Europa hierve. Lo que antes entendíamos como una canícula -unos días de calor intenso seguidos de una tormenta refrescante- se ha transformado en un fenómeno persistente y hostil. La actual ola de calor, con sus crestas de 40 grados asfixiando las calles es la nueva normalidad.
Hablar de “ola de calor” se está quedando corto. Los meteorólogos llevan años advirtiendo que el término, acuñado para describir anomalías pasajeras, es incapaz de contener la realidad termodinámica del continente. “Lo que estamos viendo es una alteración en la circulación atmosférica general”, explicaba uno de los expertos del Mediterráneo, “Las altas presiones africanas ya no suben de visita, se instalan”.
La física detrás del horno europeo es sencilla y aterradora: una atmósfera más caliente retiene más humedad, lo que a su vez la vuelve más energética y caótica. Pero el motor principal, coinciden los científicos, es la ralentización de la corriente en chorro, esa autopista de vientos que separa el aire frío polar del cálido tropical. Al calentarse el Ártico hasta cuatro veces más rápido que el resto del planeta, el gradiente (tasa de cambio o variación de una magnitud en función de la distancia) de temperatura que impulsa esta corriente se debilita. El resultado es una cinta transportadora que forma recodos gigantescos, atrapando burbujas de calor bajo cúpulas de alta presión que pueden durar semanas. Es un termostato planetario roto.
Lo más desconcertante es nuestra capacidad de asombro selectiva. Cada año, los modelos climáticos proyectaban esto con una precisión casi profética, y cada año lo recibimos con una mezcla de sorpresa y resignación pasajera. Hemos normalizado lo excepcional. Los gobiernos lanzan alertas rojas que la población acata con estoica familiaridad. “El problema no es solo que el verano sea más cálido, sino que estamos perdiendo los veranos templados de referencia. Ya ni siquiera sabemos cómo debería sentirse un verano normal”, dice un investigador señalando el fenómeno de la “amnesia climática”. La memoria generacional de un clima apacible se está evaporando.
Europa, un continente que se enorgullece de su urbanismo, su cultura y su estado del bienestar, se descubre vulnerable en su propia casa. La ola de calor es la manifestación más tangible de un sistema climático desbocado. De nada sirve aprender a vivir en un horno si seguimos subiendo la temperatura.
Francia registró el 24 de junio su día más caluroso desde que existen mediciones, según Météo-France. En Pulluau, en el oeste del país, el termómetro alcanzó los 43,8 °C.
España también registró sus jornadas de junio más calurosas desde que hay datos los días 23 y 24, con temperaturas superiores a los 40 °C en numerosos puntos. En el Reino Unido, donde se activó una alerta roja por calor extremo, se midieron provisionalmente 36,1 °C en Gosport, en el sur de Inglaterra, un nuevo máximo diario para junio.
Las temperaturas extremas continúan alimentando incendios forestales y elevando los riesgos para la salud. La Organización Meteorológica Mundial advierte que las olas de calor serán cada vez más frecuentes, intensas y prolongadas.
A escala mundial, junio de 2026 fue el segundo junio más cálido registrado, solo por detrás de junio de 2024. “Las olas de calor como esta son lo que esperamos en un clima cambiante”, afirmó John Kennedy, responsable de Información Climática de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Recordó que, desde la histórica ola de calor de 1976, Europa se ha calentado en promedio alrededor de dos grados centígrados y que el continente es actualmente el que más rápido se calienta del planeta.








