La lluvia no caía, se deslizaba, como si estuviera tan cansada como lo estoy yo. Golpeaba los cristales del café con una paciencia triste, sin ganas de nada. Afuera, la ciudad bostezaba su miseria entre luces temblorosas y el murmullo lejano de la sirena de una fábrica que ya no despertaba a nadie.
Adentro, el olor a café requemado y ropa mojada formaba una especie de abrazo tibio. No reconfortante, pero familiar. El camarero limpiaba una y otra vez el mismo vaso, como si quisiera hacerlo desaparecer en cada movimiento.
Yo estaba junto a la ventana solapado con la pared, solo, como casi siempre. El vapor de mi taza subía lento, dudando si debía seguir existiendo. Había algo cruel en su insistencia por disiparse.
Para no variar, una pareja discutía en la mesa contigua, sin gritos, parecía que ya no quedaban fuerzas para eso. Brotaban de sus labios palabras secas que formaban frases masticadas por la rutina, como si el amor fuera un idioma que olvidaron sin querer. Los escuchaba sin mirarlo no por que les tuviera respeto, sino porque conocía de memoria ese guion.
A veces uno se pregunta si hay algún momento exacto en que las cosas se rompen, o si solo nos despertamos un día en medio de los restos, sin recordar cuándo fue la explosión.
No hacía frío, pero yo lo sentía igual, muy adentro. Es ese frío que no se consigues evadir con un abrigo y que nace cuando uno empieza a dejar de importarse a uno mismo.
El cigarro que no me encendí me acompañaba como un viejo amigo mudo. Lo sostenía entre los dedos sin ganas mientras pensaba en mi padre y en sus silencios y por supuesto en los míos y en como la vida se repite como un ciclo, dejándonos de nuevo lo que más nos dolió.
El reloj marcaba ya un tiempo innecesario, insignificante, vacío mientras afuera del local, alguien tropezaba con su sombra y seguía caminando sin que nadie se detuviera ante ese vacío.
El camarero me miró como quien mira a un cuadro torcido y decide no arreglarlo y entonces yo decidí levantarme, sin prisa, dejando unas monedas sobre la mesa.
No había nada allí fuera que me esperara, nada que yo buscara y tal vez si todo que perder.
La única verdad con peso era que afuera seguía lloviendo, y que tal vez, con suerte, esa lluvia me borrara un poco.
@María José Luque Fernández
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