En la pequeña aldea de Leenane, escondida entre montañas verdes que caen hacia el fiordo de Killary, vivía Eithne, hija de Séamus, un pescador que cada día regresaba con las manos ásperas por el trabajo. La vida allí nunca fue fácil: el mar daba lo suyo, pero la tierra era dura y pedregosa.
Una noche clara, mientras el viento bajaba de las colinas, Eithne oyó un murmullo extraño. Pensó que era el río, pero al acercarse descubrió un círculo de hongos iluminado por una luz suave. Un grupo de hadas bailaba allí, ligeras como bruma. Una de ellas, menuda y risueña, se le acercó y le habló con voz que parecía canción:
—Eithne de Leenane, tu gente se ha vuelto seria y olvidadiza. Ven con nosotras, hay algo que debes ver.
Las hadas la guiaron hasta un manantial escondido entre rocas cubiertas de musgo. El agua brillaba como si guardara estrellas en su interior. Entonces la reina de las hadas le dijo:
—Mientras haya bondad en tu aldea, este manantial mantendrá verdes las montañas. Pero si el egoísmo gana, la fuente se secará.
Al volver, Eithne llevó un cuenco de esa agua al centro del pueblo. Allí estaban el anciano Pádraig y el joven pastor Ciarán, incrédulos al principio. Sin embargo, al probarla sintieron algo despertar: recuerdos de cuando todos compartían pan, fuego y canciones sin esperar nada a cambio.
Desde ese día, en Leenane se hizo costumbre dejar un cuenco de leche en cada ventana al anochecer, como gesto de gratitud hacia las hadas. Y aunque el invierno podía ser duro, el valle nunca volvió a estar triste ni vacío.
Moraleja
Las montañas se vuelven más verdes cuando los seres vivos vuelven a ser humanos.
@María José Luque Fernández
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