Hay libros que logran detener el tiempo por un momento. Con apenas unas líneas, nos sacuden la rutina y nos invitan a mirar lo invisible. En el relato de “El buzón invisible”, un fragmento de la página 25 logra eso exactamente. La escena ocurre el 23 de agosto de 1963, en la oficina del Correo Central. Todo parece transcurrir con normalidad, hasta que un empleado repara en una carta distinta a todas. Está cubierta de estampillas coloridas, pero eso no es lo que llama su atención. Lo extraño es la dirección del remitente: el cementerio municipal.
El hombre que entrega la carta tampoco ayuda a calmar la inquietud. Es callado, seco, de movimientos lentos y un aire casi fantasmal. La carta está dirigida a una mujer llamada Eloísa Flores, que vive en Trelew, una ciudad al sur de Argentina. El empleado duda. Mira los datos, siente una inquietud que no puede nombrar. Pero no dice nada. Hace lo que tiene que hacer: sella la carta. Y el hombre, con ese mismo gesto mecánico y frío, la deja caer en un buzón azul.
Lo que podría haber sido una escena más de la rutina laboral se convierte en algo mucho más profundo. Hay un misterio que se instala sin hacer ruido. No se grita. No se explica. Pero se siente. ¿Quién manda una carta desde un cementerio? ¿Cómo es posible? ¿Y por qué Eloísa? Las preguntas se acumulan sin encontrar respuesta, y eso es parte del encanto. No estamos ante una historia de miedo, sino frente a un pequeño relato que se insinúa, que invita a imaginar más allá de lo visible.
Esa mezcla de lo cotidiano con lo fantástico recuerda al realismo mágico, donde lo imposible sucede sin alterar el orden de las cosas. El cartero no se alarma, el hombre no da explicaciones. Todo ocurre con una naturalidad desconcertante. Y eso es lo que atrapa. Porque en esa normalidad aparente se esconde algo profundo: quizás un recuerdo que regresa desde el pasado, un mensaje no entregado en vida, una despedida que se negó a llegar a tiempo. O tal vez simplemente una metáfora del duelo, del amor que persiste, de la memoria que no muere del todo.
El buzón azul, ese detalle final, se convierte en símbolo. Es el punto de cruce entre el mundo de los vivos y algo más. Un objeto cotidiano que, por un instante, se transforma en frontera. La carta, en lugar de ser solo papel, se vuelve mensaje entre dos dimensiones. Y nosotros, como lectores, quedamos suspendidos ahí, justo en medio de ese cruce, preguntándonos qué historia hay detrás, o si alguna vez llegará a contarse completa.
Lo hermoso de este fragmento es que no necesita explicarlo todo. Lo sugiere. Lo deja flotando. Y en esa ambigüedad está su fuerza. Porque, sin importar si creemos en fantasmas o no, todos hemos sentido alguna vez que algo del pasado intenta alcanzarnos. A veces en forma de recuerdo, otras como una carta que parece venir de un lugar que ya no existe. Lo que queda es esa sensación de que incluso en los rincones más comunes —una oficina de correo, una fecha cualquiera— puede abrirse una puerta a lo inexplicable. Y esa puerta, aunque no siempre la veamos, sigue ahí.
Detalles del libro
Editorial Ediciones @susana.val.actriz
Punto de venta Contactar con Susana Val
Jesús María Cello
23 de Agosto 1963.- Santa Fe Argentina
Director Revista Literaria Bimestral y digital «Escribir»
Semanario «Literatus»
El Funeral del Payaso ( Novela) y Noche Veloz (Crónicas) y cuenta en su haber con siete libros más.
@María José Luque Fernández









1 comentario
La fecha en que transcurre el relato es el dato clave para comprenderlo todo!