sigue siendo muy aceptada habiéndose observado que se enriquece el idioma y no solo cambian, sino que se amplían las formas de narrar debido a las experiencias de los escritores de países tan diversos en los que el español es utilizado como idioma, cada uno de ellos con sus estilos, acentos, contextos…
Y hay una figura que me llamó siempre la atención y me gusta mucho que es la del escribidor. Puede parecer algo antiguo como si nos trasladáramos tiempo atrás y estuviéramos hablando de los trovadores, bardos o juglares que iban de pueblo en pueblo narrando y podría afirmarse que así es.
Debes saber que no ha caído en desuso su utilización, de hecho es muy simbólica y tiene un lugar muy especial en la Literatura. Escribidor, narrador oral de historias que utilizaba las palabras nutriéndolas de esas características especiales que hacen que el lector capte la chispa y esté atento al discurso. Esas metáforas que se pasaron a denominar después. Él era un observador paciente que se recreaba de esos «instantes» que la vida le ponía ante su mirada y que después como hemos dicho decoraba para darle una forma que pudiera hacer captar la atención del oyente.
Ya después, a lo largo de los siglos, con la ayuda de los clérigos o escribanos se pasó a plasmar en papel adaptándolo al gusto de cada cual y empezando a difundirse más ampliamente especialmente durante la Edad Media hasta que en el siglo XV llegó el invento de la imprenta, no desapareció nunca esta figura de narrador oral «escribidor». Podría decirse que la persona que desempeñaba este papel era un crack jugando con dos cosas: experiencia humana y la palabra.
Y es que escribir no es simplemente generar grandes obras literarias, sino también contar historias y es por eso que creo, que numerosas personas utilizan de nuevo este término para nombrarse a sí mismas. Relatos plasmados en cuadernos, escritos en el ordenador a través del teclado o el micrófono cuando antaño se plasmaban en pergaminos o panfletos.
Sí, ya tengo presente que existen esas otras formas de relato como el cine, el teatro e incluso los videojuegos y como no esas redes sociales a través de las que fluyen hoy día muchas de esas historias y que se ha convertido en el consumismo actual de nuestra «Cultura». Lo que sí diré es que hay sin duda un diálogo fluido y constante que enriquece nuestra Literatura adaptándose a los tiempos que vivimos, todo un reto para el escribidor moderno.
Si te paras un momento a pensar, ¿Ha cambiado, es tan distinta la relación entre escritor y lector? realmente no. El escritor ante un teclado sin audiencia es el equivalente a uno de esos escribidores orales que no tuvieran en algún momento espectador. Vacío y también cercanía gracias a esas redes sociales en las que puedes conversar sin verte mientras antes era cara a cara. ¿Se pierde o se gana?. Ambos…
No obstante, el narrador o escribidor sigue contándonos historias y nosotros tenemos la necesidad de escucharlas, da igual a través de la lectura o la atenta escucha.
Una raíz profunda que no impide que se evolucione sin perder su matiz más importante.
Sigamos pues atrapando historias antes de que las palabras que las conforman se dispersen y no podamos narrarlas.
y ahí, ese lector, quédate ahí y permanece atento a todas estas, nuestras letras.
Pd.- Alguna vez te has sorprendido a ti mismo diciendo «Solo voy a leer un capítulo» y cuando te quieres dar cuenta, ya estás cerrando las tapas del libro y volvió «esa historia» a ser más necesaria que el propio sueño al que hemos obviado.
@María José Luque Fernández.
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