Del Fuorisalone a Radicepura: Jardines de la Esperanza, un Laboratorio de Convivencia
Por Tiziana Volta
Durante el Salone del Mobile y el Fuorisalone de Milán, el Palazzo Bovara reafirma su posición como uno de los espacios más selectos de la Semana del Diseño de Milán con «Paisaje Sensorial», el proyecto creado por Piero Lissoni para Elle Decor Italia. Más que una exposición, es una experiencia para recorrer con calma. Lissoni construye un espacio donde el diseño no se impone, sino que se deja descubrir: arquitectura reducida a lo esencial, luz como material narrativo, silencio visual como elección de diseño.

El visitante es guiado a través de un entorno cuidadosamente diseñado, donde cada elemento contribuye a activar una percepción consciente. La contribución de Antonio Perazzi introduce el paisaje como un verdadero lenguaje de diseño. La vegetación no es decoración, sino un recurso espacial: da forma a los caminos, crea umbrales y conecta interior y exterior.

El resultado es un entorno fluido, donde naturaleza y artificio coexisten sin jerarquías. En este contexto, el hogar ya no se describe como una colección de objetos, sino como un sistema sensorial: superficies, luz y materia construyen una experiencia habitable. En una semana a menudo dominada por el exceso visual, «Paisaje Sensorial» destaca por su sobriedad y coherencia, demostrando que el diseño puede ser poderoso incluso sin estridencias.
El 23 de abril, dentro de la instalación, el enfoque pasó del diseño a la cultura del paisaje con el encuentro «Cultivando la Convivencia. Jardines de Esperanza en Tiempos Inciertos», acompañado de la presentación del libro «Caos (y) Orden en el Jardín», promovido por Libreria della Natura. La charla fue inaugurada por Mario Faro, empresario y promotor de la Fundación Radicepura, quien compartió su experiencia con el Festival de Jardines de Radicepura.

Fundado en 2017, el festival se celebra en el parque botánico de Radicepura, entre el Etna y el mar Jónico, y hoy representa una de las plataformas más interesantes dedicadas a los jardines mediterráneos contemporáneos. No se trata solo de un evento, sino de un laboratorio cultural donde convergen paisajistas, arquitectos, artistas e investigadores.

El jardín se convierte aquí en una herramienta para la investigación y la narración, capaz de conectar biodiversidad, estética e innovación. El proyecto se basa en la visión de la Fundación Radicepura, que ha transformado el jardín botánico en un archivo vivo: más de 3000 especies y 7000 variedades de plantas, utilizadas para estudiar la adaptabilidad, la resiliencia y las nuevas posibilidades de diseño. Este trabajo está estrechamente vinculado a la historia de Piante Faro, un vivero con una marcada vocación internacional.
Durante el encuentro en el Palazzo Bovara, Emanuela Rosa-Clot, periodista y directora de «Gardenia», así como nueva directora artística del Festival de Jardines Radicepura, presentó la convocatoria de 2026, titulada «Jardines de la Esperanza: Cultivando la Convivencia». Un tema que, desde sus propias palabras, se distancia de una visión pasiva de la esperanza.
La esperanza no es algo que esperar, sino una condición que construir. Rosa-Clot subraya una sutil pero crucial diferencia cultural: mientras que «speriamo» sugiere una actitud incierta, casi suspendida, «hope» implica una tensión activa ante lo que pueda suceder. Una postura de diseño, incluso antes que una emocional. De ahí la pregunta que recorre toda la convocatoria: ¿cómo cultivamos la esperanza en tiempos de incertidumbre?
La respuesta que propone el festival es tan simple como radical: a través de la coexistencia. El jardín se convierte así en mucho más que un espacio estético. Se transforma en un lugar para experimentar con formas de coexistencia entre especies, un entorno para el aprendizaje mutuo, pero también un modelo a través del cual imaginar sociedades más equilibradas. Las plantas, nos recuerda Rosa-Clot, no solo compiten: cooperan, se adaptan, migran.

En este sentido, no existe una naturaleza pura e inmutable, sino un sistema dinámico, compuesto por relaciones, transformaciones y negociaciones continuas. Es precisamente esta visión la que guía la convocatoria, dirigida a diseñadores menores de 36 años, invitados a concebir los jardines como ecosistemas vivos y abiertos.
Espacios donde la biodiversidad no es un principio abstracto, sino una condición concreta: plantas autóctonas, especies exóticas e híbridos coexisten, interactuando con los hábitats de la fauna silvestre y una presencia humana no invasiva.
El tiempo se convierte en un elemento fundamental del diseño. Ya no son jardines concebidos para ser terminados de inmediato, sino paisajes que se revelan progresivamente: árboles longevos, plantas perennes, estratificaciones que cambian con las estaciones. El crecimiento no se acelera ni se fuerza, sino que se observa, se acompaña, se hace visible.
Asimismo, la experiencia humana se replantea de una manera más pausada y consciente. Senderos suaves, espacios para el descanso, bancos que invitan a quedarse: el jardín se convierte en un lugar donde el visitante no solo transita por un espacio, sino que entra en una relación con él. A través de las líneas, emerge una visión más amplia: el jardín como destino.

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